24/11/2018

El reto del amor






por El Reto Del Amor

Leitura espiritual

Resultado de imagem para féLA FE EXPLICADA 

Parte 1 El credo

CAPÍTULO PRIMERO EL FIN DE LA EXISTENCIA DEL HOMBRE


3 -

CAPÍTULO II DIOS Y SUS PERFECCIONES

¿Quién es Dios? Una vez leí que un catequista pretendía haber perdido la fe cuando un niño le preguntó: «¿Quién hizo a Dios»? y súbitamente se dio cuenta que no tenía respuesta que darle.

Cuesta creerlo, porque me parece que alguien con suficiente talento para enseñar en una catequesis tendría que saber que la respuesta es «Nadie».

La prueba principal de la existencia de Dios yace en el hecho de que nada sucede a no ser que algo lo cause. Los bizcochos no desaparecen del envase a no ser que los dedos de alguien se los lleven. Un nogal no brota del suelo si antes no cayó allí una nuez. Los filósofos enuncian este principio diciendo que «cada efecto debe tener una causa».

Así, si nos remontamos a los orígenes de la evolución del universo físico (un millón de años, o un billón, o lo que los científicos quieran), llegaremos al fin a un punto en que nos tendremos que preguntar: «Estupendo, pero ¿quién lo puso en marcha? Alguien tuvo que echar a andar las cosas o no habría universo. De la nada, nada viene.» Los bebés vienen de sus papás, y las flores de semillas, pero tiene que haber un punto de partida. Ha de haber alguien no hecho por otro, ha de haber alguien que haya existido siempre, alguien que no tuvo comienzo. Ha de haber alguien con poder e inteligencia sin límites, cuya propia naturaleza sea existir.

Ese alguien existe, y ese Alguien es exactamente Aquel a quien llamamos Dios. Dios es el que existe por naturaleza propia. La única descripción exacta que podemos dar de Dios es decir que es «el que es». Por eso, la respuesta al niño preguntón es sencillamente: «Nadie hizo a Dios. Dios ha existido siempre y siempre existirá.» Expresamos el concepto de Dios, el que sea el origen de todo ser, por encima y más allá de todo lo que existe, diciendo que es el Ser Supremo. De ahí se sigue que no puede haber más que un Dios. Hablar de dos (o más) seres supremos sería una contradicción.

La misma palabra «supremo» significa «por encima de los demás». Si hubiera dos dioses igualmente poderosos, uno al lado del otro, ninguno de ellos sería supremo. Ninguno tendría el infinito poder que Dios debe tener por naturaleza. El «infinito» poder de uno anularía el «infinito» poder del otro. Cada uno sería limitado por el otro. Como dice San Atanasio: «Hablar de varios dioses igualmente omnipotentes es como hablar de varios dioses igualmente impotentes.» Hay un solo Dios y es Espíritu Para entenderlo tenemos que saber que los filósofos distinguen dos clases de sustancias: espirituales y físicas. Una sustancia física es la hecha de partes. El aire que respiramos, por ejemplo, está compuesto de nitrógeno y oxígeno. Estos, a su vez, de moléculas, y las moléculas de átomos, y los átomos de neutrones, protones y electrones. Cada trocito del universo material está hecho de sustancias físicas. Las sustancias físicas llevan en sí los elementos de su propia disolución, ya que sus partes pueden separarse por corrupción o destrucción.

Por el contrario, una sustancia espiritual no tiene partes. No hay nada que pueda romperse, corromperse, separarse o dividirse. Esto se expresa en filosofía- diciendo que una sustancia espiritual es una sustancia simple. Y ésta es la razón de que las sustancias espirituales sean inmortales. Fuera de un acto directo de Dios, no hay modo de que dejen de existir.

Conocemos tres clases de sustancias espirituales. Primero de todo la de Dios mismo, el Espíritu infinitamente perfecto. Luego, la de los ángeles, y, por último, las almas humanas.

En los tres casos hay una inteligencia que no depende de sustancia física para actuar. Es verdad que, en esta vida, nuestra alma está unida a un cuerpo físico y que depende de él para sus actividades. Pero no es una dependencia absoluta y permanente. Cuando se separa del cuerpo por la muerte, el alma aún actúa. Aún conoce y ama, incluso más libremente que en esta vida mortal.

Si quisiéramos imaginar cómo es un espíritu (tarea difícil, pues «imaginar» significa hacerse una imagen, y aquí no hay imagen que podamos adquirir); si quisiéramos hacernos una idea de lo que es un espíritu, podemos pensar cómo seríamos si nuestro cuerpo súbitamente se evaporara. Aún conservaríamos nuestra identidad y personalidad propias; aún retendríamos todo el conocimiento que poseemos, todos nuestros afectos.

Aún seríamos YO -pero sin cuerpo-. Seríamos, pues, espíritu.

Si «espíritu» resulta una palabra difícil de captar, «infinito» aún lo es más. «Infinito» significa «no finito», y, a su vez, «finito» quiere decir «limitado». Una cosa es limitada si tiene un límite o capacidad que no puede traspasar. Todo lo creado es finito de algún modo. Hay límite al agua que puede contener el océano Pacífico. Hay límite a la energía del átomo de hidrógeno. Hay límite incluso a la santidad de la Virgen María. Pero en Dios no hay límites de ninguna clase, no está limitado en ningún sentido.

