25/11/2018

Leitura espiritual

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LA FE EXPLICADA  

CAPÍTULO III

LA UNIDAD Y TRINIDAD DE DIOS

¿Cómo es que son tres? Estoy seguro que ninguno de nosotros se molestaría en explicar un problema de física nuclear a un niño de cinco años. Y, sin embargo, la distancia que hay entre la inteligencia de un niño de cinco años y los últimos avances de la ciencia es nada comparada con la que existe entre la más brillante mente humana y la verdadera naturaleza de Dios. Hay un límite a lo que la mente humana -aun en condiciones óptimas- puede captar y entender.

Dado que Dios es un Ser infinito, ningún intelecto creado, por dotado que esté, puede alcanzar sus profundidades.

Por eso, Dios, al revelarnos la verdad sobre Sí mismo, tiene que contentarse con enunciarnos sencillamente cuál es esa verdad; el «cómo» de ella está tan lejos de nuestras facultades en esta vida, que ni Dios mismo trata de explicárnoslo.

Una de estas verdades es que, habiendo un solo Dios, existen en El tres Personas divinas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-. Hay una sola naturaleza divina, pero tres Personas divinas.

En lo humano, «naturaleza» y «persona» son prácticamente una y la misma cosa. Si en una habitación hay tres personas, tres naturalezas humanas están presentes; si sólo está una naturaleza humana presente, hay una sola persona. Así, cuando tratamos de pensar en Dios como tres Personas con una y la misma naturaleza, nos encontramos como dando cabezazos contra un muro.

Por esta razón llamamos a las verdades de fe como esta de la Santísima Trinidad «misterios de fe». Las creemos porque Dios nos las ha manifestado, y El es infinitamente sabio y veraz. Pero para saber cómo puede ser así tenemos que esperar a que El se nos manifieste del todo en el cielo.

Por supuesto, los teólogos pueden aclarárnoslo un poquito. Explican que la distinción entre las tres Personas divinas se basa en la relación que existe entre ellas. Está Dios Padre, quien mira en su mente divina, y se ve cómo es realmente, formulando un pensamiento de Sí mismo. Tú y yo, muchas veces, hacemos lo mismo. Volvemos nuestra mirada sobre nosotros mismos y formamos un pensamiento sobre nosotros. Este pensamiento se expresa en las palabras silenciosas «Juan Pérez» o «María García».

Pero hay una diferencia entre nuestro propio conocimiento y el de Dios sobre Sí mismo.

Nuestro conocimiento propio es imperfecto, incompleto. (Nuestros amigos podrían decirnos cosas sobre nosotros que nos sorprenderían, ¡sin contar lo que dirían nuestros enemigos!) Pero, aun si nos conociéramos perfectamente, aun si el concepto que de nosotros tenemos al enunciar en silencio nuestro nombre fuera completo, o sea una perfecta reproducción de nosotros mismos, tan sólo sería un pensamiento que no saldría de nuestro interior, sin existencia independiente, sin vida propia. El pensamiento cesaría de existir, aun en mi mente, tan pronto como volviera mi atención a otra cosa. La razón es que la existencia o la vida no son parte necesaria de un retrato mío. Hubo un tiempo en que yo no existía en absoluto, y volvería inmediatamente a la nada si Dios no me mantuviera en la existencia.

Pero con Dios las cosas son muy distintas. El existir pertenece a la misma naturaleza divina. No hay otra manera de concebir a Dios adecuadamente que diciendo que es el Ser que nunca tuvo principio, el que siempre fue y siempre será. La única definición real que podemos dar de Dios es decir «El que es». Así se definió a Moisés, recordarás: «Yo soy el que soy.» Si el concepto que Dios tiene de Sí mismo ha de ser un pensamiento infinitamente completo y perfecto, tiene que incluir la existencia, ya que el existir es de la naturaleza de Dios. La imagen que Dios ve de Sí mismo, la Palabra silenciosa con que eternamente se expresa a Sí mismo, debe tener una existencia propia, distinta. A este Pensamiento vivo en que Dios se expresa a Sí mismo perfectamente lo llamamos Dios Hijo. Dios Padre es Dios conociéndose a Sí mismo; Dios Hijo es la expresión del conocimiento que Dios tiene de Sí. Así, la segunda Persona de la Santísima Trinidad es llamada Hijo precisamente porque es generado por toda la eternidad, engendrado en la mente divina del Padre.

También se le llama el Verbo de Dios, porque es la «Palabra mental» en que la mente divina expresa el pensamiento de Sí mismo.

Luego, Dios Padre (Dios conociéndose a Sí mismo) y Dios Hijo (el conocimiento de Dios sobre Sí mismo) contemplan la naturaleza que ambos poseen en común. Al verse (hablamos, por su puesto, en términos humanos), contemplan en esa naturaleza todo lo que es bello y bueno -es decir, todo lo que produce amor- en grado infinito.

Y así la voluntad divina mueve un acto de amor infinito hacia la bondad y belleza divinas.

Dado que el amor de Dios a Sí mismo, como el cono cimiento de Dios de Sí mismo, son de la misma naturaleza divina, tiene que ser un amor vivo. Este amor infinitamente perfecto, infinitamente intenso, que eternamente fluye del Padre y del Hijo es el que llamamos Espíritu Santo, «que procede del Padre y del Hijo». Es la tercera Persona de la Santísima Trinidad.

