27/11/2018

Leitura espiritual

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LA FE EXPLICADA  


CAPÍTULO IV




LA CREACION Y LOS ANGELES


Si un simple ser humano puede inducirnos a pecar, si un compañero puede decir «¡Hala!, Pepe, vámonos de juerga esta noche», si una vecina puede decir «¿Por qué no pruebas esto, Rosa? También tú tienes derecho a descansar y no tener más hijos en una temporada», el diablo puede más todavía, colocándonos ante tentaciones más sutiles y mucho menos claras.

Pero no puede hacernos pecar. No hay poder en la tierra o en el infierno que pueda hacemos pecar. Siempre tenemos nuestro libre albedrío, siempre nos queda nuestra capacidad de elegir, y nadie puede imponemos esa decisión. Pepe puede decir «¡No!» al compañero que le propone la juerga; Rosa puede decir «¡No!» a la vecina que le recomienda el anticonceptivo. Y todas las tentaciones que el diablo pueda ponernos en nuestro camino, por potentes que sean, pueden ser rechazadas con igual firmeza. No hay pecado a no ser que, y hasta que, nuestra voluntad se aparte de Dios y escoja un bien inferior en su lugar. Nadie, nunca, podrá decir en verdad «Pequé porque no pude evitarlo».

Que todas las tentaciones no vienen del diablo es evidente. Muchas nos vienen del mundo que nos rodea, incluso de amigos y conocidos, como en el ejemplo anterior. Otras provienen de fuerzas interiores, profundamente arraigadas en nosotros, que llamamos pasiones, fuerzas imperfectamente controladas y, a menudo, rebeldes, que son resultado del pecado original. Pero, sea cuál sea el origen de la tentación, sabemos que, si queremos, podemos dominarla.

Dios a nadie pide imposibles. El no nos pediría amor constante y lealtad absoluta si nos fuera imposible dárselos. Luego ¿debemos atribularnos o asustarnos porque vengan tentaciones? No, es precisamente venciendo la tentación como adquirimos mérito delante de Dios; por las tentaciones encontradas y vencidas, crecemos en santidad. Tendría poco mérito ser bueno si fuera fácil. Los grandes santos no fueron hombres y mujeres sin tentaciones; en la mayoría de los casos las sufrieron tremendas, y se santificaron venciéndolas.

Por supuesto, no podemos vencer en estas batallas nosotros solos. Hemos de tener la ayuda de Dios para reforzar nuestra debilitada voluntad. «Sin Mí, no podéis hacer nada» nos dice el Señor. Su ayuda, su gracia, está a nuestra disposición en ilimitada abundancia, si la deseamos, si la buscamos. La confesión frecuente, la comunión y oración habituales (especialmente a la hora de la tentación) nos harán inmunes a la tentación, si hacemos lo que está en nuestra parte.

No tenemos derecho a esperar que Dios lo haga todo. Si no evitamos peligros innecesarios, si, en la medida que podamos, no evitamos las circunstancias -las personas, lugares o cosas que puedan inducirnos a tentación-, no estamos cumpliendo por nuestra parte. Si andamos buscando el peligro, atamos las manos de Dios. Ahogamos la gracia en su mismo origen.

A veces decimos de una persona cuyas acciones son especialmente malvadas, «Debe estar poseída del diablo». La mayoría de las veces cuando calificamos a alguien de «poseso» no queremos ser literales; simplemente indicamos un anormal grado de maldad.

Pero existe, real y literalmente, la posesión diabólica. Como indicábamos antes, desconocemos la extensión total de los poderes del diablo sobre el universo creado, en el que se incluye la humanidad. Sabemos que no puede hacer nada si Dios no se lo permite.

Pero también sabemos que Dios, al realizar sus planes para la creación, no quita normalmente (ni a los ángeles ni a los hombres) ninguno de los poderes que concedió originalmente.

En cualquier caso, tanto la Biblia como la historia, además de la continua experiencia de la Iglesia, muestran con claridad meridiana que existe la posesión diabólica, o sea, que el diablo penetra en el cuerpo de una persona y controla sus actividades físicas: su palabra, sus movimientos, sus acciones. Pero el diablo no puede controlar su alma; la libertad del alma humana queda inviolada, y ni todos los demonios del infierno pueden forzarla. En la posesión diabólica la persona pierde el control de sus acciones físicas, que pasan a un poder más fuerte, el del diablo. Lo que. el cuerpo haga, lo hace el diablo, no la persona.

El diablo puede ejercer otro tipo de influencia. Es la obsesión diabólica. En ella, más que desde el interior de la persona, el diablo ataca desde fuera. Puede asir a un hombre y derribarlo, puede sacarlo de la cama, atormentarlo con ruidos horribles y otras manifestaciones. San Juan Bautista Vianney, el amado Cura de Ars, tuvo que sufrir mucho por esta clase de influencia diabólica.