El catecismo nos dice, que Dios es «un Espíritu infinitamente perfecto». Lo que significa que no hay nada bueno, deseable o valioso que no se encuentre en Dios en grado absolutamente ilimitado. Quizá lo expresaremos mejor si invertimos la frase y decimos que no hay nada bueno, deseable o valioso en el universo que no sea reflejo (una «chispita», podríamos decir) de esa misma cualidad según existe inconmensurablemente en Dios. La belleza de una flor, por ejemplo, es un reflejo minúsculo de la belleza sin límites de Dios, igual que el fugaz rayo de luna es un reflejo pálido de la cegadora luz solar.

Las perfecciones de Dios son de la misma sustancia de Dios. Si quisiéramos expresarnos con perfecta exactitud no diríamos «Dios es bueno», sino «Dios es bondad». Dios, hablando con propiedad, no es sabio: es la Sabiduría.

No podemos entretenernos aquí para exponer todas las maravillosas perfecciones divinas, pero, al menos, daremos una ojeada a algunas. Ya hemos tratado una de las perfecciones de Dios: su eternidad. Hombres y ángeles pueden calificarse de eternos, ya que nunca morirán. Pero tuvieron .principio y están sujetos a cambio. Sólo Dios es eterno en sentido absoluto; no sólo no morirá nunca, sino que jamás hubo un tiempo en que El no existiera. El será -como siempre ha sido- sin cambio alguno.

Dios es, como hemos dicho, bondad infinita. No hay límites a su bondad, que es tal que verle será amarle con amor irresistible. Y esta bondad se derrama continuamente sobre nosotros.

Alguien puede preguntar: «Si Dios es tan bueno, ¿por qué permite tantos sufrimientos y males en el mundo? ¿Por qué deja que haya crímenes, enfermedades y miseria?» Se han escrito bibliotecas enteras sobré el problema del mal, y no se puede pretender que tratemos aquí este tema como se merece. Sin embargo, sí podemos señalar que el mal, tanto físico como moral, en cuanto afecta a los humanos, vino al mundo como consecuencia del pecado del hombre. Dios, que dio al hombre libre albedrío y puso en marcha su plan para la humanidad, no está interfiriendo continuamente para arrebatarle ese don de la libertad. Con ese libre albedrío que Dios nos dio tenemos que labrarnos nuestro destino hasta su final -hasta la felicidad eterna, si a ella escogemos dirigirnos, y con la ayuda de la gracia divina, si queremos aceptarla y utilizarla-, pero libres hasta el fin.

El mal es idea del hombre, no de Dios. Y si el inocente y el justo tienen que sufrir la maldad de los males, su recompensa al final será mayor. Sus sufrimientos y lágrimas serán nada en comparación con el gozo venidero. Y mientras tanto, Dios guarda siempre a los que le guardan en su corazón.

A continuación viene la realidad del infinito conocimiento de Dios. Todo tiempo -pasado, presente y futuro-; todas las cosas -las que son y las que podrían ser-; todo conocimiento posible es lo que podríamos llamar «un único gran pensamiento» de la mente divina. La mente de Dios contiene todos los tiempos y toda la creación, del mismo modo que el vientre materno contiene a todo el niño.

¿Sabe Dios lo que haré mañana? Sí. ¿Y la semana próxima? Sí. Entonces, ¿no es igual que tener que hacerlo? Si Dios sabe que el martes iré de visita a casa de tía Lola, ¿cómo puedo no hacerlo? Esa aparente dificultad, que un momento de reflexión nos resolverá, nace de confundir a Dios conocedor con Dios causante. Que Dios sepa que iré a ver a mi tía Lola no es la causa que me hace ir. O al revés, es mi decisión de ir a casa de tía Lola lo que produce la ocasión de que Dios lo sepa. El hecho de que el meteorólogo estudiando sus mapas sepa que lloverá mañana, no causa la lluvia. Es al revés. La condición indispensable de que mañana va a llover proporciona al meteorólogo la ocasión de saberlo.

Para ser teológicamente exactos conviene decir aquí que, absolutamente hablando, Dios es la causa de todo lo que sucede. Dios es, por naturaleza, la Primera Causa. Esto quiere decir que nada existe y nada sucede que no tenga su origen en el infinito poder de Dios.

Sin embargo, no hay necesidad de entrar aquí en la cuestión filosófica de la causalidad.

Para nuestro propósito basta saber que la presciencia divina no me obliga a hacer lo que yo libremente decido hacer.

Otra perfección de Dios es que no hay límites a su presencia; decimos de El que es «omnipresente». Está siempre en todas partes. ¿Y cómo podría ser de otro modo si no hay lugares fuera de Dios? Está en este despacho en que escribo, está en la habitación en que me lees. Si algún día una aeronave llegara a Marte o Venus, el astronauta no estaría solo al alcanzar el planeta: Dios estará allí.

La presencia sin límites de Dios, nótese, nada tiene que ver con el tamaño. El tamaño es algo perteneciente a la materia física. «Grande» y «pequeño» no tienen sentido si se aplican a un espíritu, y menos aún a Dios. No, no es que una parte de Dios esté en este lugar y otra en otro. Todo Dios está en todas partes. Hablando de Dios, espacio es tan sin significado como tamaño.

Otra perfección divina es su poder infinito. Puede hacerlo todo: es omnipotente. «¿Puede hacer un círculo cuadrado?», alguno puede preguntar. No, porque un círculo cuadrado no es algo, es nada, una contradicción en términos como decir luz del día por la noche.

«¿Puede Dios pecar?» No, de nuevo, porque el pecado es un fallo en la obediencia debida a Dios. En fin, Dios puede hacerlo todo menos lo que es no ser, lo que es nada.