- Dios Padre es Dios conociéndose a Sí mismo.

- Dios Hijo es la expresión del conocimiento de Dios de Sí mismo.

- Dios Espíritu Santo es el resultado del amor de Dios a Sí mismo.

Esta es la Santísima Trinidad: tres Personas divinas en un solo Dios, una naturaleza divina.

Un pequeño ejemplo podría aclararnos la relación que existe entre las tres Personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Supón que te miras en un espejo de cuerpo entero. Ves una imagen perfecta de ti mismo con una excepción: no es más que un reflejo en el espejo. Pero si la imagen saliera de él y se pusiera a tu lado, viva y palpitante como tú, entonces sí que sería tu imagen perfecta.

Pero no habría dos tú, sino un solo Tú, una naturaleza humana. Habría dos «personas», pero sólo una mente y una voluntad, compartiendo el mismo conocimiento y los mismos pensamientos.

Luego, ya que el amor de sí (el amor de sí bueno) es natural a todo ser inteligente, habría una corriente de amor ardiente y mutuo entre tú y tu imagen. Ahora, da rienda suelta a tu fantasía, y piensa en el ser de este amor como una parte tan de ti mismo, tan hondamente enraizado en tu misma naturaleza, que llegara a ser una reproducción viva y palpitante de ti mismo. Este amor sería una «tercera persona» (pero todavía nada más que un Tú, recuerda; sólo una naturaleza humana), una tercera persona que estaría entre tú y tu imagen, y los tres unidos mano en mano, tres personas en una naturaleza humana.

Quizá este vuelo de la imaginación pueda ayudarnos a entender opacamente la relación que existe entre las tres Personas de la Santísima Trinidad: Dios Padre «mirándose» a Sí mismo en su mente divina y mostrando allí la Imagen de Sí, tan infinitamente perfecta que es una imagen viva, Dios Hijo; y Dios Padre y Dios Hijo amando la naturaleza divina que ambos poseen en común como amor vivo, Dios Espíritu Santo. Tres personas divinas, una naturaleza divina.

Si el ejemplo que he utilizado no ayuda nada a nuestro concepto de la Santísima Trinidad, no tenemos por qué sentir frustración. Tratamos con un misterio de fe, y nadie, ni el mayor de los teólogos, puede aspirar a comprenderlo realmente. A lo más que puede llegarse es a distintos grados de ignorancia.

Nadie debe sentirse frustrado si hay misterios de fe. Sólo una persona enferma de soberbia intelectual consumada pretenderá abarcar lo infinito, la insondable profundidad de la naturaleza de Dios. Más que resentir nuestras humanas limitaciones, tenemos que movernos al agradecimiento porque Dios se ha dignado decirnos tanto sobre Sí mismo, sobre su naturaleza íntima.

Al pensar en la Trinidad Beatísima tenemos que estar en guardia contra un error: No podemos pensar en Dios Padre como el que «viene primero», y en Dios Hijo como el que viene después y Dios Espíritu Santo un poco más tarde todavía. Los tres son igualmente eternos al poseer la misma naturaleza divina; el Verbo de Dios y el Amor de Dios son tan sin tiempo como la Naturaleza de Dios. Y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo no están subordinados al Padre en modo alguno; ninguna de las Personas es más poderosa, más sapiente, más grande que las demás. Las tres tienen igual perfección infinita, igualdad basada en la única naturaleza divina que las tres poseen.

Sin embargo, atribuimos a cada Persona divina ciertas obras, ciertas actividades, que parecen más apropiadas a la particular relación de esta o aquella Persona divina. Por ejemplo, atribuimos a Dios Padre la obra de la creación, ya que pensamos en El como el «generador», el instigador, el motor de todas las cosas, la sede del infinito poder que Dios posee.

Parecidamente, ya que Dios Hijo es el Conocimiento o la Sabiduría del Padre, le adscribimos las obras de sapiencia; es El quien vino a la tierra para darnos a conocer la verdad y salvar el abismo entre Dios y el hombre.

Finalmente, dado que el Espíritu Santo es el Amor infinito, le apropiamos las obras de amor, especialmente la santificación de las almas, ya que resulta de la inhabitación del Amor de Dios en nuestra alma.

Dios Padre es el Creador, Dios Hijo es el Redentor, Dios Espíritu Santo es el Santificador.

Y, sin embargo, lo que Uno hace, lo hacen Todos; donde Uno está, están los tres.

Este es el misterio de la Trinidad Santísima: la infinita variedad en la unidad absoluta, cuya belleza nos colmará en el cielo.

(cont)
Leo J. Trese

El reto del amor






por El Reto Del Amor

Sendo crianças, não tereis penas


Sendo crianças, não tereis penas: os miúdos esquecem depressa os desgostos para voltar aos seus divertimentos habituais. – Por isso, com o "abandono", não tereis de vos preocupar, pois descansareis no Pai. (Caminho, 864)

Por volta dos primeiros anos da década de 40, eu ia muito a Valência. Não tinha então nenhum meio humano e, com os que – como vocês agora – se reuniam com este pobre sacerdote, fazia oração onde podíamos, algumas tardes numa praia solitária. (...)

