11/02/2015

Que vos saibais perdoar

Com quanta insistência o Apóstolo S. João pregava o "mandatum novum"! "Amai-vos uns aos outros!". Pôr-me-ia de joelhos, sem fazer teatro – grita-mo o coração –, para vos pedir, por amor de Deus, que vos estimeis, que vos ajudeis, que vos deis a mão, que vos saibais perdoar. Portanto, vamos banir a soberba, ser compassivos, ter caridade; prestar-nos mutuamente o auxílio da oração e da amizade sincera. (Forja, 454)


Jesus Cristo, Nosso Senhor, encarnou e tomou a nossa natureza, para se mostrar à humanidade como modelo de todas as virtudes. Aprendei de mim, que sou manso e humilde de coração, convida-nos Ele.

Mais tarde, quando explica aos Apóstolos o sinal pelo qual os reconhecerão como cristãos, não diz: porque sois humildes. Ele é a pureza mais sublime, o Cordeiro imaculado. Nada podia manchar a sua santidade perfeita, sem mácula. Mas também não diz: saberão que se encontram diante de discípulos meus, porque sois castos e limpos.

Passou por este mundo com o mais completo desprendimento dos bens da terra. Sendo Criador e Senhor de todo o universo, faltava-lhe até um sítio onde pudesse reclinar a cabeça. No entanto, não comenta: saberão que sois dos meus porque não vos apegastes às riquezas. Permanece quarenta dias e quarenta noites no deserto em jejum rigoroso, antes de se dedicar à pregação do Evangelho. E também não afirma aos seus: compreenderão que servis a Deus, porque não sois comilões nem bebedores.


A característica que distinguirá os apóstolos, os cristãos autênticos de todos os tempos, já a ouvimos: nisto – precisamente nisto – conhecerão todos que sois meus discípulos: se vos amardes uns aos outros. (Amigos de Deus, 224)

Ev. comentário, L esp. (Ao encontro de Jesus)

Tempo Comum V Semana

Nossa Senhora de Lourdes

Evangelho: Mc 7 14-23

14 Convocando novamente o povo, dizia-lhes: «Ouvi-Me todos e entendei: 15 não há coisas fora do homem que, entrando nele, o possam manchar; mas as que saem do homem, essas são as que tornam o homem impuro. 16 Se alguém tem ouvidos para ouvir, oiça». 17 Tendo entrado em casa, deixada a multidão, os Seus discípulos interrogaram-n'O sobre esta parábola. 18 Ele respondeu-lhes: «Também vós sois ignorantes? Não compreendeis que tudo o que de fora entra no homem não o pode contaminar, 19 porque não entra no seu coração, mas vai ter ao ventre e lança-se num lugar escuso?». Com isto declarava puros todos os alimentos. 20 E acrescentava: «O que sai do homem, isso é que mancha o homem. 21 Porque do interior, do coração do homem, é que procedem os maus pensamentos, os furtos, as fornicações, os homicídios, 22 os adultérios, as avarezas, as perversidades, as fraudes, as libertinagens, a inveja, a maledicência, a soberba, a insensatez. 23 Todos estes males procedem de dentro e contaminam o homem».

Comentário: 

Jesus Cristo continua a desmistificar a interpretação da Lei de Moisés que os chefes do povo, nomeadamente os Príncipes dos Sacerdotes e os Escribas, se foram atribuindo o direito de impor.
O que não passava de normas e recomendações de cariz meramente social, de comportamento básico como a higiene e os cuidados a ter com o próprio corpo, passaram, assim, a ser regras rígidas de carácter religioso cuja observância era obrigatória desvirtuando completamente não só o sentido da Lei mas, o que era mais grave, esquecendo o verdadeiramente importante a ter em conta

(ama, comentário sobre Mc 7, 14-23, 2014.02.12)


Leitura espiritual




Al encuentro de Jesús

Como en Emaús, tantas veces nos gustaría que Jesús se quedara junto a nosotros, para darnos consejo, consuelo y afecto. En este artículo se anima a buscar a ese Cristo en la Eucaristía.

Quédate con nosotros, porque ya está anocheciendo y va a caer el día [1]. «Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo “ardía” su corazón (cfr. Lc 24, 32) mientras él les hablaba explicando las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y “se les abrieron los ojos” (cfr. Ibid. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. “Quédate con nosotros”, suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el “pan partido”, ante el cual se habían abierto sus ojos» [2].

Así comienza la carta que Juan Pablo II escribió con motivo del Año de la Eucaristía. La escena de los discípulos de Emaús es de gran actualidad: Dios que se hace el encontradizo para acompañar al hombre en el camino de la vida; siempre acude a confortarlo y, en el momento malo, devuelve a los corazones la alegría y la esperanza perdidas.

Una vez logrado su propósito, el Señor desaparece y deja solos a aquellos dos discípulos de Emaús; pero es una soledad aparente, para quien mira únicamente con los ojos del cuerpo. En realidad, se ha quedado, para todos y para siempre, en la Eucaristía; de tal manera que la escena de Emaús se repite una y otra vez en nuestras vidas, siempre que lo necesitemos.

Jesús se ha quedado en la Eucaristía para remediar nuestra flaqueza, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestras angustias; para curar nuestra soledad, nuestras perplejidades, nuestros desánimos; para acompañarnos en el camino; para sostenernos en la lucha. Sobre todo, para enseñarnos a amar, para atraernos a su Amor [3] .

¡Qué fácil resulta acercarse al Sagrario cuando contemplamos la maravilla de un Dios que se ha hecho hombre, que se ha quedado con nosotros! Vamos a su encuentro para abrir nuestro corazón y ser confortados como los discípulos de Emaús. Entonces, cuando acudimos al Señor con esta confianza, la Eucaristía pasa a ser una necesidad; se sitúa como centro y raíz de nuestra vida interior, y –consecuencia inseparable– como alma de nuestro apostolado.

¿ACASO NO ARDÍA NUESTRO CORAZÓN?

La fecundidad del apostolado depende de nuestra unión con Cristo. Nosotros solos no podemos hacer nada: sine me nihil potestis facere [4] . Cada uno conoce su poquedad y experimenta con frecuencia las propias miserias. Además, alguna vez podrán darse situaciones concretas en las que, debido al cansancio de la intensa jornada de trabajo o a las dificultades que encontramos en la labor apostólica, perdamos de vista la grandeza de nuestra vocación de cristianos y se apague en nosotros la llama que nos inflama para el apostolado.