Dios es también infinitamente sabio. En principio, lo ha hecho todo, así que evidentemente sabe cuál es el modo mejor de usar las cosas que ha hecho, cuál es el mejor plan para sus criaturas. Alguno que se queje «¿Por qué hace Dios esto?» o «¿Por qué no hace Dios eso y aquello?», debería recordar que una hormiga tiene más derecho a criticar a Einstein que el hombre, en su limitada inteligencia, a poner en duda la infinita sabiduría de Dios.

Apenas hace falta resaltar la infinita santidad de Dios. La belleza espiritual de Aquel en quien tiene origen toda la santidad humana es evidente. Sabemos que incluso la santidad sin mancha de Santa María, ante el esplendor radiante de Dios, sería como la luz de una cerilla comparada con la del sol.

Y Dios es todo misericordia. Tantas veces como nos arrepentimos, Dios perdona. Hay un límite a tu paciencia y a la mía, pero no a la infinita misericordia divina. Pero también es infinitamente justo. Dios no es una abuelita indulgente que cierra los ojos a nuestros pecados. Nos quiere en el cielo, pero su misericordia no anula su justicia si rehusamos amarle, que es nuestra razón de ser.

Todo esto y más es lo que significamos cuando decimos «Dios es un espíritu infinitamente perfecto».

(cont)
Leo J. Trese

Amor verdadeiro é sair de si mesmo


A alegria cristã não é fisiológica: o seu fundamento é sobrenatural, e está por cima da doença e da contradição. Alegria não é alvoroço de guizos ou de baile popular. A verdadeira alegria é algo mais íntimo: algo que nos faz estar serenos, transbordantes de gozo, mesmo que, às vezes, o rosto permaneça grave. (Forja, 520)

Há quem viva amargurado todo o dia. Tudo lhe causa desassossego. Dorme com uma obsessão física: a de que essa única evasão possível lhe vai durar pouco. Acorda com a impressão hostil e descorçoada de que já tem outra jornada pela frente...
Muitos esqueceram-se de que o Senhor nos colocou neste mundo de passagem para a felicidade eterna; e não pensam que só podem alcançá-la os que caminharem na Terra com a alegria dos filhos de Deus. (Sulco, 305)

Amor verdadeiro é sair de si mesmo, entregar-se. O amor traz consigo a alegria, mas é uma alegria que tem as suas raízes em forma de cruz. Enquanto estivermos na terra e não tivermos chegado à plenitude da vida futura, não pode haver amor verdadeiro sem a experiência do sacrifício, da dor. Uma dor de que se gosta, amável, fonte de íntimo gozo, mas dor real, porque significa vencer o nosso egoísmo e tomar o amor como regra de todas e cada uma das nossas acções (Cristo que passa, 43).

Evangelho e comentário


Tempo comum



Evangelho: Lc 20, 27-40

27 Aproximaram-se alguns saduceus, que negam a ressurreição, e interrogaram-no: 28 «Mestre, Moisés prescreveu-nos que, se morrer um homem deixando a mulher, mas não tendo filhos, seu irmão casará com a viúva, para dar descendência ao irmão. 29 Ora, havia sete irmãos: o primeiro casou-se e morreu sem filhos; 30 o segundo, 31 depois o terceiro, casaram com a viúva; e o mesmo sucedeu aos sete, que morreram sem deixar filhos. 32 Finalmente, morreu também a mulher. 33 Ora bem, na ressurreição, a qual deles pertencerá a mulher, uma vez que os sete a tiveram por esposa?» 34 Jesus respondeu-lhes: «Nesta vida, os homens e as mulheres casam-se; 35 mas aqueles que forem julgados dignos da vida futura e da ressurreição dos mortos não se casam, sejam homens ou mulheres, 36 porque já não podem morrer: são semelhantes aos anjos e, sendo filhos da ressurreição, são filhos de Deus. 37 E que os mortos ressuscitam, até Moisés o deu a entender no episódio da sarça, quando chama ao Senhor o Deus de Abraão, o Deus de Isaac e o Deus de Jacob. 38 Ora, Deus não é Deus de mortos, mas de vivos; pois, para Ele, todos estão vivos.» 39 Tomando, então, a palavra, alguns doutores da Lei disseram: «Mestre, falaste bem.» 40 E já não se atreviam a interrogá-lo sobre mais nada.

Comentário:

As pessoas com espírito retorcido e falta de seriedade no critério não chegam a dar-se conta do ridículo ou inapropriado das questões que colocam, as perguntas que fazem ou as opiniões que emitem.

São bem conhecidas – e numerosas infelizmente – essas pessoas que andam pela vida com um olhar crítico e o olhar acerado sempre pronto a avaliar, julgar, emitir opinião, parece – e talvez seja verdade – que nada mais os move na vida que avaliar, julgar, comentar sobre tudo e sobre todos mesmo sobre matérias que desconhecem ou assuntos que não dominam.

O que se deve fazer com esta gente?
Ignorá-los!
Mostrar-lhes desinteresse ou desprezo?

Não foi assim que o Senhor procedeu, bem ao contrário, com infinita paciência pôs a descoberto o erro, o engano a falsa teoria.

Para bem dos próprios? Sem dúvida, mas, sobretudo para bem dos outros que os possam escutar.