Pois um dia, ao fim da tarde, durante um daqueles pores do Sol maravilhosos vimos que uma barca se aproximava da beira-mar e que saltaram para terra uns homens morenos, fortes como rochas, molhados, de tronco nu, tão queimados pela brisa que pareciam de bronze. Começaram a tirar da água a rede que traziam arrastada pela barca, repleta de peixes brilhantes como a prata. Puxavam com muito brio, os pés metidos na areia, com uma energia prodigiosa. De repente veio uma criança, muito queimada também, aproximou-se da corda, agarrou-a com as mãozinhas e começou a puxar com evidente falta de habilidade. Aqueles pescadores rudes, nada refinados, devem ter sentido o coração estremecer e permitiram que aquele pequeno colaborasse; não o afastaram, apesar de ele estorvar em vez de ajudar.

Pensei em vocês e em mim; em vocês, que ainda não conhecia e em mim; nesse puxar pela corda todos os dias, em tantas coisas. Se nos apresentarmos diante de Deus Nosso Senhor como esse pequeno, convencidos da nossa debilidade mas dispostos a cumprir os seus desígnios, alcançaremos a meta mais facilmente: arrastaremos a rede até à beira-mar, repleta de frutos abundantes, porque onde as nossas forças falham, chega o poder de Deus. (Amigos de Deus, 14)

Evangelho e comentário


Tempo comum



CRISTO REI


Evangelho: Jo 18, 33-37

33 Pilatos entrou de novo no edifício da sede, chamou Jesus e perguntou-lhe: «Tu és rei dos judeus?» 34 Respondeu-lhe Jesus: «Tu perguntas isso por ti mesmo, ou porque outros to disseram de mim?» 35 Pilatos replicou: «Serei eu, porventura, judeu? A tua gente e os sumos-sacerdotes é que te entregaram a mim! Que fizeste?» 36 Jesus respondeu: «A minha realeza não é deste mundo; se a minha realeza fosse deste mundo, os meus guardas teriam lutado para que Eu não fosse entregue às autoridades judaicas; portanto, o meu reino não é de cá.» 37 Disse-lhe Pilatos: «Logo, Tu és rei!» Respondeu-lhe Jesus: «É como dizes: Eu sou rei! Para isto nasci, para isto vim ao mundo: para dar testemunho da Verdade. Todo aquele que vive da Verdade escuta a minha voz.»

Comentário:

No dia em que a Liturgia celebra a Festa de Cristo Rei ouvimos da boca de Jesus Cristo a confirmação dessa realidade.

Um Rei é a primeira personalidade de um povo, quem governa, conduz e manda com toda a autoridade esse mesmo povo.

Esta é, por assim dizer, a Sua missão, o Seu encargo.

«Para isto nasci, para isto vim ao mundo: para dar testemunho da Verdade. Todo aquele que vive da Verdade escuta a minha voz.»

Explica a razão do Seu nascimento, da sua vinda ao mundo assumindo em tudo – menos no pecado – uma personalidade humana.

Mas, este Rei, que nos conduz e nos guia, é, ao mesmo tempo, o Rei de quanto existe, do tempo todo: passado, presente e futuro.

Somos, quer queiramos quer não Seus súbditos e se escutarmos a Sua voz viveremos na Verdade que é a Salvação Eterna.

(AMA, comentário sobre Jo 18, 33-37, 02.10.2018)





Temas para reflectir e meditar


Formação humana e cristã – 117


Vida eterna

4

Julgo que é mais conveniente não entrar por “filosofias ou exegeses” – que não nos levarão a outra situação que não seja eternizar as perguntas e interrogações – e tentar, com inteligência e verdadeira vontade de acertar, a uma conclusão humilde e simples mais própria de seres humanos que somos, com as limitações que temos, que será sempre a conclusão que o Senhor Criador de quanto existe, faz o que quer.

Podemos andar para trás, para diante, às voltas e reviravoltas, breves ou extensas, procurando explicações, aceitáveis pela nossa compreensão.
Eminentes e brilhantíssimas inteligências – São Tomás de Aquino ou Santo Agostinho, por exemplo, - o tentaram e, ainda bem, porque vierem contribuir extraordinariamente para nossa – comum - capacidade de entender e compreender, mas, de facto, nenhum se atreveu a concluir as suas considerações – ou análises – dizendo: é assim!

AMA, reflexões.

Pequena agenda do cristão

DOMINGO



(Coisas muito simples, curtas, objectivas)



Propósito:
Viver a família.

Senhor, que a minha família seja um espelho da Tua Família em Nazareth, que cada um, absolutamente, contribua para a união de todos pondo de lado diferenças, azedumes, queixas que afastam e escurecem o ambiente. Que os lares de cada um sejam luminosos e alegres.

Lembrar-me:
Cultivar a Fé

São Tomé, prostrado a Teus pés, disse-te: Meu Senhor e meu Deus!
Não tenho pena nem inveja de não ter estado presente. Tu mesmo disseste: Bem-aventurados os que crêem sem terem visto.
E eu creio, Senhor.
Creio firmemente que Tu és o Cristo Redentor que me salvou para a vida eterna, o meu Deus e Senhor a quem quero amar com todas as minhas forças e, a quem ofereço a minha vida. Sou bem pouca coisa, não sei sequer para que me queres mas, se me crias-te é porque tens planos para mim. Quero cumpri-los com todo o meu coração.

Pequeno exame:

Cumpri o propósito que me propus ontem?

