Padroeiros do blog: SÃO PAULO; SÃO TOMÁS DE AQUINO; SÃO FILIPE DE NÉRI; SÃO JOSEMARIA ESCRIVÁ
09/12/2018
Queremos ver com olhos limpos
Que
formosa é a santa pureza! Mas não é santa, nem agradável a Deus, se a
separarmos da caridade. A caridade é a semente que crescerá e dará frutos
saborosíssimos com a rega que é a pureza. Sem caridade, a pureza é infecunda, e
as suas águas estéreis convertem as almas num lodaçal, num charco imundo, donde
saem baforadas de soberba. (Caminho, 119)
É
verdade que a caridade teologal é a virtude mais alta, mas a castidade é a
exigência sine qua non, condição imprescindível para chegar ao diálogo íntimo
com Deus. Quem não a guarda, se não luta, acaba por ficar cego. Não vê nada,
porque o homem animal não pode perceber as coisas que são do Espírito de Deus.
Animados
pela pregação do Mestre, nós queremos ver com olhos limpos: bem-aventurados os
puros de coração, porque verão a Deus.
A
Igreja sempre apresentou estas palavras como um convite à castidade. Guardam um
coração sadio, escreve S. João Crisóstomo, os que possuem uma consciência
completamente limpa ou os que amam a castidade. Nenhuma virtude é tão
necessária como esta para ver a Deus. (Amigos de Deus, 175)
Leitura espiritual
LA FE
EXPLICADA
CAPÍTULO IX
EL ESPIRITU SANTO Y LA GRACIA
Es también importante que incrementemos la gracia santificante de nuestra
alma, que puede crecer. Cuanto más se purifica un alma de sí, mejor responde a
la acción de Dios.
Cuanto mengua el yo, aumenta la gracia santificante. Y el grado de nuestra
gracia santificante determinará el grado de nuestra felicidad en el cielo. Dos
personas pueden contemplar el techo de la Capilla Sixtina y tener un goce
completo a la vista de la obra maestra de Miguel Angel. Pero el que tenga mejor
formación artística obtendrá un placer mayor que el otro, de gusto menos
cultivado. El de menor apreciación artística quedará totalmente satisfecho; ni
siquiera se dará cuenta de que pierde algo, aunque esté perdiendo mucho. De un
modo parecido, todos seremos perfectamente felices en el cielo.
Pero el grado de nuestra felicidad dependerá de la agudeza espiritual de
nuestra visión. Y ésta, a su vez, depende del grado en que la gracia
santificante impregne nuestra alma.
Estas son, pues, las tres condiciones en relación con la gracia santificante:
primera, que la conservemos permanentemente hasta el fin; segunda, que la
recuperemos inmediatamente si la perdiéramos por el pecado mortal; tercera, que
busquemos crecer en gracia con el afán del que ve el cielo como meta.
Pero ninguna de estas condiciones resulta fácil de cumplir, ni siquiera
posible. Como la víctima de un bombardeo vaga débil y obnubilada entre las
ruinas, así la naturaleza humana se ha arrastrado a través de los siglos desde
la explosión que la rebelión del pecado original produjo: su juicio
permanentemente torcido, su voluntad permanentemente debilitada. ¡Cuesta tanto
reconocer el peligro a tiempo; es tan difícil admitir con sinceridad el bien
mayor que debemos hacer; tan duro apartar nuestra mirada de la hipnótica
sugestión del pecado! Por estas razones la gracia santificante, como un rey
rodeado de servidores, va precedida y acompañada de un conjunto de especiales
ayudas de Dios. Estas ayudas son las gracias actuales. Una gracia actual es el
impulso transitorio y momentáneo, la descarga de energía espiritual con que
Dios toca al alma, algo así como el golpe que un mecánico da con la mano a la
rueda para mantenerla en movimiento.
Una gracia actual puede actuar sobre la mente o la voluntad, corrientemente
sobre las dos. Y Dios la concede siempre para uno de los tres fines que
mencionamos antes: preparar el camino para infundir la gracia santificante (o
restaurarla si la hubiéramos perdido), conservarla en el alma o incrementarla.
El modo de operar la gracia actual nos podría quedar más claro si
describiéramos su actuación en una persona imaginaria que hubiera perdido la
gracia santificante por el pecado mortal.
Primeramente, Dios ilumina la mente del pecador para que vea el mal que ha
cometido. Si acepta esta gracia, admitirá para sí: «He ofendido a Dios en
materia grave; he cometido un pecado mortal.» El pecador puede, por supuesto,
rechazar esta primera gracia y decir: «Eso que hice no fue tan malo; mucha
gente hace cosas peores.» Si rechaza la primera gracia, probablemente no habrá
una segunda. En el curso normal de la providencia divina, una gracia genera la
siguiente. Este es el significado de las palabras de Jesús: «Al que tiene se le
dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (Mt 25,29).