Tanto la posesión diabólica como la obsesión, raras veces se encuentran hoy en tierras cristianas; parece como si la Sangre redentora de Cristo hubiera atado el poder de Satán.

Pero son aún frecuentes en tierras paganas, como muchas veces atestiguan los misioneros, aunque no tanto como antes del sacrificio redentor de Cristo.

El rito religioso para expulsar un demonio de una persona posesa u obsesa se llama exorcismo. En el ritual de la Iglesia existe una ceremonia especial para este fin, en la que el Cuerpo Místico de Cristo acude a su Cabeza, Jesús mismo, para que rompa la influencia del demonio sobre una persona. La función de exorcista es propia de todo sacerdote, pero no puede ejercerla oficialmente a no ser con permiso especial del obispo, y siempre que una cuidadosa investigación haya demostrado que es un caso auténtico de posesión y no una simple enfermedad mental.

Por supuesto, nada impide que un sacerdote utilice su poder exorcista de forma privada, no oficial. Sé de un sacerdote que en un tren oía un torrente de blasfemias e injurias que le dirigía un viajero sentado enfrente. Al fin, el sacerdote dijo silenciosamente: «En nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, te ordeno que vuelvas al infierno y dejes tranquilo a este hombre». Las blasfemias cesaron en el acto.

En otra ocasión ese mismo sacerdote usó el mismo exorcismo privado ante un matrimonio que disputaba encarnizadamente, y, al momento, amainó su ira. El diablo está presente y actúa con frecuencia: no sólo en casos extremos de posesión u obsesión.

Hemos hablado con cierta extensión de los ángeles caídos por el grave peligro que se corre si se toman a la ligera su presencia y su poder (que Dios nos defienda de la trampa más sutil del diablo, la de negar su existencia porque no está de moda creer en él).

Parece más fácil y agradable creer en la realidad de los ángeles buenos y en su poder para el bien, que es, por supuesto, mucho mayor que el de Satanás para el mal.

Los ángeles que permanecieron fieles a Dios están con El en el cielo, en amor y adoración perpetuos, lo que (Dios lo quiera) será también nuestro destino. Su voluntad es ahora la de Dios. Los ángeles, como Nuestra Madre Santa María y los santos, están interesados intensamente en nuestro bien, en vernos en el cielo. Interceden por nosotros y utilizan el poder angélico (cuya extensión también desconocemos) para ayudar a aquellos que quieren y aceptan esta ayuda.

Que los ángeles nos ayudan, es materia de fe. Si no lo creemos, tampoco creemos en la Iglesia y en las Sagradas Escrituras. Que cada uno tiene un ángel de la guarda personal no es materia de fe, pero sí algo creído comúnmente por todos los católicos. Y del mismo modo que honramos a Dios con nuestra devoción a sus amigos y a sus héroes, los santos, cometeríamos una gran equivocación si no honráramos e invocáramos a sus primeras obras maestras, los ángeles, que pueblan el cielo y protegen la tierra.

(cont)
Leo J. Trese

Que nunca deixe de praticar a caridade


Não é compatível amar a Deus com perfeição e deixar-se dominar pelo egoísmo – ou pela apatia – na relação com o próximo. (Sulco, 745)

A verdadeira amizade implica também um esforço cordial por compreender as convicções dos nossos amigos, mesmo que não cheguemos a partilhá-las nem a aceitá-las. (Sulco, 746)

Nunca permitas que a erva ruim cresça no caminho da amizade: sê leal. (Sulco, 747)

Um propósito firme na amizade: que no meu pensamento, nas minhas palavras, nas minhas obras para com o próximo – seja ele quem for –, não me comporte como até agora, quer dizer, nunca deixe de praticar a caridade, nunca dê entrada na minha alma à indiferença. (Sulco, 748)

A tua caridade deve ser adequada, ajustada, às necessidades dos outros...; não às tuas. (Sulco, 749)

Filhos de Deus! Uma condição que nos transforma em algo mais transcendente do que em simples pessoas que se suportam mutuamente... Escuta o Senhor: "Vos autem dixi amicos!" – somos seus amigos, que, como Ele, dão gostosamente a vida pelos outros, tanto nas horas heróicas como na convivência corrente. (Sulco, 750)

Evangelho e comentário


Tempo comum



Evangelho: Lc 21, 5-11

5 Como alguns falassem do templo, dizendo que estava adornado de belas pedras e de ofertas votivas, respondeu: 6 «Virá o dia em que, de tudo isto que estais a contemplar, não ficará pedra sobre pedra. Tudo será destruído.» 7 Perguntaram-lhe, então: «Mestre, quando sucederá isso? E qual será o sinal de que estas coisas estão para acontecer?» 8 Ele respondeu: «Tende cuidado em não vos deixardes enganar, pois muitos virão em meu nome, dizendo: ‘Sou eu’; e ainda: ‘O tempo está próximo.’ Não os sigais. 9 Quando ouvirdes falar de guerras e revoltas, não vos alarmeis; é necessário que estas coisas sucedam primeiro, mas não será logo o fim.» 10 Disse-lhes depois: «Há-de erguer-se povo contra povo e reino contra reino. 11 Haverá grandes terramotos e, em vários lugares, fomes e epidemias; haverá fenómenos apavorantes e grandes sinais no céu.»