24/11/2018

El reto del amor






por El Reto Del Amor

Leitura espiritual

Resultado de imagem para féLA FE EXPLICADA 

Parte 1 El credo

CAPÍTULO PRIMERO EL FIN DE LA EXISTENCIA DEL HOMBRE


3 -

CAPÍTULO II DIOS Y SUS PERFECCIONES

¿Quién es Dios? Una vez leí que un catequista pretendía haber perdido la fe cuando un niño le preguntó: «¿Quién hizo a Dios»? y súbitamente se dio cuenta que no tenía respuesta que darle.

Cuesta creerlo, porque me parece que alguien con suficiente talento para enseñar en una catequesis tendría que saber que la respuesta es «Nadie».

La prueba principal de la existencia de Dios yace en el hecho de que nada sucede a no ser que algo lo cause. Los bizcochos no desaparecen del envase a no ser que los dedos de alguien se los lleven. Un nogal no brota del suelo si antes no cayó allí una nuez. Los filósofos enuncian este principio diciendo que «cada efecto debe tener una causa».

Así, si nos remontamos a los orígenes de la evolución del universo físico (un millón de años, o un billón, o lo que los científicos quieran), llegaremos al fin a un punto en que nos tendremos que preguntar: «Estupendo, pero ¿quién lo puso en marcha? Alguien tuvo que echar a andar las cosas o no habría universo. De la nada, nada viene.» Los bebés vienen de sus papás, y las flores de semillas, pero tiene que haber un punto de partida. Ha de haber alguien no hecho por otro, ha de haber alguien que haya existido siempre, alguien que no tuvo comienzo. Ha de haber alguien con poder e inteligencia sin límites, cuya propia naturaleza sea existir.

Ese alguien existe, y ese Alguien es exactamente Aquel a quien llamamos Dios. Dios es el que existe por naturaleza propia. La única descripción exacta que podemos dar de Dios es decir que es «el que es». Por eso, la respuesta al niño preguntón es sencillamente: «Nadie hizo a Dios. Dios ha existido siempre y siempre existirá.» Expresamos el concepto de Dios, el que sea el origen de todo ser, por encima y más allá de todo lo que existe, diciendo que es el Ser Supremo. De ahí se sigue que no puede haber más que un Dios. Hablar de dos (o más) seres supremos sería una contradicción.

La misma palabra «supremo» significa «por encima de los demás». Si hubiera dos dioses igualmente poderosos, uno al lado del otro, ninguno de ellos sería supremo. Ninguno tendría el infinito poder que Dios debe tener por naturaleza. El «infinito» poder de uno anularía el «infinito» poder del otro. Cada uno sería limitado por el otro. Como dice San Atanasio: «Hablar de varios dioses igualmente omnipotentes es como hablar de varios dioses igualmente impotentes.» Hay un solo Dios y es Espíritu Para entenderlo tenemos que saber que los filósofos distinguen dos clases de sustancias: espirituales y físicas. Una sustancia física es la hecha de partes. El aire que respiramos, por ejemplo, está compuesto de nitrógeno y oxígeno. Estos, a su vez, de moléculas, y las moléculas de átomos, y los átomos de neutrones, protones y electrones. Cada trocito del universo material está hecho de sustancias físicas. Las sustancias físicas llevan en sí los elementos de su propia disolución, ya que sus partes pueden separarse por corrupción o destrucción.

Por el contrario, una sustancia espiritual no tiene partes. No hay nada que pueda romperse, corromperse, separarse o dividirse. Esto se expresa en filosofía- diciendo que una sustancia espiritual es una sustancia simple. Y ésta es la razón de que las sustancias espirituales sean inmortales. Fuera de un acto directo de Dios, no hay modo de que dejen de existir.

Conocemos tres clases de sustancias espirituales. Primero de todo la de Dios mismo, el Espíritu infinitamente perfecto. Luego, la de los ángeles, y, por último, las almas humanas.

En los tres casos hay una inteligencia que no depende de sustancia física para actuar. Es verdad que, en esta vida, nuestra alma está unida a un cuerpo físico y que depende de él para sus actividades. Pero no es una dependencia absoluta y permanente. Cuando se separa del cuerpo por la muerte, el alma aún actúa. Aún conoce y ama, incluso más libremente que en esta vida mortal.

Si quisiéramos imaginar cómo es un espíritu (tarea difícil, pues «imaginar» significa hacerse una imagen, y aquí no hay imagen que podamos adquirir); si quisiéramos hacernos una idea de lo que es un espíritu, podemos pensar cómo seríamos si nuestro cuerpo súbitamente se evaporara. Aún conservaríamos nuestra identidad y personalidad propias; aún retendríamos todo el conocimiento que poseemos, todos nuestros afectos.

Aún seríamos YO -pero sin cuerpo-. Seríamos, pues, espíritu.

Si «espíritu» resulta una palabra difícil de captar, «infinito» aún lo es más. «Infinito» significa «no finito», y, a su vez, «finito» quiere decir «limitado». Una cosa es limitada si tiene un límite o capacidad que no puede traspasar. Todo lo creado es finito de algún modo. Hay límite al agua que puede contener el océano Pacífico. Hay límite a la energía del átomo de hidrógeno. Hay límite incluso a la santidad de la Virgen María. Pero en Dios no hay límites de ninguna clase, no está limitado en ningún sentido.