Pero supongamos que el pecador acepta la primera gracia. Entonces vendrá la
segunda.
Esta vez será un fortalecimiento de la voluntad que permitirá al pecador
hacer un acto de contrición: «Dios mío -gemirá por dentro-, si muriera así
perdería el cielo e iría al infierno.
¡Con qué ingratitud he pagado tu amor! ¡Dios mío, no lo haré nunca más!» Si
la contrición del pecador es perfecta (si su motivo principal es el amor a
Dios), la gracia santificante vuelve inmediatamente a su alma; Dios reanuda en
seguida su unión con esta alma. Si la contrición es imperfecta, basada
principalmente en el temor a la justicia divina, habrá un nuevo impulso de la
gracia. Con su mente iluminada, el pecador dirá: «Debo ir a confesarme.» Su
voluntad fortalecida decidirá: «Iré a confesarme». Y en el sacramento de la
Penitencia, su alma recobrará la gracia santificante. He aquí un ejemplo
concreto de cómo la gracia actual opera.
Sin la ayuda de Dios no podríamos alcanzar el cielo. Así de sencilla es la
función de la gracia. Sin la gracia santificante no somos capaces de la visión
beatífica. Sin la gracia actual no somos capaces, en primer lugar, de recibir
la gracia santificante (una vez se ha alcanzado el uso de razón). Sin la gracia
actual no somos capaces de mantenernos en gracia santificante por un período
largo de tiempo. Sin la gracia actual no podríamos recuperar la gracia
santificante si la hubiéramos perdido.
En vista de la absoluta necesidad de la gracia, es confortador recordar
otra verdad que también es materia de fe: que Dios da a cada alma la gracia
suficiente para alcanzar el cielo. Nadie se condena si no es por su culpa, por
no utilizar las gracias que Dios le da.
Porque podemos, ciertamente, rechazar la gracia. La gracia de Dios actúa en
y por medio de la voluntad humana. No destruye nuestra libertad de elección. Es
cierto que la gracia hace casi todo el trabajo, pero Dios requiere nuestra
cooperación. Por nuestra parte, lo menos que podemos hacer es no poner obstáculos
a la operación de la gracia en nuestra alma.
Leo G. Terese
(Cont)
Evangelho e comentário
Evangelho: Lc 3, 1-6
1
No décimo quinto ano do reinado do imperador Tibério, quando Pôncio Pilatos era
governador da Judeia, Herodes, tetrarca da Galileia, seu irmão Filipe, tetrarca
da Itureia e da Traconítide, e Lisânias, tetrarca de Abilena, 2 sob o
pontificado de Anás e Caifás, a palavra de Deus foi dirigida a João, filho de
Zacarias, no deserto. 3 Começou a percorrer toda a região do Jordão, pregando
um baptismo de penitência para remissão dos pecados, 4 como está escrito no
livro dos oráculos do profeta Isaías: «Uma voz clama no deserto: ‘Preparai o
caminho do Senhor e endireitai as suas veredas. 5 Toda a ravina será
preenchida, todo o monte e colina serão abatidos; os caminhos tortuosos ficarão
direitos e os escabrosos tornar-se-ão planos. 6 E toda a criatura verá a
salvação de Deus.’»
Comentário:
A
profecia de Isaías é bem clara: «todo
o homem verá a salvação de Deus».
O
Reino de Deus está destinado a todos os homens como não podia deixar de ser:
criados à imagem e semelhança de Deus que outro destino poderíamos ter?
E,
a redenção que João nos anuncia está a chegar com o Nascimento do Salvador. Ele
vem para nos confirmar na Fé e dar-nos os meios de atingirmos o nosso fim.
(ama, comentário sobre Lc 3, 1-6,
2015.12.11.06)
Temas para meditar e reflectir
PerfeiçãoO divino Mestre e Modelo de toda a perfeição, pregou a todos e a cada um dos Seus discípulos, em qualquer circunstância em que viver, a santidade de vida, da qual Ele é autor e consumador: Sede, pois, perfeitos (…).
É completamente claro que todos os fiéis de qualquer estado ou condição de vida estão chamados à plenitude da vida cristã e à perfeição da caridade, santidade que, ainda na sociedade terrena, promove um modo mais humano de viver.