En la Eucaristía encontramos la fuerza que nos sostiene porque le encontramos a Él. Es un encuentro personal en el que Jesús se dona y nos concede su eficacia. Cada vez que acudimos necesitados a rezar delante del Sagrario, Cristo, al igual que hizo con los discípulos de Emaús, da sentido a nuestra vida, nos devuelve la visión sobrenatural, nos conforta en nuestras dificultades y nos llena de ansias de apostolado. Omnia possum in eo qui me confortat [5] , con el Señor lo podemos todo quia tu es Deus fortitudo mea [6] . En este Sacramento, queda patente que la sangre de Cristo redime y a la vez alimenta y deleita. Es sangre que lava todos los pecados (cfr. Mt 26, 28) y vuelve pura el alma (cfr. Ap 7, 14). Sangre que engendra mujeres y hombres de cuerpo casto y de corazón limpio (cfr. Zac 9, 17). Sangre que embriaga, que emborracha con el Espíritu Santo y que desata las lenguas para cantar y narrar las magnalia Dei (Hch 2, 11), las maravillas de Dios [7].

La unión con Cristo nos embriaga con el Espíritu Santo, nos llena el corazón – ¿no es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? [8] – y nos lanza a proclamar las grandezas del Señor, a comunicar a los demás nuestra alegría, con el celo del mismo Cristo. “Nonne cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via?” —¿Acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino? Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida [9].

El cristiano puede recibir la buena semilla siguiendo los numerosos actos de piedad que forman parte de la tradición de la Iglesia: la Santa Misa, la oración delante del Tabernáculo –siempre que sea posible–, la visita al Santísimo, la meditación frecuente del canto Adoro te devote , las comuniones espirituales, la alegría de descubrir Sagrarios cuando vamos por la calle... Todo esto es un verdadero encuentro con Cristo del que salimos renovados para la lucha interior y el apostolado.

La unión con Cristo alcanza su culmen cuando lo recibimos en la Sagrada Comunión. En ese momento nos encontramos con Él de manera más plena, más íntima, nos va haciendo cada vez más ipse Christus . Aprovechemos para hablar con Él de nuestros amigos, y pedirle que les remueva. San Josemaría nos lo dejó grabado: ¡Jesús se ha quedado en la Hostia Santa por nosotros!: para permanecer a nuestro lado, para sostenernos, para guiarnos. —Y amor únicamente con amor se paga. —¿Cómo no habremos de acudir al Sagrario, cada día, aunque sólo sea por unos minutos, para llevarle nuestro saludo y nuestro amor de hijos y de hermanos? [10]

Esta realidad es compatible con situaciones en las que no recibimos consuelo sensible en el trato con Dios, o pasamos por un periodo de mayor sequedad en la vida interior. Es entonces el momento de encontrarnos con el Señor en la Cruz, elemento imprescindible del apostolado. Para convertirnos realmente en almas de Eucaristía y almas de oración, no cabe prescindir de la unión habitual con la Cruz, también mediante la mortificación buscada o aceptada [11].

LLEVAR AL ENCUENTRO DE LA EUCARISTIA

«Los dos discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor, “se levantaron al momento” (Lc 24,33) para ir a comunicar lo que habían visto y oído. Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio» [12].

Proceder así es la reacción lógica de quien ha descubierto un bien –en este caso, el Bien– del que se pueden beneficiar las personas queridas. Debemos conseguir “contagiar” –en nuestra labor apostólica– a cuantos más mejor, para que también miren y frecuenten esa amistad inigualable [13]. Hacer apostolado es poner a los hombres delante de Cristo: llevarlos al encuentro del Maestro, como llevó Andrés a Pedro o Felipe a Natanael [14]. Para esto, hemos de acercar a nuestros amigos a los lugares por donde pasa Jesús ; provocar el encuentro en el camino para que sean curados como el ciego de nacimiento, confortados como los discípulos de Emaús o llamados como Mateo.

Se llena nuestro corazón de alegría cuando realizamos un profundo apostolado de la Confesión y de la Eucaristía con las personas que tenemos a nuestro alrededor. Cuando hay amistad resulta fácil hablar de Dios a nuestros amigos. Se abren nuestros ojos como lo de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha —anochece—, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo [15].

PROMOVER LA CULTURA DE LA EUCARISTÍA

El primer encuentro con Jesús para muchas personas será nuestro propio ejemplo, nuestra vida que busca la identificación con Cristo, y seremos instrumentos para llevarles al Maestro. El ejemplo de una vida cristiana coherente arrastra, por eso no hemos de tener miedo a mostrarnos como cristianos y actuar como tales en medio del mundo. Es una de las propuestas que Juan Pablo II realizó en numerosas ocasiones: «los cristianos se han de comprometer más decididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La “cultura de la Eucaristía” promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia» [16].

Testimoniar nuestra fe exteriormente es un derecho como ciudadanos y un deber como cristianos; es una conducta acorde a la dignidad de la persona y una respuesta al ansia que todos los hombres tienen en su corazón de conocer la verdad. Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti [17]. Llevar a los hombres frente a la Verdad es el mayor bien que les podemos hacer, un bien que libera, que nunca es intolerante: conoceréis la verdad y la verdad os hará libres [18]. Nuestro testimonio de almas de Eucaristía dará la luz que permita a otros acercarse a la Luz. Cuando, al llegar a aquella aldea, Jesús hace ademán de seguir adelante, los dos discípulos le detienen, y casi le fuerzan a quedarse con ellos. Le reconocen luego al partir el pan: El Señor, exclaman, ha estado con nosotros. (... ) Cada cristiano debe hacer presente a Cristo entre los hombres; debe obrar de tal manera que quienes le traten perciban el bonus odor Christi, el buen olor de Cristo; debe actuar de modo que, a través de las acciones del discípulo, pueda descubrirse el rostro del Maestro [19].