(AMA, comentário sobre Lc 20, 27-40, 25.11.2017)




Temas para reflectir e meditar

Formação humana e cristã – 116


Vida eterna

3

No mistério da criação total e absoluta a que Deus se “dedicou” não estou a presumir um lugar específico nem par o Céu nem para o Inferno.
Concebo-os, antes, como “estados” espirituais e não realidades corporais tangíveis.

Evidentemente que, nós, humanos, não temos capacidade de entender em toda a sua magnitude este extraordinário mistério da Vida Eterna. Por isso mesmo, talvez, a nossa Profissão de Fé, refira exactamente esse ponto porque se trata de algo que temos de acreditar tal qual nos parece e não como efectivamente será.

Simplesmente, também temos de convir que o Criador fez – e faz – o que Lhe apetece ou convém – e não tem porque explicar porque o faz assim e não de outro modo, sendo verdade, que acreditamos absolutamente que, sempre, será o melhor para nós.

Não seria possível o Amor – que é Deus – fazer algo que não fosse a melhor expressão desse amor.

AMA, reflexões.

Pequena agenda do cristão

SÁBADO



(Coisas muito simples, curtas, objectivas)



Propósito:
Honrar a Santíssima Virgem.

A minha alma glorifica o Senhor e o meu espírito se alegra em Deus meu Salvador, porque pôs os olhos na humildade da Sua serva, de hoje em diante me chamarão bem-aventurada todas as gerações. O Todo-Poderoso fez em mim maravilhas, santo é o Seu nome. O Seu Amor se estende de geração em geração sobre os que O temem. Manifestou o poder do Seu braço, derrubou os poderosos do seu trono e exaltou os humildes, aos famintos encheu de bens e aos ricos despediu de mãos vazias. Acolheu a Israel Seu servo, lembrado da Sua misericórdia, como tinha prometido a Abraão e à sua descendência para sempre.

Lembrar-me:

Santíssima Virgem Mãe de Deus e minha Mãe.

Minha querida Mãe: Hoje queria oferecer-te um presente que te fosse agradável e que, de algum modo, significasse o amor e o carinho que sinto pela tua excelsa pessoa.
Não encontro, pobre de mim, nada mais que isto: O desejo profundo e sincero de me entregar nas tuas mãos de Mãe para que me leves a Teu Divino Filho Jesus. Sim, protegido pelo teu manto protector, guiado pela tua mão providencial, não me desviarei no caminho da salvação.

Pequeno exame:

Cumpri o propósito que me propus ontem?





23/11/2018

El Reto del amor






por El Reto Del Amor

El reto del amor





por El Reto Del Amor

Leitura espiritual

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LA FE EXPLICADA 

Parte 1 El credo

CAPÍTULO PRIMERO 

EL FIN DE LA EXISTENCIA DEL HOMBRE

Jesús, en su presencia física y visible, se fue al cielo el jueves de la Ascensión. Sin embargo, ideó el modo de quedarse con nosotros como Maestro hasta el fin de los tiempos. Con sus doce Apóstoles como núcleo y base, Jesús se modeló un nuevo tipo de Cuerpo. Es un Cuerpo Místico más que físico por el que permanece en la tierra. Las células de su Cuerpo son personas en vez de protoplasma. Su Cabeza es Jesús mismo, y el Alma es el Espíritu Santo. La Voz de este Cuerpo es la del mismo Cristo, quien nos habla continuamente para enseñarnos y guiarnos. A este Cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, llamamos Iglesia.

Es esto lo que quiere decir el catecismo al preguntar -como nos hemos preguntado nosotros-: «¿Quién nos enseña a conocer, amar y servir a Dios?», y responder: «Aprendemos a conocer, amar y servir a Dios por Jesucristo, el Hijo de Dios, quien nos enseña por medio de la Iglesia.» Y para que tengamos bien a la mano las principales verdades enseñadas por Jesucristo, la Iglesia las ha condensado en una declaración de fe que llamamos Credo de los Apóstoles. Ahí están las verdades fundamentales sobre las que se basa una vida cristiana.

3 -
El Credo de los Apóstoles es una oración antiquísima que nadie sabe exactamente cuándo se formuló con las palabras actuales. Data de los primeros días de los comienzos del Cristianismo. Los Apóstoles, después de Pentecostés y antes de comenzar sus viajes misioneros por todo el mundo, formularon con certeza una especie de sumario de las verdades esenciales que Cristo les había confiado. Con él, todos se aseguraban de abarcar estas verdades esenciales en su predicación. Serviría también como declaración de fe para los posibles conversos antes de su incorporación al Cuerpo Místico de Cristo por el Bautismo.

Así, podemos estar bien seguros que cuando entonamos «Creo en Dios Padre omnipotente...» recitamos la misma profesión de fe que los primeros convertidos al Cristianismo -Cornelio y Apolo, Aquila, Priscila y los demás- tan orgullosamente recitaron y con tanto gozo sellaron con su sangre.

Algunas de las a verdades del Credo de los Apóstoles podíamos haberlas hallado, bajo unas condiciones ideales, nosotros mismos. Tales son, por ejemplo, la existencia de Dios, su omnipotencia, que es Creador de cielos y tierra. Otras las conocemos sólo porque Dios nos las ha enseñado, como que Jesucristo es el Hijo de Dios o que hay tres Personas en un solo Dios. Al conjunto de verdades que Dios nos ha enseñado (algunas asequibles para nosotros y otras fuera del alcance de nuestra razón) se le llama «revelación divina», o sea, las verdades reveladas por Dios. («Revelar» viene de una palabra latina que significa «retirar el velo».) Dios empezó a retirar el velo sobre Sí mismo con las verdades que dio a conocer a nuestro primer padre, Adán. En el transcurso de los siglos, Dios siguió retirando el velo poquito a poco. Hizo revelaciones sobre Sí mismo -y sobre nosotros- a los patriarcas como Noé y Abrahán; a Moisés y a los profetas que vinieron tras él, como Jeremías y Daniel.