(CV II, Constituição Lúmen gentium, 40)
Pequena agenda do cristão
(Coisas muito simples, curtas, objectivas)
Propósito:
Viver a família.
Senhor, que a minha família seja um espelho da Tua Família em Nazareth, que cada um, absolutamente, contribua para a união de todos pondo de lado diferenças, azedumes, queixas que afastam e escurecem o ambiente. Que os lares de cada um sejam luminosos e alegres.
Lembrar-me:
Cultivar a Fé
São Tomé, prostrado a Teus pés, disse-te: Meu Senhor e meu Deus!
Não tenho pena nem inveja de não ter estado presente. Tu mesmo disseste: Bem-aventurados os que crêem sem terem visto.
E eu creio, Senhor.
Creio firmemente que Tu és o Cristo Redentor que me salvou para a vida eterna, o meu Deus e Senhor a quem quero amar com todas as minhas forças e, a quem ofereço a minha vida. Sou bem pouca coisa, não sei sequer para que me queres mas, se me crias-te é porque tens planos para mim. Quero cumpri-los com todo o meu coração.
Pequeno exame:
Cumpri o propósito que me propus ontem?
08/12/2018
A estreita ligação de N Senhora ao Advento
Com
Nossa Senhora deveria passar-se algo semelhante, talvez até lhe fosse algo difícil
manter a tranquilidade tanto interior como exterior.
Não
será descabido pensar que a sua mãe ainda vivesse e portanto guardar segredo de
algo tão importante não seria fácil.
É
verdade que não consta que São Gabriel tivesse pedido ou recomendado segredo
mas a magnitude da situação aconselhava cuidada discrição.
Talvez
por isso se terá apressado a visitar Santa Isabel.
Além
de um acto de caridade, também se afastaria por mais ou menos três meses do
ambiente normal e das perguntas embaraçosas.
AMA,
reflexões, 29.11.2018
Imaculada Conceição – Papa Francisco
Virgem
Santa e Imaculada, que sois a honra do nosso povo e a
guardiã solícita da nossa cidade, a Vós nos dirigimos com amorosa confidência.
Toda sois
Formosa, ó Maria!
Em Vós
não há pecado.
Suscitai
em todos nós um renovado desejo de santidade:
na nossa
palavra, refulja o esplendor da verdade, nas nossas obras, ressoe o cântico da
caridade, no nosso corpo e no nosso coração, habitem pureza e castidade, na
nossa vida, se torne presente toda a beleza do Evangelho.
Toda sois
Formosa, ó Maria!
em Vós Se
fez carne a Palavra de Deus.
Ajudai-nos
a permanecer numa escuta atenta da voz do Senhor:
o grito
dos pobres nunca nos deixe indiferentes, o sofrimento dos doentes e de quem
passa necessidade não nos encontre distraídos, a solidão dos idosos e a
fragilidade das crianças nos comovam, cada vida humana sempre seja, por todos
nós, amada e venerada.
Toda sois
Formosa, ó Maria!
Em Vós,
está a alegria plena da vida beatífica com Deus.
Fazei que
não percamos o significado do nosso caminho terreno:
a luz
terna da fé ilumine os nossos dias, a força consoladora da esperança oriente os
nossos passos, o calor contagiante do amor anime o nosso coração, os olhos de todos
nós se mantenham bem fixos em Deus, onde está a verdadeira alegria.
Toda sois
Formosa, ó Maria!
Ouvi a
nossa oração, atendei a nossa súplica:
esteja em
nós a beleza do amor misericordioso de Deus em Jesus, seja esta beleza divina a
salvar-nos a nós, à nossa cidade, ao mundo inteiro.
Amén.
papa francisco
*Acto de
Veneração à Imaculada Conceição na Praça de Espanha (8 de Dezembro de 2013)
Canta diante de Maria Imaculada
Deus
Omnipotente, Todo-Poderoso, Sapientíssimo tinha que escolher a sua Mãe. – Tu,
que terias feito, se tivesses tido de escolhê-la? Penso que tu e eu teríamos
escolhido a que temos, enchendo-a de todas as graças. Isso fez Deus. Portanto,
depois da Santíssima Trindade, está Maria. Os teólogos estabelecem um
raciocínio lógico desse cúmulo de graças, desse não poder estar sujeita a
satanás: convinha, Deus podia fazê-lo, logo fê-lo. É a grande prova. A prova
mais clara de que Deus rodeou a sua Mãe de todos os privilégios, desde o
primeiro instante. E assim é: formosa e pura e limpa, em alma e corpo! (Forja, 482)
És
toda formosa e não há mancha em ti. – És horto cerrado, minha irmã, Esposa,
horto cerrado, fonte selada. – Veni:
coronaberis. – Vem: serás coroada (Cant.