LA LLAMADA, FRUTO DEL ENCUENTRO

Ante la triste ignorancia que hay, incluso entre muchos católicos, pensemos, hijas e hijos míos, en la importancia de explicar a las personas qué es la Santa Misa y cuánto vale, con qué disposiciones se puede y se debe recibir al Señor en la comunión, qué necesidad nos apremia de ir a visitarle en los sagrarios, cómo se manifiestan el valor y el sentido de la urbanidad de la piedad . Ahí se nos abre un campo inagotable y fecundísimo para el apostolado personal [20].

Si nuestra vida es de verdad eucarística, si toda nuestra jornada gira en torno al Santo Sacrificio y al Sagrario, nos saldrá como algo natural dar doctrina a las personas que tenemos alrededor y llevarlas al encuentro de Cristo en la Eucaristía. Cuando nos reunimos ante el altar mientras se celebra el Santo Sacrificio de la Misa, cuando contemplamos la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o la adoramos escondida en el Sagrario, debemos reavivar nuestra fe, pensar en esa existencia nueva, que viene a nosotros, y conmovernos ante el cariño y la ternura de Dios [21] . La persona que se acerca a la Eucaristía, encuentra personalmente a Cristo y se pone en situación de poder oír su llamada, la misma que recibieron los primeros doce y tantos otros personajes que, como narra el Evangelio, se cruzaron con Jesús en su camino: ven y sígueme.

l. fernández vaciero

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[1] Lc 24, 29.
[2] Juan Pablo II, Litt. ap. Mane nobiscum Domine, 7-X-2004, n. 1.
[3] Del Prelado, Carta 6-X-2004, n. 8.
[4] Jn 15, 5.
[5] Fil 4, 10.
[6] Sal 43 [42], 2 (Vg).
[7] Del Prelado, Carta, 6-X-2004, n. 33.
[8] Lc 24, 32.
[9] San Josemaría, Camino, n. 917
[10] San Josemaría, Surco n. 686.
[11] Del Prelado, Carta, 6-X-2004 , n. 36.
[12] Juan Pablo II, Litt. ap. Mane nobiscum Domine, 7-X-2004, n. 23.
[13] Del Prelado, Carta, 6-X-2004, n. 35.
[14] Cfr. Jn 1, 40-45.
[15] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 314.
[16] Juan Pablo II, Litt. ap. Mane nobiscum Dominum, 7-X-2004, n. 26.
[17] San Agustín, Confesiones, 1, 1, 1.
[18] Jn 8, 32.
[19] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105
[20] Del Prelado, Carta, 6-X-2004, n. 35.
[21] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 153.





Pequena agenda do cristão

Quarta-Feira


(Coisas muito simples, curtas, objectivas)


Propósito:

Simplicidade e modéstia.


Senhor, ajuda-me a ser simples, a despir-me da minha “importância”, a ser contido no meu comportamento e nos meus desejos, deixando-me de quimeras e sonhos de grandeza e proeminência.


Lembrar-me:
Do meu Anjo da Guarda.


Senhor, ajuda-me a lembrar-me do meu Anjo da Guarda, que eu não despreze companhia tão excelente. Ele está sempre a meu lado, vela por mim, alegra-se com as minhas alegrias e entristece-se com as minhas faltas.

Anjo da minha Guarda, perdoa-me a falta de correspondência ao teu interesse e protecção, a tua disponibilidade permanente. Perdoa-me ser tão mesquinho na retribuição de tantos favores recebidos.

Pequeno exame:

Cumpri o propósito que me propus ontem?

Tratado do verbo encarnado 118

Questão 18: Da unidade de Cristo quanto a vontade

Em seguida devemos tratar da unidade de Cristo quanto à vontade.

E nesta questão discutem-se seis artigos:

Art. 1 — Se Cristo tem duas vontades – uma divina e outra humana.
Art. 2 — Se em Cristo havia uma vontade sensitiva, além da vontade racional.
Art. 3 — Se Cristo tinha duas vontades racionais.
Art. 4 — Se em Cristo havia livre arbítrio.
Art. 5 — Se a vontade humana de Cristo quis coisas diferentes das que Deus quer.
Art. 6 — Se havia em Cristo vontades contrárias.

Art. 1 — Se Cristo tem duas vontades – uma divina e outra humana.

O primeiro discute-se assim. — Parece que Cristo não tem duas vontades – uma divina e outra humana.

1. — Pois, a vontade é o primeiro motor e o primeiro imperante em todo sujeito por ela dotado. Ora, em Cristo o primeiro motor e o primeiro imperante era a vontade divina, porque tudo o humano em Cristo era movido pela vontade divina. Logo, parece que em Cristo só havia uma vontade – a divina.

2. Demais. — Um instrumento não se move por vontade própria, mas pela vontade do movente. Ora, a natureza humana era em Cristo instrumento da sua divindade, Logo, a natureza humana de Cristo não se movia por vontade própria, mas pela divina.

3. Demais. — Em Cristo só há multiplicidade no atinente à natureza. Ora, a vontade não pertence à natureza, pois, ao passo que o natural é necessário, o voluntário não o é. Logo, Cristo tinha uma só vontade.

4. Demais. — Damasceno diz, que querer de certo modo não é próprio da natureza, mas da nossa inteligência, isto é, pessoal. Ora, toda vontade é uma determinada vontade, porque não pertence a um género o que não pertence a nenhuma espécie dele. Logo, toda vontade pertence à pessoa. Ora, em Cristo houve e há uma só pessoa. Logo, Cristo tem uma só vontade.

Mas, em contrário, o Evangelho: Pai, se é do teu agrado, transfere de mim este cálix não se faça contudo a minha vontade, senão a tua. O que Ambrósio comenta: Assim como assumiu a minha vontade, assumiu a minha tristeza. E noutro lugar: Refere ao homem a sua vontade e ao Pai a divindade. Pois, a vontade do homem é temporal e a vontade divina, eterna.