Las verdades reveladas por Dios desde Adán hasta el advenimiento de Cristo se llaman «revelación precristiana». Fueron la preparación paulatina para la gran manifestación de la verdad divina que Dios nos haría por su Hijo Jesucristo. A las verdades dadas a conocer ya directamente por Nuestro Señor, ya por medio de sus Apóstoles bajo la inspiración del Espíritu Santo, las llamamos «revelación cristiana».

Por medio de Jesucristo, Dios completó la revelación de Sí mismo a la humanidad. Ya nos ha dicho todo lo que necesitamos saber para ir al cielo. Nos ha dicho todo lo que necesitamos saber para cumplir nuestro fin y alcanzar la eterna unión con el mismo Dios.

Consecuentemente, tras la muerte del último Apóstol (San Juan), no hay «nuevas» verdades que la virtud de la fe exija que creamos.

Con el paso de los años, los hombres usarán la inteligencia que Dios les ha dado para examinar, comparar y estudiar las verdades reveladas por Cristo. El depósito de la verdad cristiana, como un capullo que se abre, se irá desplegando ante la meditación y el examen de las grandes mentes de cada generación.

Naturalmente, nosotros, en el siglo XX, comprendemos mucho mejor las enseñanzas de Cristo que los cristianos del siglo I. Pero la fe no depende de la plenitud de comprensión. En lo que concierne a las verdades de fe, nosotros creemos exactamente las mismas verdades que creyeron los primeros cristianos, las verdades que ellos recibieron de Cristo y de sus portavoces, los Apóstoles.

Cuando el sucesor de Pedro, el Papa, define solemnemente un dogma-como el de la Asunción-, no es que presente una nueva verdad para ser creída. Simplemente nos da pública noticia de que es una verdad que data del tiempo de los Apóstoles y que, en consecuencia, debemos creer. Desde el tiempo de Cristo ha habido muchas veces en que Dios ha hecho revelaciones privadas a determinados santos y otras personas. Estos mensajes se denominan revelaciones «privadas». A diferencia de las revelaciones «públicas» dadas por Jesucristo y sus Apóstoles, aquéllas sólo exigen el asentimiento de los que las reciben. Aun apariciones tan famosas como Lourdes y Fátima, o la del Sagrado Corazón a Santa Margarita María, no son lo que llamamos «materia de fe divina». Si una evidencia clara y cierta nos dice que estas apariciones son auténticas, sería una estupidez dudar de ellas. Pero aun negándolas no incurriríamos en herejía. Estas revelaciones privadas no forman parte del «depósito de la fe».

Ahora que estamos tratando del tema de la revelación divina sería bueno indicar el volumen que nos ha guardado muchas de las revelaciones divinas: la Santa Biblia.

Llamamos a la Biblia la Palabra de Dios porque fue el mismo Dios quien inspiró a los autores de los distintos «libros» que componen la Biblia. Dios les inspiró escribir lo que El quería que se escribiera, y nada más. Por su directa acción sobre la mente y voluntad del escritor (sea éste Isaías o Ezequiel, Mateo o Lucas), Dios Espíritu Santo dictó lo que quería que se escribiera. Fue, por supuesto, un dictado interno y silencioso. El escritor redactaría según su estilo de expresión propio. Incluso sin darse cuenta de lo que le movía a consignar las cosas que escribía. Incluso sin percatarse de estar escribiendo bajo la influencia de la divina inspiración. Y, sin embargo, el Espíritu Santo guiaría cada rasgo de su pluma.

Es, pues, evidente que la Biblia no está libre de error porque la Iglesia haya dicho, tras un examen minucioso, que no hay en ella error. La Biblia está libre de error porque su autor es Dios mismo, siendo el escritor humano un mero instrumento de Dios. El cometido de la Iglesia ha sido decirnos qué escritos antiguos son inspirados, conservarlos e interpretarlos.

Sabemos, por cierto, que no todo lo que Jesús enseñó está en la Biblia. Sabemos que muchas de las verdades que constituyen el depósito de la fe se nos dieron por enseñanza oral de los Apóstoles y se han transmitido de generación en generación por los obispos, sucesores de los Apóstoles. Es lo que llamamos Tradición de la Iglesia: las verdades transmitidas a través de los tiempos por la viva Voz de Cristo en su Iglesia.

En esta doble fuente - la Biblia y la Tradición - encontramos la revelación divina completa, todas las verdades que debemos creer.

(cont)
Leo J. Trese

Quero entregar-me a Ti sem reservas!


Pedro diz-Lhe: "Senhor, Tu lavares-me os pés, a mim?!". Responde Jesus: "O que Eu faço, não o compreendes agora; entendê-lo-ás depois". Insiste Pedro: "Tu nunca me lavarás os pés!". Replicou Jesus: "Se Eu não te lavar, não terás parte coMigo". Simão Pedro rende-se: "Senhor, não só os pés, mas também as mãos e a cabeça!". Ao chamamento a uma entrega total, completa, sem vacilações, muitas vezes opomos uma falsa modéstia como a de Pedro... Oxalá fôssemos também homens de coração, como o Apóstolo!...