IV, 7, 12 e 8).
Se
tu e eu tivéssemos tido poder, tê-la-íamos feito também Rainha e Senhora de
toda a criação.
Um
grande sinal apareceu no céu uma mulher com uma coroa de doze estrelas sobre a
cabeça. – O vestido de sol. – A lua a seus pés (Apoc. XII, 1).
Maria, Virgem sem mancha, reparou a queda de Eva; e esmagou, com o seu pé
imaculado, a cabeça do dragão infernal. Filha de Deus, Mãe de Deus, Esposa de
Deus.
O
Pai, o Filho e o Espírito Santo coroaram-na como Imperatriz que é do Universo.
E rendem-lhe preito de
vassalagem os Anjos..., e os patriarcas e os profetas e os Apóstolos..., e os
mártires e os confessores e as virgens e todos os santos..., e todos os
pecadores e tu e eu. (Santo Rosário, 5º mistério glorioso)
Leitura espiritual
LA FE
EXPLICADA
CAPÍTULO
IX
EL ESPIRITU SANTO Y LA GRACIA
EL ESPIRITU SANTO Y LA GRACIA
Ahora demos el tremendo salto que nos remonta desde nuestra baja naturaleza
humana a las tres Personas vivas que constituyen la Santísima Trinidad. Quizás
comprendamos un poquito mejor por qué la tarea de santificar las almas se
asigna al Espíritu Santo.
Ya que Dios Padre es el origen del principio de la actividad divina que
actúa en la Santísima Trinidad (la actividad de conocer y amar); se le
considera el comienzo de todo.
Por esta razón atribuimos al Padre la creación, aunque, de hecho, claro
está, sea la Santísima Trinidad la que crea, tanto el universo como las almas
individuales. Lo que hace una Persona divina, lo hacen las tres. Pero
apropiamos al Padre el acto de la creación porque, por su relación con las
otras dos Personas, la función de crear le conviene mejor.
Luego, como Dios unió a Sí una naturaleza humana por medio de la segunda
Persona en la Persona de Jesucristo, atribuimos la tarea de la redención a Dios
Hijo, Sabiduría viviente de Dios Padre. El Poder infinito (el Padre) decreta la
redención; la Sabiduría infinita (el Hijo) la realiza. Sin embargo, cuando nos
referimos a Dios Hijo como Redentor, no perdemos de vista que Dios Padre y Dios
Espíritu Santo estaban también inseparablemente presentes en Jesucristo.
Hablando absolutamente, fue la Santísima Trinidad quien nos redimió. Pero
apropiamos al Hijo el acto de la redención.
En los párrafos anteriores he escrito la palabra «apropiar» en cursiva
porque ésta es la palabra exacta que utiliza la ciencia teológica al describir
esta forma de «dividir» las actividades de la Santísima Trinidad entre las tres
Personas divinas. Lo que hace una Persona, lo hacen las tres. Y, sin embargo,
ciertas actividades parecen más apropiadas a una Persona que a las otras. En
consecuencia, los teólogos dicen que Dios Padre es el Creador, por apropiación;
Dios Hijo, por apropiación, el Redentor; y Dios Espíritu Santo, por
apropiación, el Santificador.
Todo esto podrá parecer innecesariamente técnico al lector medio, pero
puede ayudarnos a entender lo que quiere decir el Catecismo cuando dice, por
ejemplo: «El Espíritu Santo habita en la Iglesia como la fuente de su vida y
santifica a las almas por medio del don de la gracia». El Amor de Dios hace
esta actividad, pero su sabiduría y su poder también están allí.
¿Qué es la gracia? La palabra «gracia» tiene muchas significaciones. Puede
significar «encanto» cuando decimos: «ella se movía por la sala con gracia».
Puede significar «benevolencia» si decimos: «es una gracia que espero alcanzar
de su bondad». Puede significar «agradecimiento», como en la acción de gracias
de las comidas. Y cualquiera de nosotros podría pensar media docena más de
ejemplos en los que la palabra «gracia» se use comúnmente.
En la ciencia teológica, sin embargo, gracia tiene un significado muy
estricto y definido.
Antes que nada, designa un don de Dios. No cualquier tipo de don, sino uno
muy especial.
