Os erros do passado
A memória dos erros do passado
deve servir-nos para evitar repeti-los no presente e no futuro.
Nada mais que isso!
(AMA, 2020)
Padroeiros do blog: SÃO PAULO; SÃO TOMÁS DE AQUINO; SÃO FILIPE DE NÉRI; SÃO JOSEMARIA ESCRIVÁ
Os erros do passado
A memória dos erros do passado
deve servir-nos para evitar repeti-los no presente e no futuro.
Nada mais que isso!
(AMA, 2020)
Característica evidente de
um homem de Deus, de uma mulher de Deus, é a paz na alma: Tem "a paz"
e dá "a paz" às pessoas com quem convive. (Forja,
649)10 trucos para rezar con el rosario cada día, incluso con desánimos o distracciones
Un 7 de octubre de 1208, dice una antigua tradición de los religiosos dominicos, la Virgen María se apareció a Santo Domingo de Guzmán y enseñó al santo castellano a rezar el rosario, asegurándole que este rezo propiciaría conversiones de pecadores y abundantes gracias para los fieles.
En nuestra vida ajetreada parece muy difícil rezar el rosario cada día, pero el sacerdote Florian Kolfhaus (que además de trabajar en temas diplomáticos en la Secretaría de Estado vaticana escribe libros de devoción) señala en su libro El Rosario: Teología de rodillas algunos trucos para poderlo rezar cada día. Los resume Diego López Marina para Aciprensa.
1. Tener el Rosario en el bolsillo
Todo católico debe tener siempre un Rosario en su bolsillo. Existe el denario con sólo diez cuentas y que puede transportarse fácilmente. Siempre que busques un pañuelo o una llave antes de salir, recuerda también llevar el Rosario de Jesús y María.
2. Aprovechar el tiempo libre también para rezar
En la vida cotidiana siempre hay un “tiempo libre” que podemos aprovechar para rezar el Rosario: cuando esperamos la consulta médica, un bus, una llamada importante, entre otros.
Y si por alguna razón una persona no desea mostrarse en una “sala de espera” como católico practicante, también puede utilizar sus manos: tenemos diez dedos para contar los Avemarías.
3. Rezar mientras se realizan quehaceres y deporte
Muchas actividades no requieren pensar mucho, porque las hacemos mecánicamente. Cuando se pica la cebolla, se tiende la ropa o se lava el auto también se puede rezar el Rosario. Así como cuando las personas que se aman piensan en el otro sin importar la actividad que realicen, el Rosario ayuda a permanecer en sintonía con el corazón de Jesús y María.
Esto también funciona mientras hacemos deporte: correr, andar en bicicleta o nadar son actividades en las que se puede rezar el Rosario al ritmo de la propia respiración (ya sea de forma interna o en voz alta si estás solo en un campo abierto).
4. Las imágenes y la música también pueden ayudar
El Rosario es una oración contemplativa. Más importante que las palabras que usemos, es la predisposición de nuestro corazón para contemplar cada uno de los misterios.
Para este propósito se puede buscar en Internet cinco imágenes que nos ayuden a contemplar cada pasaje de la vida Cristo y María. Por otro lado, la música también puede ser útil si se ejecuta en un segundo plano para encontrar paz.
5. Canalizar nuestras distracciones para rezar
Es difícil una oración en la que no surjan distracciones. Una y otra vez los pensamientos vienen a nuestra mente: la lista de compras, el cumpleaños de un amigo, una enfermedad o una preocupación.
Si luchamos contra ellas en la oración, a menudo es peor. Es mejor reunir estas “distracciones” y rezar un Avemaría por las personas, por los amigos y familiares, por uno mismo y los problemas. De este modo la oración se hace sincera y personal.
6. Rezar por el otro mientras nos desplazamos
En el camino al trabajo o a la escuela, ya sea en auto o en bus, en tren o caminando, es posible rezar el Rosario sin bajar la cabeza y cerrar los ojos.
Rezar mientras nos desplazamos significa dedicar los Avemarías a las personas con las que hemos establecido contacto o visto durante el día; también por las empresas e instituciones que están en mi camino. Por ejemplo, si veo a un doctor en mi camino puedo rezar por las personas que atenderán sus enfermedades con él.