...Pedro não admite que ninguém ame Jesus mais do que ele. Esse amor leva-o a reagir assim: – Aqui estou! Lava-me as mãos, a cabeça, os pés! Purifica-me de todo, que eu quero entregar-me a Ti sem reservas! (Sulco, 266)

– Está completo o tempo, e aproxima-se o Reino de Deus; fazei penitência, e crede no Evangelho (Mc 1, 15).
– E vinha a Ele todo o povo, e ensinava-o (Mc 2, 13.)
Jesus vê aquelas barcas na margem, e sobe para uma delas. Com que naturalidade se mete Jesus na barca de cada um de nós!
Quando te aproximares do Senhor, lembra-te de que Ele está sempre muito perto de ti, dentro de ti: Regnum Dei intra vos est (Lc 17, 21). No teu coração O encontrarás.
Cristo deve reinar, em primeiro lugar, na nossa alma. Para que Ele reine em mim, preciso da sua graça abundante, pois só assim é que o mais imperceptível pulsar do meu coração, a menor respiração, o olhar menos intenso, a palavra mais corrente, a sensação mais elementar se traduzirão num hossana ao meu Cristo Rei.

Duc in altum – Ao largo! – Repele o pessimismo que te torna cobarde. Et laxate retia vestra in capturam – e lança as redes para pescar.
Devemos, confiar nessas palavras do Senhor: meter-se na barca, pegar nos remos, içar as velas e lançar-nos a esse mar do mundo que Cristo nos deixa em herança.
Et regni ejus non erit finis. – O Seu Reino não terá fim!

Não te dá alegria trabalhar por um reinado assim? (Santo Rosário, mistérios Luminosos: ‘O anúncio do Reino de Deus’)

Evangelho e comentário


Tempo comum



Evangelho: Lc 19, 45-48

45 Depois, entrando no templo, começou a expulsar os vendedores. 46 E dizia-lhes: «Está escrito: A minha casa será casa de oração; mas vós fizestes dela um covil de ladrões.» 47 Ensinava todos os dias no templo, e os sumos sacerdotes e os doutores da Lei, assim como os chefes do povo, procuravam matá-lo. 48 Não sabiam, porém, como proceder, pois todo o povo, ao ouvi-lo, ficava suspenso dos seus lábios.

Comentário:

De repente, perante os nossos olhos – talvez atónitos – a figura de Jesus como que Se transforma e Aquele Homem afável e comunicativo assume uma postura de intransigente repúdio pelo espectáculo da casa de Deus convertida em zona de comércio de toda a espécie.

De facto, Jesus defende a Sua casa, como qualquer um de nós defenderia a sua se a mesma fosse alvo de profanação ou abuso por parte de outros.

O Templo – e este é o ensinamento que Jesus quer sublinhar – é casa de oração, de encontro com Deus e só esse é o fim para que existe.

(AMA, comentário sobre Lc 19, 45-48, 24.11.2017)




Temas para reflectir e meditar

Formação humana e cristã – 115


Vida eterna

2

Bom… se o Céu está “composto” por seres espirituais, impassíveis e simples, não ocupando nem lugar nem espaço, o Céu não será, no sentido real do termo, um lugar com uma “localização específica”.

“Foi elevado ao Céu” lemos por diversas vezes em circunstâncias diversas estas palavras.
“Foi arrebatado ao Céu – num carro de fogo como reza a Escritura a propósito do Profeta”.
Muito bem, mas temos de encarar essas expressões como que significando um lugar superior de inexcedível alcance.
(Foi elevado ao Céu não parece ser uma expressão com “a força” que se pretende dar.)

AMA, reflexões.

Pequena agenda do cristão

Sexta-Feira


(Coisas muito simples, curtas, objectivas)




Propósito:

Contenção; alguma privação; ser humilde.


Senhor: Ajuda-me a ser contido, a privar-me de algo por pouco que seja, a ser humilde. Sou formado por este barro duro e seco que é o meu carácter, mas não Te importes, Senhor, não Te importes com este barro que não vale nada. Parte-o, esfrangalha-o nas Tuas mãos amorosas e, estou certo, daí sairá algo que se possa - que Tu possas - aproveitar. Não dês importância à minha prosápia, à minha vaidade, ao meu desejo incontido de protagonismo e evidência. Não sei nada, não posso nada, não tenho nada, não valho nada, não sou absolutamente nada.

Lembrar-me:
Filiação divina.

Ser Teu filho Senhor! De tal modo desejo que esta realidade tome posse de mim, que me entrego totalmente nas Tuas mãos amorosas de Pai misericordioso, e embora não saiba bem para que me queres, para que queres como filho a alguém como eu, entrego-me confiante que me conheces profundamente, com todos os meus defeitos e pequenas virtudes e é assim, e não de outro modo, que me queres ao pé de Ti. Não me afastes, Senhor. Eu sei que Tu não me afastarás nunca. Peço-Te que não permitas que alguma vez, nem por breves instantes, seja eu a afastar-me de Ti.

Pequeno exame:

Cumpri o propósito que me propus ontem?





22/11/2018

El reto del amor





por El Reto Del Amor

Leitura espiritual

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LA FE EXPLICADA  

Parte 1 El credo

CAPÍTULO PRIMERO EL FIN DE LA EXISTENCIA DEL HOMBRE



2 -

Pero incluso si las riquezas materiales o espirituales de esta vida pudieran satisfacer todo anhelo humano, todavía quedaría el conocimiento de que un día la muerte nos lo quitaría todo -y nuestra felicidad sería incompleta-. En el cielo, por el contrario, no sólo seremos felices con la máxima capacidad de nuestro corazón, sino que tendremos, además, la perfección final de la felicidad al saber que nada nos la podrá arrebatar. Está asegurada para siempre.