Comentário:

Há como que um sentimento generalizado que, o chamado “fim do mundo” será uma enorme catástrofe na qual desaparecerão todas as coisas criadas incluindo, obviamente, a humanidade.

Mas, de facto, não há nada absolutamente dito pelo Senhor donde se possa inferir tal coisa.
Quando Jesus Cristo fala em guerras, lutas, terremotos, cataclismos tremendos não os coloca como “sinais”, marcos, prenúncios do fim do mundo, mas apenas de coisas que virão a acontecer – e algumas já acontecerem – pelo que convém ao homem estar preparado para elas.

Nada nos diz que esse “fim do mundo” não seja como que um suave apagar de uma luz que se estingue voltando tudo ao estado anterior da criação.

De resto, poder-se-ia considerar que esse “fim do mundo apocalíptico” seria como uma espécie de castigo divino brutal e definitivo.

Não nos esqueçamos – nunca – que Deus nos criou para a eternidade e não para uma vida terrena mais ou menos longa.



(AMA, comentário sobre Lc 21, 5-11. 28.11.2017)




Temas para reflectir e meditar

Formação humana e cristã – 119


As coisas de sempre

2

Porquê?
Pela maravilha que é a nossa mente, imaginação, memória, recordações…

E, o interessante e benéfico, é tentar lembrar como, na altura, lidámos com essa situação, se a resolvemos ou, cobardemente, às vezes, resolvemos ignorá-la e deixar para mais tarde a solução.

Devemos encarar esta realidade como uma nova oportunidade de rever algo que considerávamos, talvez, esquecido ou solucionado.

Deus dá sempre novas oportunidades ao homem para que solucione as questões por resolver.

A Magnanimidade divina vai ao ponto de “esperar” sem “pressas” que tal aconteça.
Há que estar atento e não desperdiçar essa extraordinária benesse.

AMA, reflexões, 

Pequena agenda do cristão


TeRÇa-Feira


(Coisas muito simples, curtas, objectivas)




Propósito:

Aplicação no trabalho.

Senhor, ajuda-me a fazer o que devo, quando devo, empenhando-me em fazê-lo bem feito para to poder oferecer.

Lembrar-me:
Os que estão sem trabalho.

Senhor, lembra-te de tantos e tantas que procuram trabalho e não o encontram, provê às suas necessidades, dá-lhes esperança e confiança.

Pequeno exame:

Cumpri o propósito que me propus ontem?





26/11/2018

El Reto del Amor






por El Reto Del Amor

Leitura espiritual

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LA FE EXPLICADA  

CAPÍTULO IV

LA CREACION Y LOS ANGELES

 ¿Cómo empezó la creación? A veces un modista, un pastelero o un perfumista se jactan de hacer una nueva «creación». Cuando esto ocurre, utilizan la palabra «creación» en un sentido muy amplio.

Por nueva que sea una moda, tiene que basarse en tejido de algún tipo. Por agradable que resulte un postre o un perfume, tiene que basarse en alguna clase de ingredientes.

«Crear» significa «hacer de la nada». Hablando con propiedad, sólo Dios, cuyo poder es infinito, puede crear.

Hay científicos que se afanan hoy en día en los laboratorios tratando de «crear» vida en un tubo de ensayo. Una y otra vez, tras fracasos repetidos, mezclan sus ingredientes químicos y combinan sus moléculas. Si lo conseguirán algún día o no, no lo sé. Pero aunque su paciencia fuera recompensada, no podría decirse que habían «creado» nueva vida. Todo el tiempo habrían estado trabajando con materiales que Dios les ha proporcionado.

Cuando Dios crea, no necesita materiales o utensilios para poder trabajar. Simplemente, QUIERE que algo sea, y es. «Hágase la luz» dijo al principio, «y la luz fue...» «Hágase un firmamento en medio de las aguas», dijo Dios, «y así se hizo» (Gen 1, 3-6).

La voluntad creadora de Dios no sólo ha llamado a todas las cosas a la existencia, sino que las MANTIENE en ella. Si Dios retirara el sostén de su voluntad a cualquier criatura, ésta dejaría de existir en aquel mismo instante, volvería a la nada de la que salió.