7. Orar de rodillas o peregrinando
El Rosario puede rezarse siempre y en todo lugar. A veces, cuando se reza de rodillas o se peregrina se puede llegar a sentir un “desafío físico”. Sin embargo esto no se trata de “torturarse” o aguantar el mayor tiempo posible, sino de tener en cuenta que tenemos un cuerpo y alma para adorar a Dios. Por lo tanto, el rosario es también una oración de peregrinación.
8. Conectar cada misterio con una intención
No siempre se tiene que rezar el Rosario de corrido. A menudo puede ser útil conectar cada misterio con una preocupación particular: mi madre, un amigo, el Papa, los cristianos perseguidos. Cuanto más específico sea, mejor. La alabanza y dar gracias a Dios no deben tampoco estar ausentes.
9. Rezarlo en momentos de sequía espiritual
Nosotros los cristianos no somos “yoguis” que debemos cumplir con prácticas ascéticas para “vaciar” nuestra mente. Si bien nuestra relación con Dios está por encima de cualquier actividad, hay también momentos de sequía y aflicción en los que no se puede orar.
En estos momentos difíciles, tenemos que recogernos con el Rosario y simplemente recitar las oraciones. Esto no es una charla pagana, sino que aquella pequeña chispa de buena voluntad que ofrecemos a Dios, puede fomentar que el Espíritu Santo avive la llama de nuestro espíritu.
En tiempos difíciles, incluso puede ser suficiente sostener el Rosario sin pronunciar una palabra. Este estado desdichado ante Dios y su madre se convierte en una buena oración y ciertamente no permanece sin respuesta.
10. Caer dormido rezando el Rosario
El Rosario no debe estar solo es nuestro bolsillos, sino en cada mesita de noche. Cuando se intenta conciliar el sueño también se pueden rezar los Avemarías y es mejor que contar ovejas. En ocasiones solo las personas mayores y enfermas se “aferran” al Rosario por la noche debido a las promesas de seguridad, fortaleza y consuelo. Sin embargo, también en los buenos tiempos se debe recurrir a esta oración y pedir especialmente por aquellos que sufren.
Prudência 5
A medida justa
São Josemaria
procurou sempre transmitir duas atitudes em relação à prudência: a
flexibilidade para saber adaptar-se a cada situação, sem ficar preso à rigidez
de uma "casuística estéril" (Amigos de Deus, 222), que basicamente procede da soberba ou de um
exacerbado medo de se enganar, e a disposição de retificar: não é prudente
quem nunca se engana, mas quem sabe retificar os seus erros (Amigos de Deus, 88). Há coisas que
fazes bem e coisas que fazes mal. Enche-te de alegria e de esperança pelas
primeiras, e enfrenta-te, sem desânimo, com as segundas, para retificares (Sulco, nº 68).
A prudência não
existe apenas nas pessoas, mas também nas organizacções. Por exemplo, São
Josemaria estabeleceu que a estrutura e organização do governo do Opus Dei, nos
seus diferentes graus, devia ser colegial, baseada na responsabilidade de quem
faz parte dessas organizações e na confiança mútua. Nesse sentido, diz ele em
Sulco: As decisões de governo tomadas de ânimo leve por uma só pessoa nascem
sempre, ou quase sempre, distorcidas por uma visão unilateral dos problemas. Por
maiores que sejam a tua preparação e o teu talento, deves ouvir quem partilha
contigo essa tarefa de direção (nº 392). Cada uma das pessoas que compõem os vários órgãos de governo deve assumir
plenamente a sua própria responsabilidade, manifestar livremente o seu parecer,
sem se refugiar no anonimato: Uma norma fundamental de bom governo:
distribuir responsabilidades. Sem que isso signifique procurar a comodidade ou
o anonimato. Insisto: repartir responsabilidades, pedindo a cada um contas do
seu encargo, para podermos "prestar contas" a Deus, e às almas, se
for preciso. (Sulco, 972).
Josep-Ignasi
Saranyana
Bibliografia
básica: Catecismo da Igreja Católica, 1762-1770, 1803-1832 e 1987-2005.
Leituras
recomendadas:
(São Josemaria, Homilia
Virtudes humanas, in Amigos de Deus, 73-92.