El catecismo nos dice, que Dios es «un Espíritu infinitamente perfecto». Lo que significa que no hay nada bueno, deseable o valioso que no se encuentre en Dios en grado absolutamente ilimitado. Quizá lo expresaremos mejor si invertimos la frase y decimos que no hay nada bueno, deseable o valioso en el universo que no sea reflejo (una «chispita», podríamos decir) de esa misma cualidad según existe inconmensurablemente en Dios. La belleza de una flor, por ejemplo, es un reflejo minúsculo de la belleza sin límites de Dios, igual que el fugaz rayo de luna es un reflejo pálido de la cegadora luz solar.

Las perfecciones de Dios son de la misma sustancia de Dios. Si quisiéramos expresarnos con perfecta exactitud no diríamos «Dios es bueno», sino «Dios es bondad». Dios, hablando con propiedad, no es sabio: es la Sabiduría.

No podemos entretenernos aquí para exponer todas las maravillosas perfecciones divinas, pero, al menos, daremos una ojeada a algunas. Ya hemos tratado una de las perfecciones de Dios: su eternidad. Hombres y ángeles pueden calificarse de eternos, ya que nunca morirán. Pero tuvieron .principio y están sujetos a cambio. Sólo Dios es eterno en sentido absoluto; no sólo no morirá nunca, sino que jamás hubo un tiempo en que El no existiera. El será -como siempre ha sido- sin cambio alguno.

Dios es, como hemos dicho, bondad infinita. No hay límites a su bondad, que es tal que verle será amarle con amor irresistible. Y esta bondad se derrama continuamente sobre nosotros.

Alguien puede preguntar: «Si Dios es tan bueno, ¿por qué permite tantos sufrimientos y males en el mundo? ¿Por qué deja que haya crímenes, enfermedades y miseria?» Se han escrito bibliotecas enteras sobré el problema del mal, y no se puede pretender que tratemos aquí este tema como se merece. Sin embargo, sí podemos señalar que el mal, tanto físico como moral, en cuanto afecta a los humanos, vino al mundo como consecuencia del pecado del hombre. Dios, que dio al hombre libre albedrío y puso en marcha su plan para la humanidad, no está interfiriendo continuamente para arrebatarle ese don de la libertad. Con ese libre albedrío que Dios nos dio tenemos que labrarnos nuestro destino hasta su final -hasta la felicidad eterna, si a ella escogemos dirigirnos, y con la ayuda de la gracia divina, si queremos aceptarla y utilizarla-, pero libres hasta el fin.

El mal es idea del hombre, no de Dios. Y si el inocente y el justo tienen que sufrir la maldad de los males, su recompensa al final será mayor. Sus sufrimientos y lágrimas serán nada en comparación con el gozo venidero. Y mientras tanto, Dios guarda siempre a los que le guardan en su corazón.

A continuación viene la realidad del infinito conocimiento de Dios. Todo tiempo -pasado, presente y futuro-; todas las cosas -las que son y las que podrían ser-; todo conocimiento posible es lo que podríamos llamar «un único gran pensamiento» de la mente divina. La mente de Dios contiene todos los tiempos y toda la creación, del mismo modo que el vientre materno contiene a todo el niño.

¿Sabe Dios lo que haré mañana? Sí. ¿Y la semana próxima? Sí. Entonces, ¿no es igual que tener que hacerlo? Si Dios sabe que el martes iré de visita a casa de tía Lola, ¿cómo puedo no hacerlo? Esa aparente dificultad, que un momento de reflexión nos resolverá, nace de confundir a Dios conocedor con Dios causante. Que Dios sepa que iré a ver a mi tía Lola no es la causa que me hace ir. O al revés, es mi decisión de ir a casa de tía Lola lo que produce la ocasión de que Dios lo sepa. El hecho de que el meteorólogo estudiando sus mapas sepa que lloverá mañana, no causa la lluvia. Es al revés. La condición indispensable de que mañana va a llover proporciona al meteorólogo la ocasión de saberlo.

Para ser teológicamente exactos conviene decir aquí que, absolutamente hablando, Dios es la causa de todo lo que sucede. Dios es, por naturaleza, la Primera Causa. Esto quiere decir que nada existe y nada sucede que no tenga su origen en el infinito poder de Dios.

Sin embargo, no hay necesidad de entrar aquí en la cuestión filosófica de la causalidad.

Para nuestro propósito basta saber que la presciencia divina no me obliga a hacer lo que yo libremente decido hacer.

Otra perfección de Dios es que no hay límites a su presencia; decimos de El que es «omnipresente». Está siempre en todas partes. ¿Y cómo podría ser de otro modo si no hay lugares fuera de Dios? Está en este despacho en que escribo, está en la habitación en que me lees. Si algún día una aeronave llegara a Marte o Venus, el astronauta no estaría solo al alcanzar el planeta: Dios estará allí.

La presencia sin límites de Dios, nótese, nada tiene que ver con el tamaño. El tamaño es algo perteneciente a la materia física. «Grande» y «pequeño» no tienen sentido si se aplican a un espíritu, y menos aún a Dios. No, no es que una parte de Dios esté en este lugar y otra en otro. Todo Dios está en todas partes. Hablando de Dios, espacio es tan sin significado como tamaño.

Otra perfección divina es su poder infinito. Puede hacerlo todo: es omnipotente. «¿Puede hacer un círculo cuadrado?», alguno puede preguntar. No, porque un círculo cuadrado no es algo, es nada, una contradicción en términos como decir luz del día por la noche.