Las primeras obras de la creación divina que conocemos (Dios no tiene por qué habérnoslo dicho todo) son los ángeles. Un ángel es un espíritu, es decir, un ser con inteligencia y voluntad, pero sin cuerpo, sin dependencia alguna de la materia. El alma humana también es un espíritu, pero el alma humana nunca será ángel, ni siquiera durante el tiempo en que, separada del cuerpo por la muerte, espere la resurrección.

El alma humana ha sido hecha para estar unida a un cuerpo físico. Decimos que tiene «afinidad» hacia un cuerpo. Una persona humana, compuesta de alma y cuerpo, es incompleta sin éste. Hablaremos más extensamente de ello cuando tratemos de la resurrección de la carne. Pero, por el momento, sólo queremos subrayar el hecho de que un ángel, sin cuerpo, es una persona completa, y que un ángel es muy superior al ser humano.

Hoy en día hay mucha literatura fantástica sobre los «marcianos». Estos supuestos habitantes de nuestro vecino planeta son generalmente representados como más inteligentes y poderosos que nosotros, pobres mortales ligados a la tierra. Pero ni el más ingenioso de los escritores de ciencia ficción podrá nunca hacer justicia a la belleza deslumbradora, la inteligencia poderosa y el tremendo poder de un ángel. Si esto es así del orden inferior de las huestes celestiales -del orden de los propiamente llamados ángeles-, ¿qué decir de los órdenes ascendentes de espíritus puros que se hallan por encima de los ángeles? Se nos enumeran en la Sagrada Escritura como arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines. Es muy posible que un arcángel esté a tanta distancia en perfección de un ángel como éste de un humano.

Aquí, por supuesto, bien poco sabemos sobre los ángeles, sobre su naturaleza íntima o los grados de distinción que hay entre ellos. Ni siquiera sabemos cuántos son, aunque la Biblia indica que su número es muy grande «Millares de millares le sirven, y diez mil veces mil están ante El», dice el libro de Daniel (7, 10).

Sólo los nombres de tres ángeles se nos han dado a conocer: Gabriel, «Fortaleza de Dios»; Miguel, «¿Quién como Dios?», y Rafael, «Medicina de Dios». Con respecto a los ángeles parece como si Dios se hubiera contentado con dejarnos vislumbrar apenas las maravillas y la magnificencia que nos aguarda en el mundo más allá del tiempo y del espacio. Como las líneas de perspectiva de un cuadro conducen la atención hacia el asunto central, así los coros ascendentes de espíritus puros llevan irresistiblemente nuestra atención hacia la suprema Majestad de Dios, de un Dios cuya infinita perfección es inconmensurablemente superior al más exaltado de los serafines.

Y, recordemos que no estamos hablando de un mundo de fantasía e imaginación. Es un mundo mucho más real que el planeta Marte, más sustancial que el suelo que pisamos.

Pero, lo mejor de todo es que podemos ir a este mundo sin ayuda de naves interplanetarias. Es un mundo al que, si queremos, iremos.

Cuando Dios creó los ángeles, dotó a cada uno de una voluntad que le hace supremamente libre. Sabemos que el precio del cielo es amar a Dios.

Por un acto de amor de Dios, un espíritu, sea ángel o alma humana, se adecua para ir al cielo. Y este amor tiene que probarse del único modo con que el amor a Dios puede ser probado: por la libre y voluntaria sumisión de la voluntad creada a Dios, por lo que llamamos comúnmente un «acto de obediencia» o un «acto de lealtad».

Dios hizo a los ángeles con libre albedrío para que fueran capaces de hacer su acto de amor a Dios, de elegir a Dios. Sólo después verían a Dios cara a cara; sólo entonces podrían entrar en la unión eterna con Dios que llamamos «cielo».

Dios no nos ha dado a conocer la clase de prueba a que sometió a los ángeles. Muchos teólogos piensan que Dios dio a los ángeles una visión previa de Jesucristo, el Redentor de la raza humana, y les mandó que le adoraran... Jesucristo en todas sus humillaciones, un niño en el pesebre, un criminal en la cruz. Según esta teoría, algunos ángeles se rebelaron ante la perspectiva de tener que adorar a Dios encarnado. Conscientes de su propia magnificencia espiritual, de su belleza y dignidad, no pudieron hacer el acto de sumisión que la adoración a Jesucristo les pedía. Bajo el caudillaje de uno de los- ángeles más dotados, Lucifer, «Portador de luz», el pecado de orgullo alejó de Dios a muchos ángeles, y recorrió los cielos el terrible grito «Non serviam», «No serviré».