KÜCKING, Marlies,
Dicionário de (São Josemaria (2013), ILLANES José Luis, Entrada: Prudência.
TRIGO, Tomás, Scripta
Theologica 34 (2002/1) 273-307
Eucaristia
Cartas de São Paulo
1.ª
Tessalonicenses 3
1 Por
isso, não podendo resistir mais, aceitámos que nos deixassem sós em Atenas, 2 e
enviámos Timóteo, nosso irmão e colaborador de Deus no Evangelho de Cristo,
para vos confirmar e encorajar na vossa fé, 3 para que ninguém se desencaminhe
no meio destas tribulações. Vós bem sabeis que a tal estamos destinados. estávamos entre vós, já então vos prevenimos
que teríamos de sofrer provações, e assim aconteceu, como sabeis. 5 Por isso,
não podendo esperar mais, mandei saber notícias da vossa fé, receando que o
tentador vos tivesse tentado, tornando assim vão o nosso esforço. 6 Agora que
Timóteo voltou daí e nos trouxe boas notícias sobre a vossa fé e a vossa
caridade, e porque conservais de nós uma grata recordação, desejando-nos ver
tal como nós a vós, 7 encontrámos reconforto em vós, irmãos, graças à vossa fé,
no meio de todas as nossas angústias e tribulações. 8 Agora sentimo-nos com
mais vida, porque estais firmes no Senhor.9 Que acção de graças poderemos nós
dar a Deus por toda a alegria que gozamos, devido a vós, diante do nosso Deus?
10 Nós que, noite e dia, insistentemente, pedimos para rever o vosso rosto e
completar o que falta à vossa fé?
Voto final –
11 Que
o próprio Deus, nosso Pai, e Nosso Senhor Jesus nos encaminhem até vós. 12 O
Senhor vos faça crescer e superabundar de caridade uns para com os outros e
para com todos, tal como nós para convosco; 13 que Ele confirme os vossos
corações irrepreensíveis na santidade diante de Deus, nosso Pai, por ocasião da
vinda de Nosso Senhor Jesus com todos os seus santos.
Cristo que passa
9
O
sal da mortificação
Para se santificar, o
cristão corrente - que não é um religioso e não se afasta do mundo, porque o
mundo é o lugar do seu encontro com Cristo - não precisa de hábito externo nem
sinais distintivos.
Os seus sinais são internos:
a constante presença de Deus e o espírito de mortificação.
Na realidade, são uma só
coisa, porque a mortificação é apenas a oração dos sentidos.
A vocação cristã é vocação
de sacrifício, de penitência, de expiação. Temos de reparar pelos nossos
pecados (já voltámos a cara tantas vezes para não vermos Deus!) e por todos os
pecados dos homens. Precisamos de seguir de perto os passos de Cristo: trazendo
sempre no nosso corpo a mortificação, a abnegação de Cristo, o seu abatimento
na Cruz, para que também a vida de Jesus se manifeste nos nossos corpos.
O nosso caminho é de
imolação e, nesta renúncia, encontraremos o gaudium
cum pace, a alegria e a paz.
Não contemplamos o mundo com
um olhar triste.
Talvez involuntariamente,
prestaram um fraco serviço à catequese os biógrafos de santos que queriam
encontrar a todo o custo coisas extraordinárias nos servos de Deus, logo desde
os primeiros vagidos. E contam de alguns deles que na sua infância não
choravam, não mamavam às sextas-feiras por mortificação...
Tu e eu nascemos a chorar,
como Deus manda; e sugámos o peito da nossa mãe sem nos preocuparmos com
Quaresmas nem Têmporas...
Agora, com o auxílio de
Deus, aprendemos a descobrir ao longo dos dias (aparentemente sempre iguais) spatium verae penitentiae, tempo de
verdadeira penitência; e nesses instantes fazemos propósitos de emendatio vitae, de melhorar a nossa
vida.
Este é o caminho para nos
predispormos à graça e às inspirações do Espírito Santo na alma.
E com essa graça - repito -
vem o gaudium cum pace, a alegria, a
paz e a perseverança no caminho.
A mortificação é o sal da
nossa vida.
E a melhor mortificação é a
que combate - em pormenores, durante todo o dia - a concupiscência da carne, a
concupiscência dos olhos e a soberba de vida.