La vida misma es un don divino. Para empezar, Dios no estaba obligado a
crear la humanidad, y mucho menos a crearnos a ti y a mí como individuos. Y
todo lo que acompaña a la vida es también don de Dios. El poder de ver y
hablar, la salud, los talentos que podamos tener -cantar, dibujar o cocinar un
pastel-, absolutamente todo, es don de Dios. Pero éstos son dones que llamamos
naturales. Forman parte de nuestra naturaleza humana. Hay ciertas cualidades
que tienen que acompañar necesariamente a una criatura humana tal como la designó
Dios. Y propiamente no pueden llamarse gracias.
En teología la palabra «gracia» se reserva para describir los dones a los
que el hombre no tiene derecho ni siquiera remotamente, a los que su naturaleza
humana no le da acceso.
La palabra «gracia« se usa para nombrar los dones que están sobre la
naturaleza humana. Por eso decimos que la gracia es un don sobrenatural de
Dios.
Pero la definición está aún incompleta. Hay dones de Dios que son
sobrenaturales, pero no pueden llamarse en sentido estricto gracias. Por
ejemplo, una persona con cáncer incurable puede sanar milagrosamente en
Lourdes. En este caso, la salud de esta persona sería un don sobrenatural, pues
se le había restituido por medios que sobrepasan la naturaleza. Pero si
queremos hablar con precisión, esta cura no sería una gracia. Hay también otros
dones que, siendo sobrenaturales en su origen, no pueden calificarse de
gracias. La Sagrada Escritura, por ejemplo, la Iglesia o los sacramentos son
dones sobrenaturales de Dios. Pero este tipo de dones, por sobrenaturales que
sean, actúan fuera de nosotros. No sería incorrecto llamarlos «gracias externas».
La palabra «gracia», sin embargo, cuando se utiliza en sentido simple y por sí,
se refiere a aquellos dones invisibles que residen y operan en el alma. Así,
precisando un poco más en nuestra definición de gracia, diremos que es un don
sobrenatural e interior de Dios.
Pero esto nos plantea en seguida otra cuestión. A veces Dios da a algunos
elegidos el poder predecir el futuro. Este es un don sobrenatural e interior.
¿Llamaremos gracia al don de profecía? Más aún, un sacerdote tiene poder de
cambiar el pan y vino en el cuerpo y sangre de Cristo y de perdonar los
pecados. Estos son, ciertamente, dones sobrenaturales e interiores. ¿Son
gracias? La respuesta a ambas preguntas es no. Estos poderes, aunque sean
sobrenaturales e interiores, son dados para el beneficio de otros, no del que
los posee. El poder de ofrecer Misa que tiene un sacerdote no se le ha dado
para él, sino para el Cuerpo Místico de Cristo. Un sacerdote podría estar en
pecado mortal, pero su Misa sería válida y recaba ría gracias para otros.
Podría estar en pecado mortal, pero sus palabras de absolución perdonarían a
otros sus pecados. Esto nos lleva a añadir otro elemento a nuestra definición
de gracia: es el don sobrenatural e interior de Dios que se nos concede para
nuestra propia salvación.
Finalmente, planteamos esta cuestión: si la gracia es un don de Dios al que
no tenemos absolutamente ningún derecho, ¿por qué se nos concede? Las primeras
criaturas (conocidas) a las que se concedió gracia fueron los ángeles y Adán y
Eva. No nos sorprende que, siendo Dios bondad infinita, haya dado su gracia a
los ángeles y a nuestros primeros padres. No la merecieron, es cierto, pero
aunque no tenían derecho a ella, tampoco eran positivamente indignos de ese
don.
Sin embargo, una vez que Adán y Eva pecaron, ellos (y nosotros, sus
descendientes) no merecían la gracia, sino que eran indignos (y con ellos
nosotros) de cualquier don más allá de los naturales ordinarios propios de la
naturaleza humana. ¿Cómo se pudo satisfacer a la justicia infinita de Dios,
ultrajada por el pecado original, para que su bondad infinita pudiera actuar de
nuevo en beneficio de los hombres? La respuesta redondeará la definición de
gracia. Sabemos que fue Jesucristo quien por su vida y muerte dio la
satisfacción debida a la justicia divina por los pecados de la humanidad. Fue
Jesucristo quien nos ganó y mereció la gracia que Adán con tanta ligereza había
perdido. Y así completamos nuestra definición diciendo: La gracia es un don de
Dios sobrenatural e interior que se nos concede por los méritos de Jesucristo
para nuestra salvación.
Un alma, al nacer, está oscura y vacía, muerta sobrenaturalmente. No hay
lazo de unión entre el alma y Dios. No tienen comunicación. Si hubiéramos
alcanzado el uso de razón sin el Bautismo y muerto sin cometer un solo pecado
personal (una hipótesis puramente imaginaria, virtualmente imposible), no
habríamos podido ir al cielo. Habríamos entrado en un estado de felicidad
natural que, por falta de mejor nombre, llamamos limbo. Pero nunca hubiéramos
visto a Dios cara a cara, como El es realmente.