«¿Puede Dios pecar?» No, de nuevo, porque el pecado es un fallo en la obediencia debida a Dios. En fin, Dios puede hacerlo todo menos lo que es no ser, lo que es nada.

Dios es también infinitamente sabio. En principio, lo ha hecho todo, así que evidentemente sabe cuál es el modo mejor de usar las cosas que ha hecho, cuál es el mejor plan para sus criaturas. Alguno que se queje «¿Por qué hace Dios esto?» o «¿Por qué no hace Dios eso y aquello?», debería recordar que una hormiga tiene más derecho a criticar a Einstein que el hombre, en su limitada inteligencia, a poner en duda la infinita sabiduría de Dios.

Apenas hace falta resaltar la infinita santidad de Dios. La belleza espiritual de Aquel en quien tiene origen toda la santidad humana es evidente. Sabemos que incluso la santidad sin mancha de Santa María, ante el esplendor radiante de Dios, sería como la luz de una cerilla comparada con la del sol.

Y Dios es todo misericordia. Tantas veces como nos arrepentimos, Dios perdona. Hay un límite a tu paciencia y a la mía, pero no a la infinita misericordia divina. Pero también es infinitamente justo. Dios no es una abuelita indulgente que cierra los ojos a nuestros pecados. Nos quiere en el cielo, pero su misericordia no anula su justicia si rehusamos amarle, que es nuestra razón de ser.

Todo esto y más es lo que significamos cuando decimos «Dios es un espíritu infinitamente perfecto».

(cont)
Leo J. Trese

Amor verdadeiro é sair de si mesmo


A alegria cristã não é fisiológica: o seu fundamento é sobrenatural, e está por cima da doença e da contradição. Alegria não é alvoroço de guizos ou de baile popular. A verdadeira alegria é algo mais íntimo: algo que nos faz estar serenos, transbordantes de gozo, mesmo que, às vezes, o rosto permaneça grave. (Forja, 520)

Há quem viva amargurado todo o dia. Tudo lhe causa desassossego. Dorme com uma obsessão física: a de que essa única evasão possível lhe vai durar pouco. Acorda com a impressão hostil e descorçoada de que já tem outra jornada pela frente...
Muitos esqueceram-se de que o Senhor nos colocou neste mundo de passagem para a felicidade eterna; e não pensam que só podem alcançá-la os que caminharem na Terra com a alegria dos filhos de Deus. (Sulco, 305)

Amor verdadeiro é sair de si mesmo, entregar-se. O amor traz consigo a alegria, mas é uma alegria que tem as suas raízes em forma de cruz. Enquanto estivermos na terra e não tivermos chegado à plenitude da vida futura, não pode haver amor verdadeiro sem a experiência do sacrifício, da dor. Uma dor de que se gosta, amável, fonte de íntimo gozo, mas dor real, porque significa vencer o nosso egoísmo e tomar o amor como regra de todas e cada uma das nossas acções (Cristo que passa, 43).

Evangelho e comentário


Tempo comum



Evangelho: Lc 20, 27-40

27 Aproximaram-se alguns saduceus, que negam a ressurreição, e interrogaram-no: 28 «Mestre, Moisés prescreveu-nos que, se morrer um homem deixando a mulher, mas não tendo filhos, seu irmão casará com a viúva, para dar descendência ao irmão. 29 Ora, havia sete irmãos: o primeiro casou-se e morreu sem filhos; 30 o segundo, 31 depois o terceiro, casaram com a viúva; e o mesmo sucedeu aos sete, que morreram sem deixar filhos. 32 Finalmente, morreu também a mulher. 33 Ora bem, na ressurreição, a qual deles pertencerá a mulher, uma vez que os sete a tiveram por esposa?» 34 Jesus respondeu-lhes: «Nesta vida, os homens e as mulheres casam-se; 35 mas aqueles que forem julgados dignos da vida futura e da ressurreição dos mortos não se casam, sejam homens ou mulheres, 36 porque já não podem morrer: são semelhantes aos anjos e, sendo filhos da ressurreição, são filhos de Deus. 37 E que os mortos ressuscitam, até Moisés o deu a entender no episódio da sarça, quando chama ao Senhor o Deus de Abraão, o Deus de Isaac e o Deus de Jacob. 38 Ora, Deus não é Deus de mortos, mas de vivos; pois, para Ele, todos estão vivos.» 39 Tomando, então, a palavra, alguns doutores da Lei disseram: «Mestre, falaste bem.» 40 E já não se atreviam a interrogá-lo sobre mais nada.

Comentário:

As pessoas com espírito retorcido e falta de seriedade no critério não chegam a dar-se conta do ridículo ou inapropriado das questões que colocam, as perguntas que fazem ou as opiniões que emitem.

São bem conhecidas – e numerosas infelizmente – essas pessoas que andam pela vida com um olhar crítico e o olhar acerado sempre pronto a avaliar, julgar, emitir opinião, parece – e talvez seja verdade – que nada mais os move na vida que avaliar, julgar, comentar sobre tudo e sobre todos mesmo sobre matérias que desconhecem ou assuntos que não dominam.

O que se deve fazer com esta gente?
Ignorá-los!
Mostrar-lhes desinteresse ou desprezo?