Y así comenzó el infierno. Porque el infierno es, esencialmente, la separación de Dios de un espíritu. Más tarde, cuando la raza humana pecó en la persona de Adán, daría Dios al género humano una segunda oportunidad. Pero no hubo segunda oportunidad para los ángeles rebeldes. Dadas la perfecta claridad de su mente angélica y la inimpedida libertad de su voluntad angélica, ni la misericordia infinita de Dios podía hallar excusa para el pecado de los ángeles. Comprendieron (en un grado al que Adán jamás podía llegar) cuáles serían las consecuencias de su pecado. En ellos no hubo «tentación» en el sentido en que ordinariamente entendemos la palabra. Su pecado fue lo que podríamos llamar «a sangre fría». Por su rechazo de Dios, deliberado y pleno, sus voluntades quedaron fijas contra Dios, fijas para siempre. En ellos no es posible el arrepentimiento, no quieren arrepentirse. Hicieron su elección por toda la eternidad. En ellos arde un odio perpetuo hacia Dios y hacia todas sus obras.

No sabemos cuántos ángeles pecaron; tampoco Dios ha querido informarnos de esto. Por menciones de la Sagrada Escritura, inferimos que los ángeles caídos (o «demonios», como les llamamos comúnmente) son numerosos. Pero, parece lo más probable que la mayoría de las huestes celestiales permanecieran fieles a Dios, hicieran su acto de sumisión a Dios, y estén con El en el cielo.

A menudo se llama «Satán» al demonio. Es una palabra hebrea que significa «adversario». Los diablos son, claro está, los adversarios, los enemigos de los hombres.

En su odio inextinguible a Dios, es natural que odien también a su criatura, el hombre. Su odio resulta aún más comprensible a la luz de la creencia de que Dios creó a los hombres precisamente para reemplazar a los ángeles que pecaron, para llenar el hueco que dejaron con su defección.

Al pecar, los ángeles rebeldes no perdieron ninguno de sus dones naturales. El diablo posee una agudeza intelectual y un poder sobre la naturaleza impropios de nosotros, meros seres humanos. Toda su inteligencia y todo su poder van ahora dirigidos a apartar del cielo a las almas a él destinadas. Los esfuerzos del diablo se encaminan ahora incansablemente a arrastrar al hombre a su misma senda de rebelión contra Dios. En con secuencia, decimos que los diablos nos tientan al pecado.

No sabemos el límite exacto de su poder. Desconocemos hasta qué punto pueden influir sobre la naturaleza humana, hasta qué punto pueden dirigir el curso natural de los acontecimientos para inducirnos a tentación, para llevarnos al punto en que debemos decidir entre la voluntad de Dios y nuestra voluntad personal. Pero sabemos que el diablo nunca puede forzarnos a pecar. No puede destruir nuestra libertad de elección. No puede, por decirlo así, forzarnos un «Sí» cuando realmente queremos decir «No». Pero es un adversario al que es muy saludable temer.

¿Es real el diablo? Alguien ha dicho que incluso el más encarnizado de los pecadores dedica más tiempo a hacer cosas buenas o indiferentes que cosas malas. En otras palabras, que siempre hay algún bien incluso en el peor de nosotros.

Es esto lo que hace tan difícil comprender la real naturaleza de los demonios. Los ángeles caídos son espíritus puros sin cuerpo. Son absolutamente inmateriales. Cuando fijaron su voluntad contra Dios en el acto de su rebelión, abrazaron el mal (que es el rechazo de Dios) con toda su naturaleza. Un demonio es cien por cien mal, cien por cien odio, sin que pueda hallarse un mínimo resto de bien en parte alguna de su ser.

La inevitable y constante asociación del alma con estos espíritus, cuya maldad sin paliativos es una fuerza viva y activa, no será el menor de los horrores del infierno. En esta vida nos encontramos a disgusto, incómodos, cuando tropezamos con alguien manifiestamente depravado. A duras penas podemos soportar la idea de lo que será estar encadenado por toda la eternidad a la maldad viva y absoluta, cuya fuerza de acción sobrepasa inconmensurablemente la del hombre más corrompido.

A duras penas soportamos el pensarlo, aunque tendríamos que hacerlo de vez en cuando. Nuestro gran peligro aquí, en la tierra, es olvidarnos de que el diablo es una fuerza viva y actuante. Más peligroso todavía es dejarnos influir por la soberbia intelectual de los descreídos. Si nos dedicamos a leer libros «científicos» y a escuchar a gente «lista», que pontifican que el diablo es «una superstición medieval» hace tiempo superada, insensiblemente terminaremos por pensar que es una figura retórica, un símbolo abstracto del mal sin entidad real.

Y éste sería un error fatal. Nada conviene más al diablo que el que nos olvidemos de él o no le prestemos atención, y, sobre todo, que no creamos en él. Un enemigo cuya presencia no se sospecha, que puede atacar emboscado, es doblemente peligroso. Las posibilidades de victoria que tiene un enemigo aumentan en proporción a la ceguera o inadvertencia de la víctima.

Lo que Dios hace, no lo deshace. Lo que Dios da, no lo quita. Dio a los ángeles inteligencia y poder de orden superior, y no los revoca, ni siquiera a los ángeles rebeldes.