Alguns disseram que Cristo tem uma só vontade. Mas, para o afirmarem foram levados por diversas razões. — Assim, Apolinário não admitia que Cristo tivesse uma alma racional, mas, que o Verbo estava em lugar da alma, ou ainda, do intelecto. Ora, como a sede da vontade é a razão, no dizer do Filósofo, resultava não ter Cristo uma vontade humana. E portanto, só tinha uma vontade. — E semelhantemente Eutiques e todos os que admitiam como composta a natureza de Cristo eram forçados a lhe atribuir uma só vontade. — Também Nestório, que ensinava ser a união de Deus e do homem feita só pelo afecto e pela vontade, admitia só uma vontade em Cristo. — Depois, porém, Macário, o patriarca Antioqueno, Ciro Alexandrino, Sérgio Constantinopolitano e alguns sequazes deles atribuíam a Cristo uma só vontade, embora lhe atribuíssem duas naturezas unidas na hipóstase. Porque diziam que a natureza humana de Cristo nunca tinha nenhum movimento próprio, mas que só era movida pela divindade, como se lê na Epístola Sinódica do Papa Ágato. — Por isso, no Sexto Sínodo, celebrado em Constantinopla, foi determinado que se devem admitir em Cristo duas vontades. Assim, nele se lê: De acordo com o que os Profetas outrora disseram de Cristo, e com o que ele próprio nos ensinou, e nos transmitiu o símbolo dos santos Padres, confessamos haver nele duas vontades naturais e dois modos naturais de agir.

E era necessário dizer assim. Pois é manifesto que o Filho de Deus assumiu a natureza humana perfeita, como demonstramos. Ora, a natureza humana completa supõe a vontade, sua faculdade natural como o intelecto, segundo resulta do dito na Primeira Parte. Donde forçosamente devemos concluir que o Filho de Deus assumiu a vontade humana ao mesmo tempo que a natureza humana. Ora, pela assunção da natureza humana a natureza divina do Filho de Deus não sofreu nenhum detrimento, deve portanto ter vontade, como demonstramos na Primeira Parte. Donde necessariamente concluímos, que em Cristo há duas vontades, a divina e a humana.

DONDE A RESPOSTA À PRIMEIRA OBJECÇÃO. — Tudo o existente em a natureza humana de Cristo estava sujeito ao nuto da vontade divina, mas daí se não segue que em Cristo não houvesse movimentos da vontade próprios à natureza humana. Pois, também os actos pios de vontade dos outros santos obedecem à vontade de Deus, que obra neles o querer e o perfazer, como diz o Apóstolo. Embora, pois, a vontade não possa ser interiormente movida por nenhuma criatura, é porem, interiormente movida por Deus, como dissemos na Primeira Parte. E assim também a vontade humana de Cristo obedecia à vontade divina, segundo a Escritura: Para fazer a tua vontade, Deus meu, eu o quis. Daí o dizer Agostinho: Quando o Filho disse ao Pai — não o que eu quero, mas o que tu queres — de que te serve ajuntares as palavras seguintes e dizeres — mostrou verdadeiramente ter a vontade sujeita ao seu Pai — como se nós negássemos que a vontade do homem deve estar sujeita à vontade de Deus?

RESPOSTA À SEGUNDA. — O instrumento é propriamente movido pelo agente principal, mas de modos diversos conforme a propriedade da sua natureza, pois o instrumento inanimado como o machado ou a serra é movido pelo artífice só pelo movimento corpóreo, ao passo que o instrumento animado pela alma sensível é movido pelo apetite sensitivo como o cavalo pelo cavaleiro, e enfim o instrumento animado pela alma racional é movido pela vontade dela como pelo império do senhor é movido o escravo a praticar um acto, cujo escravo é como um instrumento animado, no dizer do Filósofo. Assim, pois, a natureza humana em Cristo foi o instrumento da divindade, para que fosse movido pela vontade própria.

RESPOSTA À TERCEIRA. — O poder próprio da vontade é natural e resulta necessariamente da natureza. Mas, o movimento ou o acto próprio dessa potência, também chamado vontade, é às vezes natural e necessário, por exemplo, em respeito à felicidade, outras vezes provém do livre arbítrio da razão e não é necessário nem natural, como resulta do dito na Segunda Parte. E contudo, também a razão em si mesma, princípio desse movimento, é natural. E portanto, além da vontade divina é mister admitirmos em Cristo a vontade humana não só enquanto potência natural, ou como movimento natural, mas também como um movimento da razão.

RESPOSTA À QUARTA. — A expressão — querer de certo modo — designa um modo determinado de querer. Ora, um modo determinado pertence à própria coisa de que é modo. Ora, a vontade, pertencendo à natureza, o princípio do querer de certo modo também pertence à natureza, não absolutamente considerada mas enquanto existente numa determinada hipóstase. Donde, também a vontade humana de Cristo teve um certo modo determinado por ter existido na hipóstase divina, de modo que se movia sempre ao nuto da divina vontade.

Nota: Revisão da versão portuguesa por ama.


Diálogos com o meu eu - 3

Agora a sério, tu acreditas mesmo?Claro que acredito!

Acreditas que Jesus Cristo está mesmo na hóstia que comungas?
Já te disse que acredito com toda a força do meu ser!

Mas como é que podes acreditar se não O vês?
Estás enganado, eu vejo-O porque acredito!



Monte Real, 15 de Abril de 2013

Joaquim Mexia Alves

Temas para meditar - 362


Vida interior 




A reflexão, a ponderação das coisas no íntimo, leva à profundidade interior.


(federico suarez, A Virgem Nossa Senhora, Éfeso, 4ª Ed. nr. 183)

Pequena agenda do cristão

Quarta-Feira


(Coisas muito simples, curtas, objectivas)


Propósito:

Simplicidade e modéstia.


Senhor, ajuda-me a ser simples, a despir-me da minha “importância”, a ser contido no meu comportamento e nos meus desejos, deixando-me de quimeras e sonhos de grandeza e proeminência.


Lembrar-me:
Do meu Anjo da Guarda.


Senhor, ajuda-me a lembrar-me do meu Anjo da Guarda, que eu não despreze companhia tão excelente. Ele está sempre a meu lado, vela por mim, alegra-se com as minhas alegrias e entristece-se com as minhas faltas.

Anjo da minha Guarda, perdoa-me a falta de correspondência ao teu interesse e protecção, a tua disponibilidade permanente. Perdoa-me ser tão mesquinho na retribuição de tantos favores recebidos.

Pequeno exame:

Cumpri o propósito que me propus ontem?

10/02/2015

A riqueza da fé

Não sejas pessimista. – Não sabes que tudo quanto sucede ou pode suceder é para bem? – O teu optimismo será a consequência necessária da tua fé. (Caminho, 378)


No meio das limitações inseparáveis da nossa situação presente, porque o pecado ainda habita em nós de algum modo, o cristão vê com nova clareza toda a riqueza da sua filiação divina, quando se reconhece plenamente livre porque trabalha nas coisas do seu Pai, quando a sua alegria se torna constante por nada ser capaz de lhe destruir a esperança.