Y este punto merece ser repetido: por naturaleza nosotros, seres humanos,
no tenemos derecho a la visión directa de Dios que constituye la felicidad
esencial del cielo. Ni siquiera Adán y Eva, antes de su caída, tenían derecho
alguno a la gloria. De hecho, el alma humana, en lo que podríamos llamar estado
puramente natural, carece del poder de ver a Dios; sencillamente no tiene
capacidad para una unión íntima y personal con Dios.
Pero Dios no dejó al hombre en su estado puramente natural. Cuando creó a
Adán le dotó de todo lo que es propio de un ser humano. Pero fue más allá, y
Dios dio también al alma de Adán cierta cualidad o poder que le permitía vivir
en íntima (aunque invisible) unión con El en esta vida. Esta especial cualidad
del alma -este poder de unión e intercomunicación con Dios- está por encima de
los poderes naturales del alma, y por esta razón llamamos a la gracia una
cualidad sobrenatural del alma, un don sobrenatural.
El modo que tuvo Dios de impartir esta cualidad o poder especial al alma de
Adán fue por su propia inhabitación. De una manera maravillosa, que será para
nosotros un misterio hasta el Día del Juicio, Dios «tomó residencia» en el alma
de Adán. E, igual que el sol imparte luz y calor a la atmósfera que le rodea,
Dios impartía al alma de Adán esta cualidad sobrenatural que es nada menos que
la participación, hasta cierto punto, de la propia vida divina. La luz solar no
es el sol, pero es resultado de su presencia. La cualidad sobrenatural de que
hablamos es distinta de Dios, pero fluye de El y es resultado de su presencia
en el alma.
Esta cualidad sobrenatural del alma produce otro efecto. No sólo nos
capacita para tener una unión y comunicación íntima con Dios en esta vida, sino
que también prepara al alma para otro don que Dios le añadirá tras la muerte:
el don de la visión sobrenatural, el poder de ver a Dios cara a cara, tal como
es realmente.
El lector habrá ya reconocido en esta «cualidad sobrenatural del alma», de
la que vengo hablando, al don de Dios que los teólogos llaman «gracia
santificante». La he descrito antes de nombrarla con la esperanza de que el
nombre tuviera más plena significación cuando llegáramos a él. Y el don añadido
de la visión sobrenatural después de la muerte es el que los teólogos llaman en
latín lumen gloriae, o sea «luz de gloria». La gracia santificante es la
preparación necesaria, un prerrequisito de esta luz de gloria. Igual que una
lámpara eléctrica resulta inútil sin un punto al que enchufarla, la luz de
gloria no podría aplicarse al alma que no poseyera la gracia santificante.
Mencioné antes la gracia santificante en relación con Adán. Dios, en el
acto mismo de crearle, lo puso por encima del simple nivel natural, lo elevó a
un destino sobrenatural al conferirle la gracia santificante. Adán, por el
pecado original, perdió esta gracia para sí y para nosotros. Jesucristo, por su
muerte en la cruz, salvó el abismo que separaba al hombre de Dios. El destino
sobrenatural del hombre se ha restaurado. La gracia santificante se imparte a
cada hombre individualmente en el sacramento del Bautismo.
Al bautizarnos recibimos la gracia santificante por vez primera. Dios (el
Espíritu Santo por «apropiación») toma morada en nosotros. Con su presencia
imparte al alma esa cualidad sobrenatural que hace que Dios -de una manera
grande y misteriosa- se vea en nosotros y, en consecuencia, nos ame. Y puesto
que esta gracia santificante nos ha sido ganada por Jesucristo, por ella
estamos unidos a El, la compartimos con Cristo -y Dios, en consecuencia, nos ve
como a su Hijo- y cada uno de nosotros se hace hijo de Dios.
A veces, la gracia santificante es llamada gracia habitual porque su
finalidad es ser la condición habitual, permanente, del alma. Una vez unidos a
Dios por el Bautismo, se debería conservar siempre esa unión, invisible aquí,
visible en la gloria.
La gracia que viene y va Dios nos ha hecho para la visión beatífica, para
esa unión personal que es la esencia de la felicidad del cielo. Para hacernos
capaces de la visión directa de Dios, nos dará un poder sobrenatural que
llamamos lumen gloriae. Esta luz de gloria, sin embargo, no puede concederse
más que al alma ya unida a Dios por el don previo que llamamos gracia
santificante. Si entráramos en la eternidad sin esa gracia santificante,
habríamos perdido a Dios para siempre.