¿Qué debo hacer? Me temo que mucha gente vea el cielo como un lugar donde encontrarán a los seres queridos difuntos, más que el lugar donde encontrarán a Dios. Es cierto que en el cielo veremos a las personas queridas, y que nos alegrará su presencia. Cuando estemos con Dios, estaremos con todos los que con El están, y nos alegrará saber que nuestros seres queridos están allí, como Dios se alegra de que estén. Querremos que aquellos que dejamos alcancen el cielo también, como Dios quiere que lo alcancen.

Pero el cielo es algo más que una reunión de familia. Para todos, Dios es quien importa.

En una escala infinitamente mayor, será como una audiencia con el Santo Padre. Cada miembro de la familia que visita el Vaticano está contento de que los demás estén allí.

Pero cuando el Papa entra en la sala de audiencias, es a él, principalmente, a quien los ojos de todos se dirigen. De modo parecido, nos conoceremos y amaremos todos en el cielo -pero nos conoceremos y amaremos en Dios.

Nunca se resaltará bastante que la felicidad del cielo consiste, esencialmente, en la visión intelectual de Dios -la final y completa posesión de Dios, al que hemos deseado y amado débilmente y de lejos-. Y si éste ha de ser nuestro destino -estar eternamente unidos a Dios por el amor-, de ello se desprende que hemos de empezar a amarle aquí en esta vida.

Dios no puede llenar lo que ni siquiera existe. Si no hay un principio de amor de Dios en nuestro corazón, aquí, sobre la tierra, no puede haber la fruición del amor en la eternidad.

Para esto nos ha puesto Dios en la tierra, para que, amándole, pongamos los cimientos necesarios para nuestra felicidad en el cielo.

En el epígrafe precedente hablábamos de un soldado que, estacionado en una base lejana, ve el retrato de una muchacha en un periódico y se enamora de ella. Comienza a escribirle y, a su regreso al hogar, termina por hacerla suya. Es evidente que si, para empezar, al joven no le hubiera impresionado la, fotografía, o si, tras unas pocas cartas, hubiera perdido el interés por ella, cesando la correspondencia, aquella muchacha no habría significado nada para él a su regreso. Y aun en el caso de que se encontrara en el andén a la llegada del tren, para él su rostro hubiera sido uno más en la multitud. Su corazón no se sobresaltaría al verla.

De igual modo, si no empezamos a amar a Dios en esta vida, no hay modo de unirnos a El en la eternidad. Para aquel que entra en la eternidad sin amor de Dios en su corazón, el cielo, simplemente, no existirá. Igual que un hombre sin ojos no podría ver la belleza del mundo que le rodea, un hombre sin amor de Dios no podrá ver a Dios; entra en la eternidad ciego. No es que Dios diga al pecador impenitente (el pecado no es más que una negativa al amor de Dios): «Como tú no me amas, no quiero nada contigo. ¡Vete al infierno!». El hombre que muere sin amor de Dios, o sea, sin arrepentirse de su pecado, ha hecho su propia elección. Dios está allí, pero él no puede verle, igual que el sol brilla aunque el ciego no pueda verlo.

Es evidente que no podemos amar a quien no conocemos. Y esto nos lleva a otro deber que tenemos en esta vida. Tenemos que aprender todo lo que podamos sobre Dios, para poder amarle y mantener vivo nuestro amor y hacerle crecer. Volviendo a nuestro imaginario soldado: Si ese joven no hubiera visto a la muchacha, está claro que nunca habría llegado a amarla. No podría haberse enamorado de quien ni siquiera habría oído hablar. Y aun después de ver su fotografía y quedar impresionado por su apariencia, si el joven no le hubiera escrito y por la correspondencia conocido su atractivo, el primer impulso de interés nunca se habría hecho amor ardiente.

Por eso «estudiamos» religión. Por eso tenemos clases de catecismo en la escuela y cursos de religión en la enseñanza media y en la superior. Por eso oímos sermones los domingos y leemos libros y revistas doctrinales. Por eso tenemos círculos de estudio, seminarios y conferencias. Son parte de lo que podríamos llamar nuestra «correspondencia» con Dios. Son parte de nuestro esfuerzo por conocerle mejor para que nuestro amor por El pueda crecer, desarrollarse y conservarse.

Hay, por descontado, una única piedra de toque para probar nuestro amor por alguien. Y es hacer lo que complace a la persona amada, lo que le gustaría que hiciéramos.

Tomando una vez más el ejemplo de nuestro soldadito: Si, a la vez que dice amar a su chica y querer casarse con ella, se dedicara a gastar su tiempo y dinero en prostitutas y borracheras, sería un embustero de primera clase. Su amor no sería sincero si no tratara de ser la clase de hombre que ella querría que fuese.

Parecidamente, hay un solo modo de probar nuestro amor a Dios, y es haciendo lo que El quiere que hagamos, siendo la clase de hombre que El quiere que seamos. El amor de Dios no está en los sentimientos. Amar a Dios no significa que nuestro corazón deba dar saltos cada vez que pensamos en El. Algunos pueden sentir su amor de Dios de modo emocional, pero esto no es esencial. Porque el amor de Dios reside en la voluntad. No es por lo que sentimos sobre Dios, sino por lo que estamos dispuestos a hacer por El, como probamos nuestro amor a Dios.