Não foi assim que o Senhor procedeu, bem ao contrário, com infinita paciência pôs a descoberto o erro, o engano a falsa teoria.

Para bem dos próprios? Sem dúvida, mas, sobretudo para bem dos outros que os possam escutar.

(AMA, comentário sobre Lc 20, 27-40, 25.11.2017)




Temas para reflectir e meditar

Formação humana e cristã – 116


Vida eterna

3

No mistério da criação total e absoluta a que Deus se “dedicou” não estou a presumir um lugar específico nem par o Céu nem para o Inferno.
Concebo-os, antes, como “estados” espirituais e não realidades corporais tangíveis.

Evidentemente que, nós, humanos, não temos capacidade de entender em toda a sua magnitude este extraordinário mistério da Vida Eterna. Por isso mesmo, talvez, a nossa Profissão de Fé, refira exactamente esse ponto porque se trata de algo que temos de acreditar tal qual nos parece e não como efectivamente será.

Simplesmente, também temos de convir que o Criador fez – e faz – o que Lhe apetece ou convém – e não tem porque explicar porque o faz assim e não de outro modo, sendo verdade, que acreditamos absolutamente que, sempre, será o melhor para nós.

Não seria possível o Amor – que é Deus – fazer algo que não fosse a melhor expressão desse amor.

AMA, reflexões.

Pequena agenda do cristão

SÁBADO



(Coisas muito simples, curtas, objectivas)



Propósito:
Honrar a Santíssima Virgem.

A minha alma glorifica o Senhor e o meu espírito se alegra em Deus meu Salvador, porque pôs os olhos na humildade da Sua serva, de hoje em diante me chamarão bem-aventurada todas as gerações. O Todo-Poderoso fez em mim maravilhas, santo é o Seu nome. O Seu Amor se estende de geração em geração sobre os que O temem. Manifestou o poder do Seu braço, derrubou os poderosos do seu trono e exaltou os humildes, aos famintos encheu de bens e aos ricos despediu de mãos vazias. Acolheu a Israel Seu servo, lembrado da Sua misericórdia, como tinha prometido a Abraão e à sua descendência para sempre.

Lembrar-me:

Santíssima Virgem Mãe de Deus e minha Mãe.

Minha querida Mãe: Hoje queria oferecer-te um presente que te fosse agradável e que, de algum modo, significasse o amor e o carinho que sinto pela tua excelsa pessoa.
Não encontro, pobre de mim, nada mais que isto: O desejo profundo e sincero de me entregar nas tuas mãos de Mãe para que me leves a Teu Divino Filho Jesus. Sim, protegido pelo teu manto protector, guiado pela tua mão providencial, não me desviarei no caminho da salvação.

Pequeno exame:

Cumpri o propósito que me propus ontem?





23/11/2018

El Reto del amor






por El Reto Del Amor

El reto del amor





por El Reto Del Amor

Leitura espiritual

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LA FE EXPLICADA 

Parte 1 El credo

CAPÍTULO PRIMERO 

EL FIN DE LA EXISTENCIA DEL HOMBRE

Jesús, en su presencia física y visible, se fue al cielo el jueves de la Ascensión. Sin embargo, ideó el modo de quedarse con nosotros como Maestro hasta el fin de los tiempos. Con sus doce Apóstoles como núcleo y base, Jesús se modeló un nuevo tipo de Cuerpo. Es un Cuerpo Místico más que físico por el que permanece en la tierra. Las células de su Cuerpo son personas en vez de protoplasma. Su Cabeza es Jesús mismo, y el Alma es el Espíritu Santo. La Voz de este Cuerpo es la del mismo Cristo, quien nos habla continuamente para enseñarnos y guiarnos. A este Cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, llamamos Iglesia.

Es esto lo que quiere decir el catecismo al preguntar -como nos hemos preguntado nosotros-: «¿Quién nos enseña a conocer, amar y servir a Dios?», y responder: «Aprendemos a conocer, amar y servir a Dios por Jesucristo, el Hijo de Dios, quien nos enseña por medio de la Iglesia.» Y para que tengamos bien a la mano las principales verdades enseñadas por Jesucristo, la Iglesia las ha condensado en una declaración de fe que llamamos Credo de los Apóstoles. Ahí están las verdades fundamentales sobre las que se basa una vida cristiana.

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El Credo de los Apóstoles es una oración antiquísima que nadie sabe exactamente cuándo se formuló con las palabras actuales. Data de los primeros días de los comienzos del Cristianismo. Los Apóstoles, después de Pentecostés y antes de comenzar sus viajes misioneros por todo el mundo, formularon con certeza una especie de sumario de las verdades esenciales que Cristo les había confiado. Con él, todos se aseguraban de abarcar estas verdades esenciales en su predicación. Serviría también como declaración de fe para los posibles conversos antes de su incorporación al Cuerpo Místico de Cristo por el Bautismo.

Así, podemos estar bien seguros que cuando entonamos «Creo en Dios Padre omnipotente...» recitamos la misma profesión de fe que los primeros convertidos al Cristianismo -Cornelio y Apolo, Aquila, Priscila y los demás- tan orgullosamente recitaron y con tanto gozo sellaron con su sangre.