Una vez recibida la gracia santificante en el Bautismo, es asunto de vida o
muerte que conservemos este don hasta el fin. Y si nos hiriera esa catástrofe
voluntaria que es el pecado mortal, nos sería de una tremenda urgencia
recuperar el precioso don que el pecado nos ha arrebatado, el don de la vida
espiritual que es la gracia santificante y que habíamos matado en nuestra alma.
Leo G. Terese
(Cont)
Evangelho e comentário

Tempo do ADVENTO
Imaculada Conceição
da Virgem Maria
Evangelho: Lc 1, 26-38
26 Ao sexto mês, o anjo Gabriel foi
enviado por Deus a uma cidade da Galileia chamada Nazaré, 27 a uma virgem
desposada com um homem chamado José, da casa de David; e o nome da virgem era
Maria. 28 Ao entrar em casa dela, o anjo disse-lhe: «Salve, ó cheia de graça, o
Senhor está contigo.» 29 Ao ouvir estas palavras, ela perturbou-se e inquiria
de si própria o que significava tal saudação. 30 Disse-lhe o anjo: «Maria, não
temas, pois achaste graça diante de Deus. 31 Hás-de conceber no teu seio e dar
à luz um filho, ao qual porás o nome de Jesus. 32 Será grande e vai chamar-se
Filho do Altíssimo. O Senhor Deus vai dar-lhe o trono de seu pai David, 33 reinará
eternamente sobre a casa de Jacob e o seu reinado não terá fim.» 34 Maria disse
ao anjo: «Como será isso, se eu não conheço homem?» 35 O anjo respondeu-lhe: «O
Espírito Santo virá sobre ti e a força do Altíssimo estenderá sobre ti a sua
sombra. Por isso, aquele que vai nascer é Santo e será chamado Filho de Deus.
36 Também a tua parente Isabel concebeu um filho na sua velhice e já está no sexto
mês, ela, a quem chamavam estéril, 37 porque nada é impossível a Deus.» 38 Maria
disse, então: «Eis a serva do Senhor, faça-se em mim segundo a tua palavra.» E
o anjo retirou-se de junto dela.
Comentário:
O maior acontecimento da história humana
parece - narrado pelo génio literário de S. Lucas -, uma história simples
desprovida de qualquer grandiosidade.
E, de facto, assim é.
Deus Nosso Senhor é, Ele próprio, a
simplicidade e a Santíssima Virgem não é mais que uma jovem e simples rapariga
da Galileia.
Nós, homens, apreciamos os discursos
elaborados, a oratória grandiloquente sem as quais os acontecimentos não têm
relevância.
Perdemo-nos nas palavras e esquecemos a
substância.
Não nos esqueçamos nunca de agradecer ao
Senhor todas as maravilhas que Ele operou.
(AMA, comentário sobre Lc 1, 26-38,
20.12.2017)
Temas para meditar e reflectir
Unção dos DoentesNo sacramento da Unção dos Doentes, a graça do Espírito Santo, cuja unção tira os pecados, se algum ficar ainda por tirar, e os vestígios do pecado; também alivia e fortalece a alma da pessoa doente, despertando nela uma grande confiança na misericórdia divina; apoiado desta forma, pode facilmente suportar as provas e penas da doença, resistir mais facilmente às tentações do demónio que está à espreita (Gen 3, 15), e por vezes recupera a saúde corporal, se tal for conveniente para a saúde da alma.
(São Paulo VI, Const. Apost. Sacram Unctionem infirmorum, 1972.09.30)
Pequena agenda do cristão
(Coisas muito simples, curtas, objectivas)
Propósito:
Honrar a Santíssima Virgem.
A minha alma glorifica o Senhor e o meu espírito se alegra em Deus meu Salvador, porque pôs os olhos na humildade da Sua serva, de hoje em diante me chamarão bem-aventurada todas as gerações. O Todo-Poderoso fez em mim maravilhas, santo é o Seu nome. O Seu Amor se estende de geração em geração sobre os que O temem. Manifestou o poder do Seu braço, derrubou os poderosos do seu trono e exaltou os humildes, aos famintos encheu de bens e aos ricos despediu de mãos vazias. Acolheu a Israel Seu servo, lembrado da Sua misericórdia, como tinha prometido a Abraão e à sua descendência para sempre.
Lembrar-me:
Santíssima Virgem Mãe de Deus e minha Mãe.
Minha querida Mãe: Hoje queria oferecer-te um presente que te fosse agradável e que, de algum modo, significasse o amor e o carinho que sinto pela tua excelsa pessoa.