Pois é também nesse momento que é capaz de admirar todas as belezas e maravilhas da Terra, de apreciar toda a riqueza e toda a bondade, de amar com a inteireza e a pureza para que foi criado o coração humano.

Também é nessa altura que a dor perante o pecado não degenera num gesto amargo, desesperado ou altivo porque a compunção e o conhecimento da fraqueza humana conduzem-no a identificar-se outra vez com as ânsias redentoras de Cristo e a sentir mais profundamente a solidariedade com todos os homens. É então, finalmente, que o cristão experimenta em si com segurança a força do Espírito Santo, de tal maneira que as suas quedas pessoais não o abatem; são um convite a recomeçar e a continuar a ser testemunha fiel de Cristo em todas as encruzilhadas da Terra, apesar das misérias pessoais, que nestes casos costumam ser faltas leves, que apenas turvam a alma; e, ainda que fossem graves, acudindo ao Sacramento da Penitência com compunção, volta-se à paz de Deus e a ser de novo uma boa testemunha das suas misericórdias.


Tal é, em breve resumo que mal consegue traduzir em pobres palavras humanas a riqueza da fé, a vida do cristão, quando se deixa guiar pelo Espírito Santo. (Cristo que passa, 138)

Temas para meditar - 361


Voar alto 



Com o corpo pesado e farto de manutenção, muito mal aparelhado está o ânimo para voar para o alto. 


são pedro de alcântara, Tratado da Oração e da Meditação, 11, 3

Tratado do verbo encarnado 117

Questão 17: Do que pertence à unidade de Cristo quanto ao seu próprio ser.

Art. 2 — Se em Cristo há um só ser ou dois.

O segundo discute-se assim. — Parece que em Cristo não há um só ser, mas dois.

1. — Pois, diz Damasceno, as coisas resultantes da natureza duplicam-se, em Cristo. Ora, o ser resulta da natureza, pois, vem da forma. Logo, em Cristo há dois seres.

2. Demais. — O ser do Filho de Deus é a própria natureza divina, e é eterno. Ora, o ser do homem Cristo não é a natureza divina, mas um ser temporal. Logo, em Cristo não há só um ser.

3. Demais. — Na Trindade, embora sejam três as pessoas há contudo um só ser, por causa da unidade da natureza. Ora, em Cristo há duas naturezas, embora haja uma só pessoa. Logo, em Cristo não há só um ser, mas dois.

4. Demais. — Em Cristo, a alma dá um certo ser ao corpo, por ser a forma dele. Ora, não lhe dá o ser divino, pois, é incriado. Logo, em Cristo há outro ser além do divino. E assim, em Cristo, não há só um ser.

Mas, em contrário. — Um ente é ser na medida em que é um, pois, unidade e ser convertem-se. Se, pois, em Cristo houvesse dois seres e não um só, haveria em Cristo dualidade e não, unidade.

Havendo em Cristo duas naturezas e uma hipóstase, há-de necessariamente haver dualidade no que pertence à natureza, e unidade no que só respeita à hipóstase. Ora, o ser diz respeito tanto à natureza como à hipóstase: à hipóstase, como ao que tem o ser, à natureza, como ao pelo que um ente existe. Pois, a natureza é significada a modo de forma, chamada ser por ser o princípio da existência dos entes, assim a brancura é a que torna um ser branco e a humanidade, homem. Ora, devemos considerar que, havendo uma forma ou natureza, não pertinente ao ser pessoal da hipóstase subsistente, esse ser não se considera como próprio dessa pessoa, em sentido absoluto, mas sim relativamente, assim, ser branco é próprio a Sócrates, não enquanto Sócrates, mas enquanto branco. E nada impede um tal ser multiplicar-se numa hipóstase ou pessoa, pois, um é o ser pelo qual Sócrates é branco, e outro o pelo qual é músico. Mas aquele ser próprio à própria hipóstase ou à pessoa em si mesma, é impossível multiplicar-se numa hipóstase ou numa pessoa, pois, é impossível que o ser de uma coisa não seja um só.

Se, pois, a natureza humana o Filho de Deus a tivesse, não hipostaticamente ou pessoalmente, mas acidentalmente, como alguns ensinaram seria forçoso admitir em Cristo duas existências: uma enquanto Deus e outra, enquanto homem. Como Sócrates tem um ser enquanto branco, e outro, enquanto homem, porque, ser branco não pertence ao próprio ser pessoal de Sócrates, ao passo que ter cabeça, corpo e alma, tudo pertence à própria pessoa de Sócrates, e assim, tudo isso não faz de Sócrates senão um único ser. E se se desse, que depois da constituição da pessoa de Sócrates, é que ele viesse, a ter mãos, pés, ou olhos — como acontece com um cego nato — tudo isso não enriqueceria o ser de Sócrates, mas só constituiria uma relação com tais coisas. Pois, então, lhe atribuíamos o ser, não só pelo que já antes tinha, mas também pelo que depois se lhe acrescentou. Assim, pois, como a natureza humana está unida ao Filho de Deus hipostática ou pessoalmente, como dissemos, e não acidentalmente, resulta por consequência que, com a natureza humana, Cristo não adquiriu nenhum ser pessoal, mas só uma nova relação do ser pessoal preexistente com a natureza humana, de modo que a sua pessoa já a devíamos considerar como subsistente, não só segundo a natureza divina, mas também, segundo a humana.

DONDE A RESPOSTA À PRIMEIRA OBJECÇÃO. — O ser resulta da natureza, não por ela o ter, mas por ser o princípio dele, ao passo que resulta da pessoa ou da hipóstase, que o têm. Por isso, Cristo tem, antes, a unidade hipostática do que a dualidade resultante da natureza.

RESPOSTA À SEGUNDA. — O ser eterno do Filho de Deus, que é a natureza divina, torna-se o ser do homem, por ser a natureza humana assumida pelo Filho de Deus na unidade de pessoa.