Algunas de las a verdades del Credo de los Apóstoles podíamos haberlas hallado, bajo unas condiciones ideales, nosotros mismos. Tales son, por ejemplo, la existencia de Dios, su omnipotencia, que es Creador de cielos y tierra. Otras las conocemos sólo porque Dios nos las ha enseñado, como que Jesucristo es el Hijo de Dios o que hay tres Personas en un solo Dios. Al conjunto de verdades que Dios nos ha enseñado (algunas asequibles para nosotros y otras fuera del alcance de nuestra razón) se le llama «revelación divina», o sea, las verdades reveladas por Dios. («Revelar» viene de una palabra latina que significa «retirar el velo».) Dios empezó a retirar el velo sobre Sí mismo con las verdades que dio a conocer a nuestro primer padre, Adán. En el transcurso de los siglos, Dios siguió retirando el velo poquito a poco. Hizo revelaciones sobre Sí mismo -y sobre nosotros- a los patriarcas como Noé y Abrahán; a Moisés y a los profetas que vinieron tras él, como Jeremías y Daniel.

Las verdades reveladas por Dios desde Adán hasta el advenimiento de Cristo se llaman «revelación precristiana». Fueron la preparación paulatina para la gran manifestación de la verdad divina que Dios nos haría por su Hijo Jesucristo. A las verdades dadas a conocer ya directamente por Nuestro Señor, ya por medio de sus Apóstoles bajo la inspiración del Espíritu Santo, las llamamos «revelación cristiana».

Por medio de Jesucristo, Dios completó la revelación de Sí mismo a la humanidad. Ya nos ha dicho todo lo que necesitamos saber para ir al cielo. Nos ha dicho todo lo que necesitamos saber para cumplir nuestro fin y alcanzar la eterna unión con el mismo Dios.

Consecuentemente, tras la muerte del último Apóstol (San Juan), no hay «nuevas» verdades que la virtud de la fe exija que creamos.

Con el paso de los años, los hombres usarán la inteligencia que Dios les ha dado para examinar, comparar y estudiar las verdades reveladas por Cristo. El depósito de la verdad cristiana, como un capullo que se abre, se irá desplegando ante la meditación y el examen de las grandes mentes de cada generación.

Naturalmente, nosotros, en el siglo XX, comprendemos mucho mejor las enseñanzas de Cristo que los cristianos del siglo I. Pero la fe no depende de la plenitud de comprensión. En lo que concierne a las verdades de fe, nosotros creemos exactamente las mismas verdades que creyeron los primeros cristianos, las verdades que ellos recibieron de Cristo y de sus portavoces, los Apóstoles.

Cuando el sucesor de Pedro, el Papa, define solemnemente un dogma-como el de la Asunción-, no es que presente una nueva verdad para ser creída. Simplemente nos da pública noticia de que es una verdad que data del tiempo de los Apóstoles y que, en consecuencia, debemos creer. Desde el tiempo de Cristo ha habido muchas veces en que Dios ha hecho revelaciones privadas a determinados santos y otras personas. Estos mensajes se denominan revelaciones «privadas». A diferencia de las revelaciones «públicas» dadas por Jesucristo y sus Apóstoles, aquéllas sólo exigen el asentimiento de los que las reciben. Aun apariciones tan famosas como Lourdes y Fátima, o la del Sagrado Corazón a Santa Margarita María, no son lo que llamamos «materia de fe divina». Si una evidencia clara y cierta nos dice que estas apariciones son auténticas, sería una estupidez dudar de ellas. Pero aun negándolas no incurriríamos en herejía. Estas revelaciones privadas no forman parte del «depósito de la fe».

Ahora que estamos tratando del tema de la revelación divina sería bueno indicar el volumen que nos ha guardado muchas de las revelaciones divinas: la Santa Biblia.

Llamamos a la Biblia la Palabra de Dios porque fue el mismo Dios quien inspiró a los autores de los distintos «libros» que componen la Biblia. Dios les inspiró escribir lo que El quería que se escribiera, y nada más. Por su directa acción sobre la mente y voluntad del escritor (sea éste Isaías o Ezequiel, Mateo o Lucas), Dios Espíritu Santo dictó lo que quería que se escribiera. Fue, por supuesto, un dictado interno y silencioso. El escritor redactaría según su estilo de expresión propio. Incluso sin darse cuenta de lo que le movía a consignar las cosas que escribía. Incluso sin percatarse de estar escribiendo bajo la influencia de la divina inspiración. Y, sin embargo, el Espíritu Santo guiaría cada rasgo de su pluma.

Es, pues, evidente que la Biblia no está libre de error porque la Iglesia haya dicho, tras un examen minucioso, que no hay en ella error. La Biblia está libre de error porque su autor es Dios mismo, siendo el escritor humano un mero instrumento de Dios. El cometido de la Iglesia ha sido decirnos qué escritos antiguos son inspirados, conservarlos e interpretarlos.

Sabemos, por cierto, que no todo lo que Jesús enseñó está en la Biblia. Sabemos que muchas de las verdades que constituyen el depósito de la fe se nos dieron por enseñanza oral de los Apóstoles y se han transmitido de generación en generación por los obispos, sucesores de los Apóstoles. Es lo que llamamos Tradición de la Iglesia: las verdades transmitidas a través de los tiempos por la viva Voz de Cristo en su Iglesia.

En esta doble fuente - la Biblia y la Tradición - encontramos la revelación divina completa, todas las verdades que debemos creer.

(cont)
Leo J. Trese