(cont)
Leo J. Trese

Jesus ficou na Eucaristia por amor

A frequência com que visitamos o Senhor está em função de dois factores: fé e coração; ver a verdade, e amá-la. (Sulco, 818)

O coração! De vez em quando, sem poderes evitá-lo, projecta-se uma sombra de luz humana, uma recordação grosseira, triste, "saloia"...

Vai imediatamente ao Sacrário, física ou espiritualmente; e voltarás à luz, à alegria, à Vida! (Sulco, 817)

Assoma muitas vezes a cabeça ao oratório, para dizeres a Jesus: –... abandono-me nos teus braços.
Deixa a seus pés o que tens: as tuas misérias!
Desta maneira, apesar da turbamulta de coisas que levas dentro de ti, nunca perderás a paz. (Forja, 306)

Jesus ficou na Eucaristia por amor..., por ti.
Ficou, sabendo como o receberiam os homens... e como o recebes tu.
Ficou, para que o comas, para que o visites e lhe contes as tuas coisas e, falando intimamente com Ele na oração junto do Sacrário e na recepção do Sacramento, te apaixones cada dia mais e faças com que outras almas – muitas! – sigam o mesmo caminho. (Forja, 887)

Evangelho e comentário


Tempo comum



Evangelho: Lc 21, 1-4

1 Levantando os olhos, Jesus viu os ricos deitarem no cofre do tesouro as suas ofertas. 2 Viu também uma viúva pobre deitar lá duas moedinhas 3 e disse: «Em verdade vos digo que esta viúva pobre deitou mais do que todos os outros; 4 pois eles deitaram no tesouro do que lhes sobejava, enquanto ela, da sua indigência, deitou tudo o que tinha para viver.»

Comentário:

Muitas vezes – talvez – nos ocorre o pensamento se e quanto devemos dar de esmola na Santa Missa.
Olhamos de soslaio para a bandeja que passa e vemos algumas – muitas – moedas e, também notas de valor significativo.

E ficamo-nos pensando o que devemos fazer.
Ocorre-nos que já damos esmola para muitas coisas, organizações ou obras da Igreja e que, portanto, o nosso contributo, nesse momento, pouco ou nada a acrescentará às reais necessidades da Igreja.

Não me parece que este deva ser um problema o que damos – decidimos dar – não tem que ver com “contabilidades” nem cálculos, mas apenas com a generosidade solidária.

Desde que nos sintamos em paz connosco próprios, não pensamos mais nisso, não se trata nem de uma falta nem de uma omissão.

O que pomos na bandeja é – tem de ser – o fruto de uma decisão íntima que nos leva a julgar o que será mais acertado fazer.

(AMA, comentário sobre Lc 21, 1-4, 26.11.2017)





Temas para reflectir e meditar


Formação humana e cristã – 118



As coisas de sempre


O que são “as coisas de sempre”?

Não parece haver grandes dúvidas: é tudo aquilo que acontece na nossa vida – que nos acontece – e que somos  levados a julgar, por vezes como novidade, um facto novo que tem de ser encarado numa perspectiva única, mas que, realmente, depois de nos determos um pouco, verificamos que são como que uma repetição de algo que já aconteceu, com que nos deparámos.

Porque, na nossa vida, as “coisas de sempre” repetem-se com um ritmo às vezes assustador, porque pensamos que “tal fase já passou” e nos surpreendemos quando volta a acontecer exactamente o mesmo passado – às vezes – bastante tempo.

AMA, reflexões,

Pequena agenda do cristão

SeGUNDa-Feira



(Coisas muito simples, curtas, objectivas)



Propósito:
Sorrir; ser amável; prestar serviço.

Senhor que eu faça "boa cara" que seja alegre e transmita aos outros, principalmente em minha casa, boa disposição.

Senhor que eu sirva sem reserva de intenção de ser recompensado; servir com naturalidade; prestar pequenos ou grandes serviços a todos mesmo àqueles que nada me são. Servir fazendo o que devo sem olhar à minha pretensa “dignidade” ou “importância” “feridas” em serviço discreto ou desprovido de relevo, dando graças pela oportunidade de ser útil.

Lembrar-me:
Papa, Bispos, Sacerdotes.

Que o Senhor assista e vivifique o Papa, santificando-o na terra e não consinta que seja vencido pelos seus inimigos.

Que os Bispos se mantenham firmes na Fé, apascentando a Igreja na fortaleza do Senhor.

Que os Sacerdotes sejam fiéis à sua vocação e guias seguros do Povo de Deus.

Pequeno exame:

Cumpri o propósito que me propus ontem?