Mortificações que não
mortifiquem os outros, que nos tornem mais delicados, mais compreensivos, mais
abertos a todos.
Tu não podes ser mortificado
se és susceptível, se só vives os teus egoísmos, se dominas os outros, se não
sabes privar-te do supérfluo e, por vezes, até do necessário e, enfim, se te
entristeces quando as coisas não correm como tu tinhas previsto.
Serás, pelo contrário,
mortificado se souberes fazer-te tudo para todos para salvar a todos.
10
A
fé e a inteligência
A vida de oração e de
penitência e a consideração da nossa filiação divina transformam-nos em
cristãos profundamente piedosos, como meninos pequenos diante de Deus.
A piedade é a virtude dos
filhos e, para que o filho possa entregar-se nos braços do seu pai, há-de ser e
sentir-se pequeno, necessitado. Tenho meditado com frequência na vida de
infância espiritual, que não se contrapõe à fortaleza, porque requer uma vontade
rija, uma maturidade bem temperada, um carácter firme e aberto.
Piedosos, portanto, como
meninos; mas não ignorantes, porque cada um há-de esforçar-se, na medida das
suas possibilidades, pelo estudo sério e científico da fé.
E o que é isto, senão teologia?
Piedade de meninos, sim, mas
doutrina segura de teólogos.
O afã por adquirir esta
ciência teológica - a boa e firme doutrina cristã - deve-se, em primeiro lugar,
ao desejo de conhecer e amar a Deus.
Simultaneamente é
consequência da preocupação geral da alma fiel por alcançar a mais profunda
compreensão deste mundo, que é uma realização do Criador.
Com periódica monotonia, há
pessoas que procuram ressuscitar uma suposta incompatibilidade entre a fé e a
ciência, entre a inteligência humana e a Revelação divina.
Tal incompatibilidade só
pode surgir, e só na aparência, quando não se entendem os termos reais do
problema.
Se o mundo saiu das mãos de
Deus, se Ele criou o homem à sua imagem e semelhança e lhe deu uma chispa da Sua
luz, o trabalho da inteligência deve ser - embora seja um trabalho duro -
desentranhar o sentido divino que naturalmente já têm todas as coisas.
E, com a luz da fé,
compreendemos também o seu sentido sobrenatural, que resulta da nossa elevação
à ordem da graça.
Não podemos admitir o medo
da ciência, visto que qualquer trabalho, se é verdadeiramente científico, tende
para a verdade.
E Cristo disse: «Ego sum veritas». Eu sou a verdade.
O cristão precisa de ter
fome de saber.
Desde o estudo dos saberes
mais abstractos até à habilidade do artesão, tudo pode e deve conduzir a Deus.
Efectivamente não há tarefa
humana que não seja santificável, motivo para a nossa própria santificação e
oportunidade para colaborar com Deus na santificação dos que nos rodeiam.
A luz dos seguidores de
Jesus Cristo não deve estar no fundo do vale, mas no cume da montanha para que
vejam as vossas boas obras e glorifiquem o vosso Pai que está nos céus.
Trabalhar assim é oração.
Estudar assim é oração.
Investigar assim é oração.
Nunca saímos afinal do mesmo:
tudo é oração, tudo pode e deve levar-nos a Deus, alimentar a nossa intimidade
contínua com Ele, da manhã à noite.
Todo o trabalho honrado pode
ser oração e todo o trabalho que é oração é apostolado.
Deste modo, a alma
fortalece-se numa unidade de vida simples e forte.
11
A
esperança do Advento
Nada mais queria dizer-vos
neste primeiro Domingo do Advento, quando já começamos a contar os dias que nos
aproximam do Natal do Salvador.
Vimos a realidade da vocação
cristã, ou seja, como o Senhor confiou em nós para levar as almas à santidade,
para as aproximar dEle, para as unir à Igreja e estender o reino de Deus a
todos os corações. O Senhor quer-nos entregues, fiéis, dedicados, com amor.
Quer-nos santos, muito Seus.
Por um lado, a soberba, a
sensualidade e o tédio, o egoísmo; por outro, o amor, a entrega, a
misericórdia, a humildade, o sacrifício, a alegria.
