11/09/2014

Fuerza espiritual del pecado

Tanto en pecado como la gracia divina… son fuerzas espirituales, que desde luego, tienen o pueden tener una trascendencia material, pero tanto el pecado como la gracia divina, son fuerzas negativas el pecado y positivas las gracias divinas, dentro del orden superior del espíritu. El pecado y la gracia divina luchan en el interior de nuestra alma, para imponer cada una de ellas su hegemonía en nuestra alma. Es por ello, tal como ya hemos escrito en otra ocasión, que el capuchino, San Piero de Pieltrecina, decía que el alma humana es un campo de batalla entre Dios y el demonio.

En situación normal el demonio tendría todas las de perder, pero no siempre es así. En la mayoría de los casos, nosotros nos comportamos, estúpidamente como si fuésemos espectadores neutrales del combate que se celebra en nuestra propia alma, y sabiéndolo hacemos oídos sordos de que nos estamos jugando aque es nuestra eterna felicidad. Eso del fair play anglosajón, puede ser que sea muy correcto para las mentalidades protestantes desarrolladas en las brumas del norte, pero lo nuestro está más en línea, con la actitud del condestable francés Bertrand du Guesclin, que en la lucha fratricida sobre el trono de Castilla en 1367 entre Pedro el cruel y Enrique II de Trastamara, ayudó a este último y protestaron los partidarios de Pedro el cruel, a lo que, el Condestable francés contesto con una histórica frase: “Ni quito ni pongo rey pero ayudo a mi Señor”.  

Nosotros tenemos que ayudar a nuestro Señor, en la lucha que existe en nuestra alma. Es suicida por nuestra parte, permitir un fair play, El pecado como arma demoniaca nos acosa, y en nosotros está vencerlo con la fuerza de las divinas gracias, que siempre están a nuestra disposición, por medio de los canales de distribución de estas, que son los sacramentos.

Sobre el pecado escribe Jean Lafrance y nos dice: “El pecado se define en relación al amor de uno para con otro. No hay pecado si no existe otro, si Dios y nuestros hermanos no fuesen personas, no habría pecado ni culpable…. Si no existiese ese amor infinito de Dios para con nosotros, no existiría el pecado; descubrimos entonces que el fondo del misterio del pecado está constituido por nuestra ingratitud, nuestra indiferencia y nuestro endurecimiento frente a este amor. Por eso no nos queda más que invocar el artículo segundo: no somos conscientes de ello. Felizmente para nosotros, pues si estuviésemos lúcidos sería la condenación al infierno”.

Y es así, que todos sobre nosotros tenemos, una infinidad de pecados cometidos inconscientemente, pero nunca olvidemos que también tenemos sobre nuestras espaldas y conciencia ora multitud de pecados conscientemente cometidos y que si no fuese por la infinita misericordia de Dios en el sacramente de la reconciliación, al abandonar este mundo nos iríamos de cabeza al infierno. ¡Bien de acuerdo!, los pecados nos han sido perdonados y jamás el Señor, nos va a echar en caro que fuimos pecadores. Pero si conviene que  nos acordemos de nuestros pasados pecados, porque ello nos proporcionará una saludable compunción. Que es algo, que no todo el mundo practica.

La diferencia que media entre contrición o arrepentimiento y compunción o remordimiento, estriba en que con la contrición, se restablece el nivel de gracias divinas existentes anteriormente a la comisión del pecado. Con la compunción se abren las puertas de nuestra alma para recibir un mayor número de gracias, que nos proporciona el dolor de nuestro remordimiento. La compunción, es una predisposición que obtenemos para aumentar las gracias divinas, en razón del dolor que nos produce el remordimiento de nuestros pasados pecados.

Es un estado del alma, que al sentir esta, remordimiento y dolor por las faltas o pecados ya perdonados, se acerca más al amor a Dios, y ello la predispone a poder adquirir nuevas gracias que aumenten su nivel de vida espiritual, y consiguientemente, un mayor de defensas frente a las asechanzas demoniacas. La compunción es pues, es la puerta que se nos abre, al derribar nuestras barreras interiores, para llegar con más amor al encuentro con el Señor. Y este es el “animi cruciatus” o “compuctio cordis” que se nos menciona en el anterior parágrafo 1.431, del Catecismo de la Iglesia católica al decir este que: “La compunción perpetua, en la vida espiritual de un alma, es el mejor escudo y garantía de que ya no se volverá a recaer en el pecado de que se trate”

Volviendo a la naturaleza del pecado, es de ver, tal como escribe el obispo Fulton Sheen que: “Cada pecado tiene un doble elemento, material y formal. El elemento material del pecado consiste en su contenido o la materia de que está hecho, y esta siempre es buena. Nada hay en el universo visible que sea intrínsecamente malo. “Dios miró al mundo y vio que era bueno”. La bebida, la carne, el sexo, el oro el vino, son todas cosas buenas y por lo tanto deseables. Toda realidad al haber sido creado por Dios es hermosa y se halla penetrada por los divinos reflejos de sus atributos. El elemento formal del pecado es el abuso malvado y perverso de una buena cosa.

Es esta distorsión y este exagerado amor de algo lo que nos hace usarlo para un fin nocivo; transforma el amor por la carne en lujuria, el amor a la bebida en embriaguez, y el amor a la riqueza en avaricia. Es la incontinencia de la avaricia humana. No hay animal que coma o beba más de lo que le demandan las necesidades de su cuerpo material. Tampoco ningún animal copula por pura lujuria tal como lo hace el hombre. Ni tampoco viola los límites que Dios le  ha impuesto por medio de sus leyes naturales. 

Solo es el hombre que puede hacerlo porque está dotado del libre albedrío que Dios le otorga a cada uno de nosotros al tiempo de nuestro nacimiento. Todos sabemos que estamos aquí para superar una prueba de amor a Dios, para demostrarle que somos dignos de su amor a nosotros Y esto se realiza, de una sencilla forma, aceptando el infinito amor que el Él nos tiene y continuamente nos lo está demostrando. ¿Y cómo podemos demostrarle a Dios nuestro amor  a Él? Pues de una forma sencilla, no pecado que es tanto como decir cumpliendo con sus divinos preceptos.


juan del carmelo

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