25/11/2018

Leitura espiritual

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LA FE EXPLICADA  

CAPÍTULO III

LA UNIDAD Y TRINIDAD DE DIOS

¿Cómo es que son tres? Estoy seguro que ninguno de nosotros se molestaría en explicar un problema de física nuclear a un niño de cinco años. Y, sin embargo, la distancia que hay entre la inteligencia de un niño de cinco años y los últimos avances de la ciencia es nada comparada con la que existe entre la más brillante mente humana y la verdadera naturaleza de Dios. Hay un límite a lo que la mente humana -aun en condiciones óptimas- puede captar y entender.

Dado que Dios es un Ser infinito, ningún intelecto creado, por dotado que esté, puede alcanzar sus profundidades.

Por eso, Dios, al revelarnos la verdad sobre Sí mismo, tiene que contentarse con enunciarnos sencillamente cuál es esa verdad; el «cómo» de ella está tan lejos de nuestras facultades en esta vida, que ni Dios mismo trata de explicárnoslo.

Una de estas verdades es que, habiendo un solo Dios, existen en El tres Personas divinas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-. Hay una sola naturaleza divina, pero tres Personas divinas.

En lo humano, «naturaleza» y «persona» son prácticamente una y la misma cosa. Si en una habitación hay tres personas, tres naturalezas humanas están presentes; si sólo está una naturaleza humana presente, hay una sola persona. Así, cuando tratamos de pensar en Dios como tres Personas con una y la misma naturaleza, nos encontramos como dando cabezazos contra un muro.

Por esta razón llamamos a las verdades de fe como esta de la Santísima Trinidad «misterios de fe». Las creemos porque Dios nos las ha manifestado, y El es infinitamente sabio y veraz. Pero para saber cómo puede ser así tenemos que esperar a que El se nos manifieste del todo en el cielo.

Por supuesto, los teólogos pueden aclarárnoslo un poquito. Explican que la distinción entre las tres Personas divinas se basa en la relación que existe entre ellas. Está Dios Padre, quien mira en su mente divina, y se ve cómo es realmente, formulando un pensamiento de Sí mismo. Tú y yo, muchas veces, hacemos lo mismo. Volvemos nuestra mirada sobre nosotros mismos y formamos un pensamiento sobre nosotros. Este pensamiento se expresa en las palabras silenciosas «Juan Pérez» o «María García».

Pero hay una diferencia entre nuestro propio conocimiento y el de Dios sobre Sí mismo.

Nuestro conocimiento propio es imperfecto, incompleto. (Nuestros amigos podrían decirnos cosas sobre nosotros que nos sorprenderían, ¡sin contar lo que dirían nuestros enemigos!) Pero, aun si nos conociéramos perfectamente, aun si el concepto que de nosotros tenemos al enunciar en silencio nuestro nombre fuera completo, o sea una perfecta reproducción de nosotros mismos, tan sólo sería un pensamiento que no saldría de nuestro interior, sin existencia independiente, sin vida propia. El pensamiento cesaría de existir, aun en mi mente, tan pronto como volviera mi atención a otra cosa. La razón es que la existencia o la vida no son parte necesaria de un retrato mío. Hubo un tiempo en que yo no existía en absoluto, y volvería inmediatamente a la nada si Dios no me mantuviera en la existencia.

Pero con Dios las cosas son muy distintas. El existir pertenece a la misma naturaleza divina. No hay otra manera de concebir a Dios adecuadamente que diciendo que es el Ser que nunca tuvo principio, el que siempre fue y siempre será. La única definición real que podemos dar de Dios es decir «El que es». Así se definió a Moisés, recordarás: «Yo soy el que soy.» Si el concepto que Dios tiene de Sí mismo ha de ser un pensamiento infinitamente completo y perfecto, tiene que incluir la existencia, ya que el existir es de la naturaleza de Dios. La imagen que Dios ve de Sí mismo, la Palabra silenciosa con que eternamente se expresa a Sí mismo, debe tener una existencia propia, distinta. A este Pensamiento vivo en que Dios se expresa a Sí mismo perfectamente lo llamamos Dios Hijo. Dios Padre es Dios conociéndose a Sí mismo; Dios Hijo es la expresión del conocimiento que Dios tiene de Sí. Así, la segunda Persona de la Santísima Trinidad es llamada Hijo precisamente porque es generado por toda la eternidad, engendrado en la mente divina del Padre.

También se le llama el Verbo de Dios, porque es la «Palabra mental» en que la mente divina expresa el pensamiento de Sí mismo.

Luego, Dios Padre (Dios conociéndose a Sí mismo) y Dios Hijo (el conocimiento de Dios sobre Sí mismo) contemplan la naturaleza que ambos poseen en común. Al verse (hablamos, por su puesto, en términos humanos), contemplan en esa naturaleza todo lo que es bello y bueno -es decir, todo lo que produce amor- en grado infinito.

Y así la voluntad divina mueve un acto de amor infinito hacia la bondad y belleza divinas.