RESPOSTA À TERCEIRA. — Como dissemos na Primeira Parte, por ser a pessoa divina idêntica à natureza, não há nas pessoas divinas outro ser além do ser da natureza, e por isso, as três pessoas não tem senão um ser. Ora, teriam um ser tríplice, se fosse nelas uma coisa o ser da pessoa e outro, o da natureza.

RESPOSTA À QUARTA. — A alma de Cristo lhe dá o ser ao corpo, pelo tornar atualmente animado, o que é dar-lhe o complemento da natureza e da espécie. Mas se entendemos o corpo como perfeito pela alma, sem a hipóstase que os contém a um e a outra, esse todo composto da alma e de corpo, enquanto significado pelo nome de humanidade, não o é como um: ser, mas, como o princípio de um ser, E por isso é o ser mesmo da pessoa subsistente, enquanto tem relação com tal natureza, e dessa relação a causa é a alma, enquanto aperfeiçoa a natureza humana, informando o corpo.


Nota: Revisão da versão portuguesa por ama.


Pequena agenda do cristão

TeRÇa-Feira


(Coisas muito simples, curtas, objectivas)


Propósito:
Aplicação no trabalho.

Senhor, ajuda-me a fazer o que devo, quando devo, empenhando-me em fazê-lo bem feito para to poder oferecer.

Lembrar-me:
Os que estão sem trabalho.

Senhor, lembra-te de tantos e tantas que procuram trabalho e não o encontram, provê às suas necessidades, dá-lhes esperança e confiança.

Pequeno exame:

Cumpri o propósito que me propus ontem?

Ev. comentário, L esp. (O rosto de Jesus)

Tempo Comum V Semana

Evangelho: Mc 7 1-13

1 Reuniram-se à volta de Jesus os fariseus e alguns escribas vindos de Jerusalém; 2 e notaram que alguns dos Seus discípulos comiam o pão com as mãos impuras, isto é, por lavar; 3 ora os fariseus e todos os judeus aferrados à tradição dos antigos, não comem sem lavar as mãos cuidadosamente; 4 e, quando vêm da praça pública, não comem sem se purificar; e praticam muitas outras observâncias tradicionais, como lavar os copos, os jarros, os vasos de metal, e os leitos. 5 Os fariseus e os escribas interrogaram-n'O: «Porque não se conformam os Teus discípulos com a tradição dos antigos, mas comem o pão sem lavar as mãos?». 6 Ele respondeu-lhes: «Com razão profetizou Isaías de vós, hipócritas, quando escreveu: “Este povo honra-Me com os lábios, mas o seu coração está longe de Mim. 7 É vão o culto que Me prestam, ensinando doutrinas que são preceitos humanos”. 8 Pondo de lado o mandamento de Deus, observais cuidadosamente a tradição dos homens». 9 Disse-lhes mais: «Vós bem fazeis por destruir o mandamento de Deus, para manter a vossa tradição. 10 Porque Moisés disse: “Honra teu pai e tua mãe. E todo o que amaldiçoar seu pai ou sua mãe, seja punido de morte”. 11 Vós, porém, dizeis: Se alguém disser ao pai ou à mãe, é “qorban”, oferta a Deus, qualquer coisa minha que te possa ser útil, 12 já não lhe deixais fazer nada a favor do pai ou da mãe, 13 anulando assim a palavra de Deus por uma tradição que tendes transmitido de uns aos outros. E fazeis muitas coisas semelhantes a estas».

Comentário: 

Esta passagem do Evangelho sublinha ainda a repulsa que Jesus sente por tudo quanto é preconceituoso, excessivo, e escrupuloso no cumprimento da Lei divina. Pôr a forma, o conteúdo à frente do coração, do desejo de cumprir. O que O Senhor quer e deseja é Filhos Seus autênticos e verdadeiros, que pratiquem uma fé escorreita e sincera, sem se refugiarem atrás e pormenores que não passam disso mesmo.

Alegria, sinceridade, disponibilidade é o que é preciso para cumprir as nossas obrigações de cristãos.

Ouve-se por vezes ‘eu cá não vou à Missa no Domingo... pois se eu não sinto nada é melhor não ir do que fingir...’
Falsa razão. Ninguém vai à Missa para "sentir" seja o que for, vai-se à Missa, para participar no Sacramento divino, para, ao cumprir um preceito, dar glória e honra a Deus.
A prática da fé não é um sentimento, uma tradição, um hábito... não... a prática da fé é, antes de mais, uma obrigação e uma necessidade; obrigação de, como filhos de Deus, honrar o nosso Pai; uma necessidade, porque precisamos do alimento da frequência dos Sacramentos, da vida de piedade, da oração.

(AMA, Vila do Conde, 11 de Fevereiro de 2003)


Leitura espiritual


El rostro de Jesús

"Que busque tu rostro, que aprenda a encontrarlo y a mostrarlo, que sepa descubrirte en las cosas corrientes de mi vida, que advierta realmente que eres Tú", dice el autor de este artículo.

Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? [1]. Los ojos de los Apóstoles habían quedado fijos en el lugar por donde Jesús se había marchado... Un ángel tuvo que advertirles de que la vida continuaba.

El mensajero de Dios no pretendía disminuir el interés de aquellos hombres por su Maestro, pero quizá sí hacerles pensar que a partir de entonces tendrían que aprender a verle de otra manera, a encontrarse con Él, con su mirada, en los demás y en las cosas ordinarias de la vida.

San Pablo entendió aquellos deseos de los Apóstoles, porque también él anhelaba estar con Cristo y verle cara a cara [2] . Pero, puestos a escoger, prefería seguir el tiempo que Dios quisiera contemplándole como en un espejo y borrosamente [3] , si así podía ayudar a otros a vivir en esa Luz [4].

A los destinatarios de su misión apostólica, les aconsejaba con la fuerza de su ejemplo y de su palabra que, mientras estaban en este mundo, mantuviesen la mirada fija en el Cielo, donde está Cristo: si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios [5].

Quæ sursum sunt quærite! [6]. ¡Buscad las cosas de arriba! Queremos hacer nuestro ese grito, pero necesitamos aprender. En tantas ocasiones nos descubrimos con la mirada baja, excesivamente centrada en cosas pasajeras.