Y cuanto más hagamos por Dios aquí, tanto mayor será nuestra felicidad en el cielo.

Quizás parezca una paradoja afirmar que en el cielo unos serán más felices que otros, cuando antes habíamos dicho que en el cielo todos serán perfectamente felices. Pero no hay contradicción. Aquellos que hayan amado más a Dios en esta vida serán más dichosos al consumarse ese amor en el cielo. Un hombre que ama a su novia sólo un poco, será dichoso al casarse con ella. Pero otro que la ame más será más dichoso que el primero en la consumación de su amor. De igual modo, al crecer nuestro amor a Dios (y nuestra obediencia a su voluntad) crece nuestra capacidad de ser felices en Dios.

En consecuencia, aunque es cierto que cada bienaventurado será perfectamente feliz, también es verdad que unos tendrán mayor capacidad de felicidad que otros. Para utilizar un ejemplo antiguo: una botella de cuarto y una botella de litro pueden ambas estar llenas, pero la botella de litro contiene más que la de cuarto. O para dar otra comparación: seis personas escuchan una sinfonía; todos están absortos en la música, pero cada uno la disfruta en seis grados distintos, que dependerán de su particular conocimiento y apreciación de la música.

Es, pues, todo esto lo que el catecismo quiere decir cuando pregunta «¿Qué debemos hacer para adquirir la felicidad del cielo?», a lo que contesta diciendo: «Para adquirir la felicidad del cielo debemos conocer, amar y servir a Dios en esta vida.» Esa palabra del medio, «amar», es la palabra clave, lo esencial. Pero el amor no se da sin previo conocimiento, hay que conocer a Dios para poder amarle. Y no es amor verdadero el que no se manifiesta en obras: haciendo lo que el amado quiere. Así, pues, debemos también servir a Dios.

Pero, antes de dar por concluida nuestra respuesta a la pregunta «¿Qué debo hacer?», conviene recordar que Dios no nos deja abandonados a nuestra humana debilidad en este asunto de conocerle, amarle y servirle. La felicidad del cielo es una felicidad intrínsecamente sobrenatural. No es algo a lo que tengamos derecho alguno. Es una felicidad que sobrepasa nuestra naturaleza humana, que es sobre-natural. Aun amando a Dios nos sería imposible contemplarle en el cielo si no nos diera un poder especial. Este poder especial que Dios da a los bienaventurados, que no forma parte de nuestra naturaleza humana y al que no tenemos derecho se llama lumen gloriae. Si no fuera por esta luz de gloria, la felicidad más alta a que podríamos aspirar sería la natural del limbo.

Esta felicidad sería muy parecida a la que goza el santo en esta vida cuando está en unión cercana y extática con Dios, pero sin llegar a verle.

La felicidad del cielo es una felicidad sobrenatural. Para alcanzarla, Dios nos proporciona las ayudas sobrenaturales que llamamos gracias. Si El nos dejara con sólo nuestras fuerzas, nunca conseguiríamos el tipo de amor que nos merecería el cielo. Es una clase especial de amor a la que llamamos «caridad», y cuya semilla Dios implanta en nuestra voluntad en el bautismo. Mientras cumplamos nuestra parte buscando, aceptando y usando las gracias que Dios nos provee, este amor sobrenatural crece en nosotros y da fruto.

El cielo es una recompensa sobrenatural que alcanzamos viviendo vida sobrenatural. Y esta vida sobrenatural es conocer, amar y servir a Dios bajo el impulso de su gracia. Es todo el plan y toda la filosofía de una vida auténticamente cristiana.

¿Quién me enseñará? He aquí una escenita que bien pudiera suceder: El director de una fábrica lleva a uno de sus obreros ante una nueva máquina que acaba de instalarse. Es enorme y complicada.

El director dice al trabajador: «Te nombro encargado de esta máquina. Si haces un buen trabajo con ello, tendrás una bonificación de cinco mil dólares a fin de año. Pero como es una máquina muy cara, si la estropeas, te echo a la calle. Ahí tienes un folleto que te explica la máquina. Y ahora, ¡a trabajar!» «Un momento -seguramente diría el obrero-.Si esto significa o tener un montón de dinero o estar sin trabajo, necesito algo más que un librillo. Es muy fácil entender mal un libro. Y, además, a un libro no se le pueden hacer preguntas. ¿No sería mejor traer a uno de esos que hacen las máquinas? Podría explicármelo todo y asegurarse de que lo he entendido bien.» Y sería razonable la petición del obrero. Igualmente, cuando se nos dice que toda nuestra tarea en la tierra consiste en «conocer, amar y servir a Dios», y de que nuestra felicidad eterna depende de lo bien que la hagamos, podemos con razón preguntar: «¿Quién me va a explicar la manera de hacerla? ¿Quién me dirá lo que necesito saber?» Dios se ha anticipado a nuestra pregunta y la ha respondido. Y Dios no se ha limitado a ponernos un libro en las manos y dejar que nos apañemos con su interpretación lo mejor que podamos. Dios ha enviado a Alguien de la «Casa Central» para que nos diga lo que necesitamos saber para decidir nuestro destino. Dios ha enviado nada menos que a su propio Hijo en la Persona de Jesucristo. Jesús no vino a la tierra con el único fin de morir en una cruz y redimir nuestros pecados. Jesús vino también a enseñar con la palabra y el ejemplo. Vino a enseñarnos las verdades sobre Dios que nos conducen a amarle, y a mostrarnos el modo de vida que prueba nuestro amor.

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Leo J. Trese