Dado que el amor de Dios a Sí mismo, como el cono cimiento de Dios de Sí mismo, son de la misma naturaleza divina, tiene que ser un amor vivo. Este amor infinitamente perfecto, infinitamente intenso, que eternamente fluye del Padre y del Hijo es el que llamamos Espíritu Santo, «que procede del Padre y del Hijo». Es la tercera Persona de la Santísima Trinidad.

- Dios Padre es Dios conociéndose a Sí mismo.

- Dios Hijo es la expresión del conocimiento de Dios de Sí mismo.

- Dios Espíritu Santo es el resultado del amor de Dios a Sí mismo.

Esta es la Santísima Trinidad: tres Personas divinas en un solo Dios, una naturaleza divina.

Un pequeño ejemplo podría aclararnos la relación que existe entre las tres Personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Supón que te miras en un espejo de cuerpo entero. Ves una imagen perfecta de ti mismo con una excepción: no es más que un reflejo en el espejo. Pero si la imagen saliera de él y se pusiera a tu lado, viva y palpitante como tú, entonces sí que sería tu imagen perfecta.

Pero no habría dos tú, sino un solo Tú, una naturaleza humana. Habría dos «personas», pero sólo una mente y una voluntad, compartiendo el mismo conocimiento y los mismos pensamientos.

Luego, ya que el amor de sí (el amor de sí bueno) es natural a todo ser inteligente, habría una corriente de amor ardiente y mutuo entre tú y tu imagen. Ahora, da rienda suelta a tu fantasía, y piensa en el ser de este amor como una parte tan de ti mismo, tan hondamente enraizado en tu misma naturaleza, que llegara a ser una reproducción viva y palpitante de ti mismo. Este amor sería una «tercera persona» (pero todavía nada más que un Tú, recuerda; sólo una naturaleza humana), una tercera persona que estaría entre tú y tu imagen, y los tres unidos mano en mano, tres personas en una naturaleza humana.

Quizá este vuelo de la imaginación pueda ayudarnos a entender opacamente la relación que existe entre las tres Personas de la Santísima Trinidad: Dios Padre «mirándose» a Sí mismo en su mente divina y mostrando allí la Imagen de Sí, tan infinitamente perfecta que es una imagen viva, Dios Hijo; y Dios Padre y Dios Hijo amando la naturaleza divina que ambos poseen en común como amor vivo, Dios Espíritu Santo. Tres personas divinas, una naturaleza divina.

Si el ejemplo que he utilizado no ayuda nada a nuestro concepto de la Santísima Trinidad, no tenemos por qué sentir frustración. Tratamos con un misterio de fe, y nadie, ni el mayor de los teólogos, puede aspirar a comprenderlo realmente. A lo más que puede llegarse es a distintos grados de ignorancia.

Nadie debe sentirse frustrado si hay misterios de fe. Sólo una persona enferma de soberbia intelectual consumada pretenderá abarcar lo infinito, la insondable profundidad de la naturaleza de Dios. Más que resentir nuestras humanas limitaciones, tenemos que movernos al agradecimiento porque Dios se ha dignado decirnos tanto sobre Sí mismo, sobre su naturaleza íntima.

Al pensar en la Trinidad Beatísima tenemos que estar en guardia contra un error: No podemos pensar en Dios Padre como el que «viene primero», y en Dios Hijo como el que viene después y Dios Espíritu Santo un poco más tarde todavía. Los tres son igualmente eternos al poseer la misma naturaleza divina; el Verbo de Dios y el Amor de Dios son tan sin tiempo como la Naturaleza de Dios. Y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo no están subordinados al Padre en modo alguno; ninguna de las Personas es más poderosa, más sapiente, más grande que las demás. Las tres tienen igual perfección infinita, igualdad basada en la única naturaleza divina que las tres poseen.

Sin embargo, atribuimos a cada Persona divina ciertas obras, ciertas actividades, que parecen más apropiadas a la particular relación de esta o aquella Persona divina. Por ejemplo, atribuimos a Dios Padre la obra de la creación, ya que pensamos en El como el «generador», el instigador, el motor de todas las cosas, la sede del infinito poder que Dios posee.

Parecidamente, ya que Dios Hijo es el Conocimiento o la Sabiduría del Padre, le adscribimos las obras de sapiencia; es El quien vino a la tierra para darnos a conocer la verdad y salvar el abismo entre Dios y el hombre.

Finalmente, dado que el Espíritu Santo es el Amor infinito, le apropiamos las obras de amor, especialmente la santificación de las almas, ya que resulta de la inhabitación del Amor de Dios en nuestra alma.

Dios Padre es el Creador, Dios Hijo es el Redentor, Dios Espíritu Santo es el Santificador.

Y, sin embargo, lo que Uno hace, lo hacen Todos; donde Uno está, están los tres.

Este es el misterio de la Trinidad Santísima: la infinita variedad en la unidad absoluta, cuya belleza nos colmará en el cielo.

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Leo J. Trese