Echamos de menos una mayor agudeza para dar con el papel que Cristo desempeña en cada suceso de la existencia: amamos este mundo, que es el nuestro, el lugar donde nos encontramos con Dios [7], y desearíamos adquirir una mayor facilidad para percibir la mirada de Jesucristo mientras nos ocupamos de nuestras tareas habituales. Querríamos también que otros pudieran ver en nosotros a Cristo; nos ilusiona la maravillosa posibilidad de hacer presente a nuestros amigos el rostro de Jesús.

Vultum tuum, Domine, requiram! [8]. ¡Buscaré, Señor, tu rostro! Señor –le diremos–, que busque tu rostro, que aprenda a encontrarlo y a mostrarlo, que sepa descubrirte en las cosas corrientes de mi vida, que advierta realmente que eres Tú.

Tal vez oiremos aquel aviso de San Josemaría: Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. –Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios... –Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él! [9]

Los Evangelios aluden en diversas ocasiones a la mirada de Jesucristo. Una mirada benévola y afectuosa, conmovedora y conmovida, una mirada profundamente conocedora, que penetra la intimidad, una mirada que enseña y corrige, que mueve al arrepentimiento, y llega a provocar un arranque de generosidad [10].

Quizás muchas veces hemos tratado de representárnosla en nuestra oración, con la intención de descubrir cómo podemos encontrarla y hacerla presente en nuestra vida ordinaria. Algunos personajes que se cruzan con Jesús en las horas de la Pasión nos pueden ayudar a avanzar en la realización de este deseo.

En el camino de la Cruz tres personas tienen una particular relación con el rostro de Cristo: sólo dos lo buscan, pero tres lo encuentran. De las tres podemos aprender; cada una de ellas sugiere una enseñanza distinta sobre el modo de dar forma al afán de ver el rostro de Jesús.

CON SANTA MARÍA, UN SÓLO CORAZÓN

Apenas se ha levantado Jesús de su primera caída, cuando encuentra a su Madre Santísima, junto al camino por donde Él pasa [11] . Nada nos dice el Evangelio de ese encuentro, pero el silencio de la Escritura no ha hecho más que estimular la imaginación de los cristianos a lo largo de los siglos. Nuestro Padre se lo representa así: Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor [12].

El amor es tan intenso que basta el encuentro de los ojos para que cada uno sepa que cuenta con el otro, que puede verter en Ella, en Él, su inmenso dolor, porque aquel corazón es capaz de aceptarlo. En medio de ese sufrimiento, tienen el profundo consuelo de saberse acompañados, comprendidos.

El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo [13]. La amargura que llena el alma de María es la de su Hijo, como de María es la amargura que llena el alma de Jesús. Es tan fuerte la unión de sus corazones que el dolor de uno está hecho del sufrimiento del otro; así se apoyan y mutuamente se sostienen.

¡Quién nos diera a nosotros una identificación así con los sentimientos de Cristo! Nos queda –es cierto– muy lejos, pero la deseamos ardientemente. Sabemos que si avanzamos por ese camino no nos ahorraremos dolores en esta vida, porque toda existencia humana los conlleva, pero tendremos siempre una luz para afrontarlos, nunca nos faltará una base firme para no sucumbir, para encararlos con serenidad.

Simeón había profetizado a la Virgen que una espada atravesaría su alma [14]. Desde el anuncio de la Pasión, la herida de espada no abandonará nunca a la Madre de Jesús. Ella tendrá siempre presente que sólo pueden ofenderla a través de las afrentas hechas a su Hijo; es consciente de que todo sufrimiento, y también toda alegría, sólo puede tener su causa en relación con Él.

La Virgen enseña que en las amarguras y en los pequeños disgustos –profesionales, familiares, sociales...– podemos buscar y descubrir el rostro de Cristo; y, como consecuencia, estaremos llenos de paz incluso en medio del dolor.

VERÓNICA, UN CORAZÓN BUENO

Cuenta una tradición de la Iglesia que, un poco más adelante, una mujer sale al paso del Señor con la intención de limpiarle el rostro. Es el único hecho que sabemos de Verónica, pues con este nombre es conocida.

Quizás no se había planteado nunca conscientemente ese anhelo –ver la faz de Jesucristo– e incluso si lo había hecho, pensaría que el motivo por el que ahora buscaba ese rostro era más sencillo: ella sólo pretendía tener una atención con aquel Hombre que sufría. Sin embargo, esta mujer, que ni siquiera aparece en los Evangelios, ha dado un nombre propio al deseo de contemplar la faz de Dios.


Bienaventurados, vuestros ojos porque ven (...). Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron [15] . Si a la Verónica se pueden aplicar especialmente estas palabras, si ella realizó esa aspiración que ha llenado el alma de tantos santos a lo largo de la historia, fue por su bondad sencilla, porque su corazón de mujer buena no se deja «contagiar por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos» [16] , no se frena ante la oportunidad de prestar un pequeño servicio. Y ese «acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús» [17].

El rostro del Dios hecho Hombre queda grabado en aquel lienzo, sí; pero sobre todo queda grabado en sus entrañas de bondad. «El Redentor del mundo da a Verónica una imagen auténtica de su rostro. El velo, sobre el que queda impreso el rostro de Cristo, es un mensaje para nosotros. En cierto modo nos dice: he aquí cómo todo acto bueno, todo gesto de verdadero amor hacia el prójimo aumenta en quien lo realiza la semejanza con el Redentor del mundo. Los actos de amor no pasan. Cualquier gesto de bondad, de comprensión y de servicio deja en el corazón del hombre una señal indeleble, que lo asemeja un poco más a Aquél que “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” ( Flp 2,7). Así se forma la identidad, el verdadero nombre del ser humano» [18].

¿No es ésta una manera accesible de buscar el rostro de Jesucristo? ¿No es también un modo de hacerle presente entre quienes nos rodean?

Es posible que en la vida tengamos ocasión de prestar grandes servicios a otras personas; que podamos renunciar a algo valioso por ayudar a los demás. Pero, se nos presenten o no esas oportunidades, procuremos vivir cotidianamente con un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento, y dejar más tarde amargura y desesperación [19].

Muchas veces lo que más ayuda a las almas a descubrir la mirada amorosa del Señor es precisamente ver cómo sus discípulos, en medio de sus limitaciones, saben advertir lo que los demás necesitan: son capaces de descubrir esos detalles que, si se pasaran por alto, nadie reclamaría; y que en cambio, cuando se reciben, se agradecen de todo corazón.