Tens de escolher.
Foste chamado a uma vida de
fé, esperança e caridade.
Não podes cruzar os braços e
refugiar-te num medíocre isolamento.
Em certa ocasião, vi uma
águia encerrada numa jaula de ferro. Estava suja e meia depenada.
Tinha entre as garras um
pedaço de carne podre.
Pensei então no que seria de
mim se abandonasse a vocação recebida de Deus.
Tive pena daquele animal
solitário, enjaulado, que tinha nascido para subir muito alto e olhar de frente
o Sol.
Podemos ascender até às
humildes alturas do amor de Deus, do serviço a todos os homens.
Para isso, porém, é preciso
que não haja na alma recantos escondidos, onde não possa entrar o sol de Jesus
Cristo.
Temos de deitar fora todas
as preocupações que nos afastem dEle; e assim terás Cristo na tua inteligência,
Cristo nos teus lábios, Cristo no teu coração, Cristo nas tuas obras.
Toda a vida - o coração e as
obras, a inteligência e as palavras - cheia de Deus.
«Olhai e levantai as
vossas cabeças porque está próxima a vossa redenção», lemos no Evangelho.
O tempo do Advento é o tempo
da esperança.
Todo o panorama da nossa
vocação cristã, a unidade de vida que tem como nervo a presença de Deus, Nosso
Pai, pode e deve ser uma realidade diária.
Invoca comigo Nossa Senhora,
e imagina como passaria Ela aqueles meses à espera do Filho que havia de
nascer.
E Nossa Senhora, Santa
Maria, fará com que sejas alter Christus,
ipse Christus, outro Cristo, o próprio Cristo.
Está a ajudar-te muito, dizes-me, este pensamento: Desde os primeiros cristãos, quantos comerciantes terão sido santos? E queres demonstrar que também agora isso é possível... O Senhor não te abandonará nesse empenho. (Sulco, 490)
Para
seguir os passos de Cristo, o apóstolo de hoje não vem reformar nada, e menos
ainda desentender-se da realidade histórica que o rodeia... Basta-lhe actuar
como os primeiros cristãos, vivificando o ambiente. (Sulco, 320)
O
que sempre ensinei - desde há quarenta anos - é que todo o trabalho humano
honesto, tanto intelectual como manual, deve ser realizado pelo cristão com a
maior perfeição possível: com perfeição humana (competência profissional) e com
perfeição cristã (por amor à vontade de Deus e em serviço dos homens). Porque,
feito assim, esse trabalho humano, por humilde e insignificante que pareça,
contribui para a ordenação cristã das realidades temporais - a manifestação da
sua dimensão divina - e é assumido e integrado na obra prodigiosa da Criação e
da Redenção do mundo: Eleva-se assim o trabalho à ordem da graça, santifica-se,
converte-se em obra de Deus, operatio Dei, opus Dei.
Ao
recordar aos cristãos as palavras maravilhosas do Génesis - que Deus criou o
homem para que trabalhasse - fixámo-nos no exemplo de Cristo, que passou a
quase totalidade da Sua vida terrena trabalhando numa aldeia como artesão.
Amamos esse trabalho humano que Ele abraçou como condição de vida, e cultivou e
santificou. Vemos no trabalho - na nobre e criadora fadiga dos homens - não só
um dos mais altos valores humanos, meio imprescindível para o progresso da
sociedade e o ordenamento cada vez mais justo das relações entre os homens, mas
também um sinal do amor de Deus para com as Suas criaturas e do amor dos homens
entre si e para com Deus: Um meio de perfeição, um caminho de santificação. (Temas Actuais do Cristianismo, 10)
Se somos fiéis, o Senhor conceder-nos-á
ver, na outra vida, todo o bem que a nossa oração produziu, as horas de
trabalho que oferecemos por outros, as conversas que mantivemos com os nossos
amigos, as horas de doença oferecidas, o resultado daquele encontro do qual
nunca mais tivemos noticias, os frutos de tudo quanto aqui nos pareceu um
fracasso, a que alcançou aquela oração do Santo Rosário quando vínhamos da faculdade
ou do escritório... Nada ficou sem fruto: uma parte cem, outra sessenta e outra
trinta por cento. (…)