Não encontro, pobre de mim, nada mais que isto: O desejo profundo e sincero de me entregar nas tuas mãos de Mãe para que me leves a Teu Divino Filho Jesus. Sim, protegido pelo teu manto protector, guiado pela tua mão providencial, não me desviarei no caminho da salvação.
Pequeno exame:
Cumpri o propósito que me propus ontem?
07/12/2018
É Natal
Quando
chega o Natal, gosto de contemplar as imagens do Menino Jesus. Essas figuras
que nos mostram o Senhor tão apoucado, recordam-me que Deus nos chama, que o
Omnipotente Se quis apresentar desvalido, quis necessitar dos homens. Do berço
de Belém, Cristo diz-me a mim e diz-te a ti que precisa de nós; reclama de nós
uma vida cristã sem hesitações, uma vida de entrega, de trabalho, de alegria.
Não
conseguiremos jamais o verdadeiro bom humor se não imitarmos deveras Jesus, se
não formos humildes como Ele. Insistirei de novo: vedes onde se oculta a
grandeza de Deus? Num presépio, nuns paninhos, numa gruta. A eficácia redentora
das nossas vidas só se pode dar com humildade, deixando de pensar em nós mesmos
e sentindo a responsabilidade de ajudar os outros.
É
corrente, às vezes até entre almas boas, criar conflitos íntimos, que chegam a
produzir sérias preocupações, mas que carecem de qualquer base objectiva. A sua
origem está na falta de conhecimento próprio, que conduz à soberba: o desejo de
se tornarem o centro da atenção e da estima de todos, a preocupação de não
ficarem mal, de não se resignarem a fazer o bem e desaparecerem, a ânsia da
segurança pessoal... E assim, muitas almas que poderiam gozar de uma paz
extraordinária, que poderiam saborear um imenso júbilo, por orgulho e presunção
tornam-se desgraçadas e infecundas!
Cristo
foi humilde de coração. Ao longo da Sua vida, não quis para Si nenhuma coisa
especial, nenhum privilégio. Começa por estar nove meses no seio de Sua Mãe,
como qualquer outro homem, com extrema naturalidade. Sabia o Senhor de sobra
que a Humanidade padecia de uma urgente necessidade d’Ele. Tinha, portanto,
fome de vir à terra para salvar todas as almas; mas não precipita o tempo; vem
na Sua hora, como chegam ao mundo os outros homens. Desde a concepção ao nascimento,
ninguém, salvo S. José e Santa Isabel, adverte esta maravilha: Deus veio
habitar entre os homens!
O
Natal também está rodeado de uma simplicidade admirável: o Senhor vem sem
aparato, desconhecido de todos. Na Terra, só Maria e José participam na divina
aventura. Depois, os pastores, avisados pelos Anjos. E mais tarde os sábios do
Oriente. Assim acontece o facto transcendente que une o Céu à Terra, Deus ao
homem!
Como
é possível tanta dureza de coração que cheguemos a acostumar-nos a estes
episódios? Deus humilha-Se para que possamos aproximar-nos d’Ele, para que
possamos corresponder ao seu Amor com o nosso amor, para que a nossa liberdade
se renda, não só ante o espectáculo do Seu poder, como também ante a maravilha
da Sua humildade.
Grandeza
de um Menino que é Deus! O Seu Pai é o Deus que fez os Céus e a Terra, e Ele
ali está, num presépio, quia non erat eis
locus in diversorio, porque não havia outro sítio na Terra para o dono de
toda a Criação! (Cristo que passa, 18)
Nosso
Senhor dirige-se a todos os homens, para que venham ao seu encontro, para que
sejam santos. Não chama só os Reis Magos, que eram sábios e poderosos; antes
disso tinha enviado aos pastores de Belém, não simplesmente uma estrela, mas um
dos seus anjos. Mas tanto uns como outros – os pobres e os ricos, os sábios e
os menos sábios – têm de fomentar na sua alma a disposição de humildade que
permite ouvir a voz de Deus. (Cristo que passa,
33)
"Hoje
brilhará sobre nós a luz, porque nos nasceu o Senhor!" Eis a grande
novidade que comove os cristãos e que, através deles, se dirige à Humanidade
inteira. Deus está aqui! Esta verdade deve encher as nossas vidas. Cada Natal
deve ser para nós um novo encontro especial com Deus, deixando que a Sua luz e
a Sua graça entrem até ao fundo da nossa alma. (Cristo
que passa, 12)
Subscrever:
Mensagens (Atom)