Si con sentido sobrenatural obramos de este modo, realizamos –cuanto es factible en esta vida– el deseo de contemplar el rostro de Jesucristo. Y al mismo tiempo facilitamos que otras personas se encuentren con Él.

Puede ser que no lo noten inmediatamente y necesiten un tiempo para descubrir al Señor, mas no dejarán de percibir desde el primer momento que hay algo especial en quienes les tratan con una bondad tan sencilla.

Si queremos descubrir a otros el semblante amabilísimo del Maestro, procuremos dispensar amabilidad, serenidad, paz, paciencia, respeto, cortesía, cariño; también cuando no esperemos ser correspondidos; si queremos ver en los demás el rostro de Jesús, acerquémonos a ellos con un corazón sencillo, un corazón que valora y admira y quiere a los padres, a los hijos, a los amigos uno por uno; que descubre cómo cada una de ellas refleja, a su modo, la bondad de Dios.

SIMÓN DE CIRENE, UN ENCUENTRO CON LA CRUZ

Los Evangelios sinópticos nos hablan de un tercer personaje que se topa con Jesucristo en el camino del Calvario. Santa María y la Verónica le buscaron, salieron a su encuentro por propia iniciativa. Simón de Cirene, no. Simón fue forzado a llevar la Cruz [20] La misma expresión que usan los evangelistas indica que, quizá, hubo una resistencia inicial.


Resulta bien comprensible: a nadie le gusta que le obliguen a cargar con una cruz ajena, y menos después de una dura jornada de trabajo. San Marcos dará a entender que los hijos de este hombre eran conocidos como cristianos [21] : Todo empezó por un encuentro inopinado con la Cruz [22]. Una gran fortuna que tuvo su origen en un suceso aparentemente desafortunado.

El cambio de actitud del Cireneo no debió de ser repentino, sino gradual, y no es arriesgado suponer que tuvo que ver con el rostro de Jesucristo. Él pensaba que trataba con un malhechor, pero aquella mirada amable, agradecida, pacífica, le desarmó. Al principio se disgusta porque simplemente ve ; después mira y va descubriendo que compartir la Cruz con ese condenado vale la pena.

Lo que al principio aparecía como un inconveniente que se interponía entre él y su descanso, fue progresivamente transformado por el rostro de aquel Hombre en una oportunidad única, que terminó por cambiar su vida.

Para él, como para todos los cristianos, la Cruz se convirtió en el signo distintivo de su fe, en el instrumento de la salvación; en una realidad redentora, inseparable de la misión de Cristo. A través de los siglos, los cristianos mirarán con cariño y esperanza la Cruz, que debería estar en el centro de su vida y que, por el mismo motivo, «debería estar en el centro del altar y ser el punto de referencia común del sacerdote y de la comunidad que ora» [23].

A veces la Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por nosotros [24] Ante la Cruz inesperada experimentaremos un movimiento de rechazo. Es la reacción habitual de nuestra naturaleza, que no nos debe preocupar, pero que no ha de impedir una progresiva aceptación.

Sabemos que en esas situaciones en las que podemos sentirnos solos, Dios no nos deja, está a nuestro lado; quizá incluso le vemos , somos capaces de dirigirnos a Él de algún modo. Pero demos un paso más: busquemos su mirada. Si no nos conformamos con ver , si procuramos mirar a Cristo que carga la Cruz con nosotros, si dejamos que nos hable, lo que parecía desafortunado va adquiriendo otro color, y termina por cambiar nuestra vida.

Darnos cuenta de que una contradicción puede significar un encuentro más profundo con Jesucristo nos ayudará a encararla de otro modo y entonces, nuestra Cruz no será una Cruz cualquiera: será... la Santa Cruz [25] .

* * *

Vultum tuum, Domine, requiram! [26].

Tres personas tienen una particular relación con el rostro de Cristo en el camino del Calvario. Sólo dos le buscan, pero las tres le encuentran. Ninguna de ellas queda indiferente, ninguna se va de vacío. De cada una podemos aprender algo y deseamos hacerlo porque anhelamos contemplar y ayudar a otros a descubrir ese rostro en nuestro camino ordinario por el mundo.

Querríamos alcanzar la unidad de corazones que se da entre Santa María y su Hijo. Somos conscientes de que supera nuestras fuerzas, pero no abandonamos ese deseo, porque sería renunciar al Amor y porque sin duda podemos avanzar por ese camino.

Un modo de hacerlo es aprovechar las enseñanzas de los otros dos personajes: una bondad sencilla será la ocasión de que muchos –en primer lugar, nosotros mismos– se encuentren con el Señor; buscar esa mirada en las adversidades y amarguras de la vida, hará que vayamos gradualmente identificándonos con la Voluntad de Dios. Entonces seremos capaces de reflejar el rostro de Jesús.

j. diéguez

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[1] Hch 1, 11.
[2] Cfr. Flp 1, 23.
[3] Cfr. 1 Cor 13, 12.
[4] Cfr. Flp 1, 25.
[5] Col 3, 1.
[6] Ibid .
[7] Cfr. Conversaciones , n. 113.
[8] Cfr. Sal 26, 8 (Vg).
[9] Camino , n. 212.
[10] Cfr. Mc 10, 21; Mc 12, 41; Mt 4, 18-22; Jn 1, 42; Mt 19, 16; Mc 3, 5; Lc 22, 61; Jn 1, 38-47.
[11] Vía Crucis , IV estación.
[12] Ibid.
[13] Ibid
[14] Cfr. Lc 2, 35.
[15] Mt 13, 16-17.
[16] J. Ratzinger, Vía Crucis en el Coliseo, Viernes Santo de 2005, VI estación.
[17] Ibid .
[18] Juan Pablo II, Vía Crucis en el Coliseo, Viernes Santo de 2000, VI estación.
[19] Es Cristo que pasa , n. 167.
[20] Cfr. Mc 15, 21.
[21] Cfr. Mc 15, 21.
[22] Vía Crucis , V estación.
[23] J. Ratzinger, Introducción al espíritu de la liturgia, p. 105. [24] Vía Crucis , V estación.
[25] Santo Rosario , IV misterio doloroso.
[26] Cfr. Sal 26, 8 (Vg).
 El rostro de Jesús (para imprimir).
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